Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío. Y mi reprensión no quisisteis… Cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia… Por cuanto aborrecieron la sabiduría. Y no escogieron el temor de Yahvé, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos. Porque el desvío de los ignorantes los matará, Y la prosperidad de los necios los echará a perder”. (Biblia. Proverbios 1:24-32).
La Sagrada Escritura es las más de las veces una lectura oportuna. En este caso, nos trae remembranzas de algún debate no muy lejano en el tiempo donde fueron presentadas las debidas advertencias sobre lo que sobrevendría de aplicarse ciertas políticas, lo que no era previsible era la profunda necedad de los necios.
Dicho esto, acercarse a la crisis de la política interpretada en clave popular en Sudamérica y a las causas de las falencias de los movimientos que la representan requiere una primera definición dramática: no hay manera de administrar un régimen o un orden que los excluye.
Si la justicia social es un crimen y la única fuente de felicidad es la realización individual, dichos movimientos pierden su sentido. ¿Estamos frente a una intuición o una certeza?
Si este mundo tal como está configurado es el único mundo que cabe concebir, la política entendida como una orientación al bien común, digámoslo de frente: popular, pierde su razón de existir, si su dirigencia apenas puede plantearse como plan ambicioso ser “un poco menos cruel” para no alterar un orden que, insistimos, no les es propio, lo que se ha dado en llamar la “derecha” (categoría francesa, poco significativapero “intelectualmente” cómoda) habrá triunfado en toda la línea. Porque no es sólo el perder elecciones lo que queda expuesto, sino que se trata de haber perdido la imaginación para elaborar y aplicar políticas públicas novedosas que sobrepasen el poderío económico y mediático de las oligarquías que mandan. Simón Rodríguez, maestro de Bolívar dijo “O inventamos o erramos” cuando apenas despuntaban nuestras naciones, mandato más que oportuno en esta época.
Las aspiraciones de los hombres tal vez no muevan la historia, pero existen las condiciones materiales en las que los hombres aspiran, y éstas son un combustible imprescindible de ser tenido en cuenta si se quiere acceder a otro orden de cosas, en nuestro caso, uno más justo.
Cuestión primera: ¿Alcanza el Estado?
Los oficialismos sudamericanos no logran reelegirse. Si bien hay una explicación fácil que apunta a la gestión; podría haber una más honesta que lo haga a la estructura. El capitalismo sin fronteras de esta etapa combina bajo crecimiento, escaso empleo y una distribución cada vez más regresiva. Ese escenario impone un límite objetivo a cualquier voluntad de transformación. No se trata de gobiernos torpes o no solamente de eso, sino de un horizonte que se achica.
El Estado ya no completa ni remotamente las demandas de las comunidades, con lo cual no hay gobierno que pueda cubrir las antedichas aspiraciones populares habida cuenta de la incorporación de Sudamérica en una posición muy subordinada al sistema mundial, sin pautas de crecimiento sostenido ni mucho menos estable. Y los pocos logros que se han obtenido han tenido costos sociales elevadísimos.
Los éxitos que lograron esquivar o atenuar dichos costos colectivos fueron más producto de shocks externos, sobre todo del precio de las materias primas, más que de cambios estructurales a favor del desarrollo económico mínimamente estable, con lo cual derivaron en mero crecimiento poco sustentado. El viento de cola produjo un borde propicio para políticas de inclusión. Pero el poder no sobrevive en aquellos bordes. Esos golpes de suerte en los mercados mundiales de precios de las commodities o de gran demanda por situaciones excepcionales como la guerra no son garantes de una gobernabilidad extendida en el tiempo, ya que los gobiernos de raigambre popular no exceden el campo de juego habilitado por los “mercados”(“esos cuatro vivos”: diría Oberdan Rocamora), y en ese campo y con su reglamento, las demandas sociales quedan inalcanzables porque el excedente de la producción primaria no sustenta los planes inclusivos. Y en la decepción sobreviniente, pierden elecciones y cuando llegan los gobiernos “liberales” es poco y nada lo que los pueblos usufructúan de dichos beneficios. Y las demandas sociales, además, se sofistican: ya no bastan la dádiva ni el discurso genérico.
Otra cuestión: La navaja de Ockham que es una regla metodológica y filosófica que establece que, en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable.
