Falleció, a los 99 años, Miguel Ignomiriello, personaje indispensable en la rica historia de Estudiantes de La Plata y uno de los grandes formadores del fútbol argentino. Su trabajo en las divisiones inferiores del Pincha fue vital para el nacimiento del equipo multicampeón de Osvaldo Zubeldía. Su mayor obra fue la “Tercera que Mata”, hoy una de las tribunas del renovado estadio UNO.
Ignomiriello fue un enorme maestro y una enciclopedia abierta. “Cuando nació Miguel Ubaldo Ignomiriello, el 11 de junio de 1927, el presidente de Argentina era el radical antipersonalista Marcelo Torcuato de Alvear, quien había logrado el año anterior la fusión entre las dos entidades de un fútbol dividido. Una época amateur en la que todos cobraban, con un torneo de Primera unificado de 35 equipos. Todavía no se había declarado el profesionalismo, tampoco había quebrado Wall Street ni se habían producido golpes militares en la Argentina”, es el arranque de la entrevista que Oscar Barnade le realizó en Clarín a Don Miguel cuando cumplía 95 años, en junio de 2022.
Tiene una peculiaridad Ignomiriello: trabajó en Gimnasia y en Estudiantes, los dos grandes de La Plata. La carrera de formador la comenzó en el Lobo, en 1943, cuando apenas tenía 18 años. Trabajó, además, vendiendo choclos en la calle, en Vialidad Nacional y en Ducilo, como obrero primero y administrativo después. Hasta que se recibió de profesor de Educación Física y en 1950 se consagró campeón con la Reserva de Gimnasia. Ese fue el punto de partida de su notable carrera. “Todavía es el único título del club en esa categoría en el profesionalismo”, afirmaba.
En 1953 realizó el curso de director técnico y una década después le llegaría la oportunidad de trabajar en Estudiantes, el club de sus amores. Ese año, en marzo, llegó para hacerse cargo del fútbol juvenil y rápidamente transformó la estructura del club. Con métodos de trabajo innovadores para la época, profesionalizó la formación de los futbolistas y empezó a moldear a una generación que marcaría para siempre la historia albirroja. Bajo su conducción, la Tercera División (“La Tercera que Mata”) se consagró campeona en 1965 y se convirtió en la base del equipo que, con Osvaldo Zubeldía como entrenador, conquistó el Campeonato Metropolitano de 1967, tres Copas Libertadores consecutivas y la Copa Intercontinental de 1968. De aquella cantera surgieron nombres como Juan Ramón Verón, Oscar Malbernat, Carlos Pachamé, Alberto Poletti y Eduardo Flores, entre tantos otros que después escribirían las páginas más gloriosas del club. Su influencia fue tan grande que, con el paso de los años, muchos lo señalaron como el arquitecto silencioso de la etapa más exitosa de Estudiantes.
“Mariano Mangano me buscó para ir a Estudiantes y le transmití mi plan. Llevaba veinte años de experiencia y tenía muy claro lo que quería. Cuando llegué no tenía vestuarios ni cancha auxiliar para entrenar, mucho menos ropa y utilería. Pedí todo eso para poder trabajar. El primer año fue de organización y selección de jugadores. Los resultados llegaron después. Ese año, en 1963, el club debía descender, pero se suspendieron los descensos y se salvó. Estaba mal. En 1962, la categoría había sacado 9 puntos; en 1963, 23; y en 1964, fuimos subcampeones con 44 puntos. Ahí me equivoqué. Había implementado la concentración antes de los partidos. Y contra Rosario Central, que era decisivo, decidí concentrar el miércoles en lugar del viernes. Fueron muchos nervios para los jugadores. Perdimos 1-0 de local. Fue un aprendizaje, después nunca más lo hice. Y en 1965 fuimos campeones. Ese año, por recomendación mía, llegó Osvaldo Zubeldía y se logró todo lo que se logró después”, contó en Clarín.
Además de trabajar en las inferiores en los conjuntos platenses, Don Miguel dirigió la Primera de Rosario Central en 1967. Luego sería cabeza de grupo de muchísimos equipos: Banfield (1970 y 1984), Chacarita Juniors (1971 y 2004), Estudiantes de La Plata (1971), San Lorenzo (1972), Nacional de Uruguay (1974-76, en Primera en 1974, después en juveniles), Independiente (1976), Atlético Tucumán (1976), Bolívar de Bolivia (1977), Unión de Santa Fe (1978), Vélez (1978), Deportivo Quito de Ecuador (1979), Emelec de Ecuador (1980), Filanbanco de Ecuador (1982), Deportivo Armenio (1984), Defensores de Cambaceres (1985-87 y 1992), Talleres de Remedios de Escalada (1987-88, campeón de Primera B Metropolitana), Douglas Haig (1994), Platense (1999), Arsenal de Sarandí (2001, coordinador de inferiores), Sportivo Italiano (2002) y La Plata FC (2004).
También entrenó a la Selección argentina en 3 partidos en 1973, mientras colaboraba con el director técnico principal, Enrique Sívori, y comandaba el equipo juvenil, del cual ya había estado a cargo en 1966, una Sub-23. Ganó la Copa Newton y obtuvo un triunfo por las Eliminatorias al Mundial 1974 frente a Bolivia en La Paz con la denominada “Selección Fantasma”, un combinado nacional que en la previa se preparó en el Norte del País casi sin recursos.
“Le propuse a Raúl D’Onofrio, el papá de Rodolfo, que era interventor de la AFA, ir allá. Saqué los pasajes con anticipación: La Quiaca, Lima, Cusco. Las reservas de hoteles también. La idea era jugar en La Quiaca y Cusco porque tenían una altura y clima similar a La Paz. Me dieron apenas 2.000 pesos para llevar en efectivo. Era muy poco. Eso sí, me dieron banderines. Nos quedamos sin plata y armamos partidos para subsistir. Contraté un médico psiquiatra para evaluar a los jugadores, las respuestas físicas y psíquicas. Mostaza Merlo y Jota Jota López, que ya eran figuras en River, no se adaptaron y se volvieron. Lo convoqué a Poy. Después surgió la famosa foto que sacó un fotógrafo en Bolivia. Fue duro, pero valió la pena. Ganamos 1-0 y la respuesta física de los jugadores que estuvieron en ese grupo fue importante”, rememoró Miguel.
“Como el catador de vinos, como la nariz para los perfumes, me considero un seleccionador, un conductor-docente. Todo lo hice con honestidad y esfuerzo. Las concentraciones, el trabajo en doble turno, los consejos, las recomendaciones. Nunca participé en un pase ni le pedí un peso a un jugador. No me llevé ni una camiseta. Esa es mi honestidad. Nadie me puede acusar de nada”, cerraba Ignomiriello la entrevista.









