Nacen menos bebés: una nueva “culpa” para las mujeres

Nacen menos bebés: una nueva “culpa” para las mujeres

La disminución mundial de nacimientos “se da junto al aumento de la expectativa de vida”, pero según informes del CEPAL y el Banco Mundial, “históricamente, nuestro país ha tenido una baja tasa de natalidad respecto a otros países de la región”. Hoy es del 45% y hay múltiples causas.

A nivel mundial, la tasa de natalidad está experimentando un decrecimiento sostenido. A pesar del “apocalipsis” que anuncia Milei, esto no necesariamente implica que el mundo vaya a quedarse sin personas, y mucho menos que las responsables de eso seamos las mujeres que queremos trabajo remunerado con salarios dignos, corresponsabilidad en los cuidados, activismo político y social; en definitiva, una sociedad mejor, con igualdad de oportunidades.

La baja de la natalidad se inscribe en la actual transición demográfica a escala global, que, por cierto, no es la primera de la humanidad. En estas líneas proponemos pensar este fenómeno desde una mirada distinta a la que se viene proponiendo en las discusiones.

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No vamos a situarnos del lado de la ansiedad demográfica, que, preocupada por la baja de la natalidad, ya tiene en las derechas una respuesta ideológica: buscar a toda costa que las mujeres volvamos a un rol tradicional de reproductoras pasivas, con toda la pérdida de derechos conquistados que eso implicaría.

Por el contrario, la idea es pensarlo como una oportunidad, como un dato indispensable de la planificación estratégica, sin olvidar la dimensión de las decisiones personales, las que suponen desear y planificar la conformación de una familia y las características que ella tenga, incluido el número de hijas e hijos, y también haciendo lugar al deseo de tenerlos o no.

Ya tiene en las derechas una respuesta ideológica: buscar a toda costa que las mujeres volvamos a un rol tradicional de reproductoras pasivas”

El decrecimiento paulatino de la natalidad mundial se da junto al aumento de la expectativa de vida. En términos generales, aun considerando las desigualdades sociales, geográficas, entre países y dentro de los mismos, se han mejorado las condiciones de nacimiento con relación a la supervivencia y la garantía de salud tanto en la gestación como en el parto y postparto.

El hecho de que en el pasado hubiera más nacimientos no guarda una relación directa con mejores indicadores de salud ni con el desarrollo de maternidades o proyectos familiares más exitosos. La cantidad de nacimientos, por sí sola, no es un indicador de bienestar.

El alarmismo con el que nos intentan convencer de que el decrecimiento paulatino de la natalidad es algo perjudicial tiene mucho más de ideológico que de científico. Incluso las teorías económicas que auguraban, durante la campaña presidencial de Trump, que el descenso de la natalidad perjudicaba la economía, no se han cumplido, quedando en un simple llamado de atención o en algo mucho peor: un cuestionamiento directo del derecho al aborto y un intento “infértil”, en términos de masificación, de volver a las mujeres a los roles tradicionales de reproducción y cuidado del hogar.

De hecho, el gobierno de la provincia de Buenos Aires incluyó la obligatoriedad de la sala de 3 años en el sistema educativo (Decreto 158/2026), entre otras razones, debido a la disponibilidad edilicia. Asimismo, en los niveles iniciales de las escuelas primarias, la existencia de cursos de menor cantidad de asistentes abre oportunidades para mejoras pedagógicas significativas.

El gran desafío está en pensar una sociedad que pueda garantizar los cuidados que requerirá una población adulta mayor en crecimiento, tendencia que se profundizará en el corto plazo.

Esta problemática se siguen analizando desde viejos paradigmas sin poner en discusión las condiciones materiales de vida”

Según se evidencia en informes de la CEPAL y del Banco Mundial, históricamente, nuestro país ha tenido una baja tasa de natalidad respecto a otros países de la región. Incluso en períodos en los que los métodos anticonceptivos no eran tan eficaces ni accesibles, el aborto (penalizado y clandestino) funcionaba como regulador de la planificación familiar.

Es innegable que en las últimas décadas se han desarrollado más herramientas para acceder a la planificación familiar. En Argentina, se destacan programas como el de Salud Sexual y Procreación Responsable (2003), la Ley de Educación Sexual Integral (2006) y el plan ENIA (Embarazo No Intencional en la Adolescencia – 2017), que tuvo un enorme éxito en la reducción del embarazo adolescente a más de la mitad, a lo que debe sumarse la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (2020) y la Ley de los Mil Días (2020).