Y pareciera que el pensamiento simplista de la “derecha” encontró la mentada navaja. Su mensaje es sencillo, y por lo tanto presenta eficiencia comunicacional y política: la inclusión a través de la administración estatal ya no es posible (y además es injusta, dicen los más extremistas) y nadie puede (ni debe) garantizarla, ergo, corremos al Estado que se ha demostrado impotente, y cada cual triunfa o fracasa en el mercado bajo su exclusiva responsabilidad.
Todo este discurso post estatal encaja perfectamente en el relato del emprendedurismo, y su sucedáneo religioso neo pentecostal de la teología de la prosperidad, que está calando en sociedades cansadas de las promesas incumplidas de los gobiernos que, al no forzar soluciones termina entregando la bala de plata con que cuenta el plan neoconservador: la frustración de los pueblos.
Que además ven cómo se les arrima un menú de culpables: el Estado, China, el feminismo, los políticos, los medios, los sindicatos. Y últimamente el Islam. Todos visibles como enemigos de la realización personal. Nunca aparecen los verdaderos beneficiarios de sociedades que han olvidado la virtud de la justa distribución de la riqueza, en países donde los ricos evaden y no pagan los impuestos, donde los paraísos fiscales ocultan fortunas que son necesariamente mal habidas, delictivas.
Otra cuestión: sociedades partidas y elecciones que no legitiman
Las últimas elecciones sudamericanas muestran sociedades divididas en mitades casi exactas. Los ganadores se imponen en segundas vueltas por muy poco, a veces tras obtener pocos votos en la primera. Las elecciones resuelven la competencia, pero no el problema de fondo: la legitimidad.
Por otro lado, hay mil factores adicionales que enturbian el panorama: los algoritmos orientando las opiniones, el sesgo de confirmación que inducen, los procesos de digitalización de las sociedades en curso, las comunidades angustiadas ante la falta de futuro laboral cierto, de acceso a la vivienda, o la crisis de la seguridad social.
Los gobiernos populares enfrentan períodos muy cortos para problemas muy largos, son demandas cada vez más profundas que no requieren de empatía solamente, sino de medios técnicos y morales para dar discusiones con poderes fácticos que no solo se ven teniendo hoy la conveniencia de su lado, aspiran a ser expresión de LA VERDAD económica, política y moral. Una oligarquía que se auto percibe aristocracia, y por ello enormemente peligrosa.
Para enfrentar esta circunstancia se debería encontrar la forma de obtener recursos para poder establecer políticas públicas por fuera de los condicionantes del capital. De otro modo la democracia dejará de ser vista mayoritariamente como un sistema virtuoso y sólo resaltará su impotencia constante.
Pero, ¿podrán estas democracias debilitadas superar ese estado de insuficiencia? La respuesta es sí. Inventando formas de intervenir en la realidad social con políticas públicas razonables y eficientes. Nada de utopismos a la veleta ni progresismos morales ineficaces.
Promocionar inversiones, sea en minería o energía, no es de derecha o izquierda, es sencillamente razonable, en lo que no se puede quedar es en la primarización…o sea, el Estado debe acompañar esas actividades “extractivistas” con aliento a inversiones en la transformación y la industrialización para agregar valor. Planificando, no ahogando a las fuerzas productivas. Apuntar a fortalecer el comercio exterior es lo obvio… Y en un marco de estabilidad económica: superávits gemelos. ¿Les suena? Todas las actividades productivas que no sean inmorales ni delictivas deberían ser promocionadas en un marco estratégico de desarrollo… eso es lo nacional y popular y no los consignismos vacíos que aluden a épocas que no volverán. Hay que crear trabajo, INVENTAR cómo hacer para desarrollar la economía y reducir al mínimo la pobreza.
Aquí entra la tercera cita: Hegel. “La lechuza de Minerva extiende sus alas solo con la llegada del crepúsculo” Esta cita del filósofo sugiere que la sabiduría y la comprensión de la historia solo emergerán mucho después de que los eventos hayan ocurrido. Y el Movimiento Nacional ya ocurrió y logró muchas de estas cosas en su época y su marco histórico, habiendo sido la aplicación de un humanismo cristiano que se reconoce en términos de una doctrina social ordenada al bien común. Lo hizo siguiendo el apotegma de Simón Rodríguez, ganando siempre elecciones en el marco de una democracia no resignada a ninguna impotencia.
Si no se logra, aquellos que descreen de ella y lo manifiestan, como algunos de los necios tecnomagnates al gusto de gobernantes irresponsables, pasarán a tener, aparte del dinero y los recursos, la consciencia de los pueblos.
Inventamos o erramos.
*Abogado y dirigente peronista