Seguramente todas estas políticas que garantizan derechos sexuales y reproductivos favorecen decisiones más conscientes, libres y planificadas en términos de reproducción de la vida y la conformación familiar. Es necesario, pero no suficiente, analizar esta dimensión de la problemática, dado que requiere incluir otros factores tanto o más decisivos que el acceso a los métodos de planificación familiar.

Ya vimos que cuando no eran accesibles, e incluso había políticas claramente pronatalistas, las decisiones mayoritarias de las personas respecto a la composición de los grupos familiares iban en otro sentido.

A pesar de que muchas voces cargadas de prejuicios hacia las personas en situación de pobreza se han cansado de sostener que “se embarazan por un plan”, esto ha sido algo absolutamente negado por la realidad. Incluso en el gobierno de Milei, que duplicó el monto de la AUH con relación a la inflación, la tasa de natalidad sigue bajando de manera sostenida, en todos los sectores sociales y en todo el país. Además, una gran parte de los embarazos sigue siendo no planificados.

Hoy escuchamos discursos encendidos que ponen el acento en lo que llaman la “caída de la fertilidad de reemplazo”. Estaríamos por debajo de la cifra que las curvas demográficas señalan como necesaria para que no se profundice el envejecimiento, se sostengan la ocupación laboral y los sistemas previsionales y una pirámide poblacional que tenga mayoría de infancias y juventudes.

Pero nada de esto parece obedecer a políticas pronatalistas o antinatalistas. Lo que hay es un conjunto de factores en juego que no se explican por meras ecuaciones matemáticas de sumas, restas y multiplicaciones.

La cuestión de fondo es que esas curvas y esta problemática se siguen analizando desde viejos paradigmas sin poner en discusión las condiciones materiales de vida, donde proliferan las guerras, en el que se está produciendo una transformación tecnológica que reemplazará a por lo menos la mitad de los trabajos tal cual se han realizado hasta la fecha, se afirma que la longevidad puede extenderse más allá de los cien años de vida y tantas otras transformaciones en las relaciones sociales e interpersonales, pero donde sin lugar a dudas crece la inestabilidad social, ambiental, las exclusiones y la desigualdad en niveles extremos.

Y en Argentina, a pesar de la ampliación de derechos de las últimas décadas, nos volvemos a encontrar con formas de pensar que culpan al aborto de la caída de la natalidad. Resulta peligroso que se popularice esta hipótesis, tanto por la violencia simbólica que implica contra las mujeres como por las falacias sobre las que se sostiene.

Si bien es cierto que la natalidad se redujo en un 45% en el país, también es cierto que este descenso pronunciado empezó en el año 2014, seis años antes de la sanción de la ley de aborto.
Insistimos: el empeoramiento de la calidad de vida y de la capacidad económica de las mayorías y, especialmente, de la juventud, condiciona sus proyectos de vida y trunca oportunidades, mucho más para hacerse cargo de traer al mundo nuevas vidas.

Un aspecto ineludible es pensar el lugar que ocupan la maternidad y la paternidad dentro de los proyectos personales. El Fondo de Población de las Naciones Unidas hizo una amplia investigación en este sentido, con resultados reveladores. Para la mayoría de las personas, formar una familia sigue siendo importante.

Sin embargo, a diferencia del siglo pasado, cuando ocupaba un lugar prioritario, hoy constituye una opción entre muchas otras, lo que hace que la maternidad y la paternidad ya no sean necesariamente un proyecto prioritario. Aún más si tenemos que lidiar con obstáculos que son evidentes: enormes limitaciones para acceder a trabajo de calidad, vivienda digna, salud y educación de buena calidad, co-responsabilidades de los cuidados, el autocuidado, en definitiva, bienestar y calidad de vida, que hoy son esquivos o inciertos para las mayorías.

Lo que enfrentamos a nivel mundial es un cambio en el modelo reproductivo, tanto individual como colectivo, y afrontamos el desafío de pensar cómo plantear una política de cuidado que acompañe, garantice, recupere y reconozca derechos. Este contexto nos da una oportunidad para plantear estas temáticas desde una perspectiva diametralmente opuesta a la que propone Milei y las derechas extremas.

Volver a la dimensión de la libertad, entendida como un derecho que sólo puede ejercerse plenamente desde la justicia social, garantizando bienestar para las generaciones presentes y futuras; pensarnos colectivamente con prácticas de cuidado que nos permitan desarrollar con dignidad nuestras vidas y las que vendrán. Siempre es con más derechos, nunca con menos.

*Prof. En Letras (Universidad Nacional de La Plata), Ministra de Mujeres y Diversidad de la Provincia de Buenos Aires