La última noche que pasé junto a Furia, mi perra, fue un momento bisagra. Hay sacudones emocionales que por ley de gravedad terminan devolviéndonos al eje, a lo importante, a lo esencial. Esa noche, sin saber cómo se desencadenarían los hechos, tuve la sensación incómoda de enfrentarme a su partida. Y digo incómoda porque creo que uno no llega nunca a anticipar del todo esas despedidas. Tiré colchones, frazadas y almohadones al piso, prendí el hogar, puse música relajante; intenté, dentro de lo que estaba a mi alcance, alivianar las circunstancias penosas o volverlas un poco más amables.
Furia no permanecía quieta en ningún lugar, iba de acá para allá pese a la lentitud de sus patitas temblorosas; yo creo que buscando ese sitio alejado que dicen que buscan cuando ya están por partir. De algún modo, evité que lo encontrara, no le quité los ojos de encima, como si de esa manera pudiese prolongar lo inevitable. No pude conciliar el sueño, tampoco lo intenté. Dormir en ese momento se me representaba como un acto de indiferencia.
En medio del desvelo, mientras calentaba el agua para el té, me acordé de algo.
Hacía poco menos de un año, como en otras oportunidades, mi mamá me había traído un recorte del Clarín; deduje mientras lo sacaba del bolso que sería de la sección de Mundos Íntimos, gusto que siempre compartimos. Conociendo mi sensibilidad en el asunto, me anticipó ‘’es de una chica que al morir su gata dijo que nunca más (….)” Bastó que me dijera eso para que yo decidiera archivarlo para otro momento. Dejé el recorte arriba de la biblioteca con el asomo de una punta que me recordaba su existencia y ahí estuvo hasta hace unas semanas atrás, en ocasión de esa noche tormentosa con aroma a final, que junté valor y lo leí.
Juntas. Magalí Fritz y Furia eran inseparables. Incluso, alguna pareja de ella llegó a sentir celos por la importancia que le prestaba a la perra. La autora le explicaba que son vínculos que no se podían comparar, pero a veces le costaba ser entendida.La historia de Frida, la gata de Nuria, la chica del relato que luego de su partida adoptó a McFly, además de llorar, inevitablemente me llevó a pensar que le contaría yo al mundo sobre Furia. Porque aunque pueda sonar extraña la expresión, cada mascota tiene su ‘’personalidad’’ (u animalidad, sí existiese) y eso hace a lo singular del vínculo que cada cual tiene con su compañero humano (me rehúso a usar el término dueño).
Quizás todos piensen lo mismo de sus mascotas y está perfecto pero no tengo ninguna duda de que Furia era especial. Su temperamento era la antítesis de su nombre. No había otra igual, igual de buena, de cariñosa, de compañera de aventuras. También era una chupadora serial con predilección por las piernas, no importaba de quien fueran. Amante de la playa y fan del zapallo. Y de mis milanesas de berenjena. Y del queso crema. Y de las bombas de papa. Y el veterinario, que para nuestra fortuna es mi papá, recordándome una y otra vez que al perro no se le puede dar cualquier cosa. Aunque a excepción de algunas ocasiones, Furia se recomponía de cualquier síntoma ni bien cruzábamos la puerta. Cada ida a la veterinaria, se paraba en dos patas en la estantería de los ‘’chiches’’ y elegía el que quería cual niño inspeccionando a dos manos la juguetería. Y hasta que no le dabas el que pedía a ladridos, no paraba.
No paraba nunca. Para ella, todo lo que tuviese forma circular era un chiche. Las mandarinas, los limones, la semilla de la palta que alguna vez intenté plantar. Si rodaba, ella iba detrás.
Tenía además una habilidad sorprendente para cabecear globos; he llegado a contar hasta 15 pases sin que caiga al piso y se ha llevado todos los halagos por ir de copiloto en el canasto de la bicicleta, uno de sus momentos favoritos, que tuvo que ceder a sus seis años cuando adopté a Fauna y los paseos inevitablemente cambiaron de tenor.
Una tarde las llevé a la plaza y en cuestión de segundos las perdí de vista. Parecía que se las había tragado la tierra. Grité sus nombres hasta quedarme sin voz, pero el tiempo pasaba y la incertidumbre crecía. Fue tal mi desesperación que logré convocar a un operativo de cinco policías que se encontraban por la zona. Finalmente las encontramos en la otra punta de la plaza, las dos sentadas bajo un árbol custodiando su pelota.
Expresividad. Furia, la perra de Magalí Fritz, cuando era cachorro.En otra oportunidad, se lastimó las orejas con la espina de un rosal y le sangraron de una manera cinematográfica desde la plaza hasta llegar a casa, aunque ella nunca se enteró.
Tengo muchísimas anécdotas porque afortunadamente compartimos 15 años, desde que era una cachorrita de 2 meses con una hernia en su pancita como marca identificatoria. Furia me acompañó durante toda mi carrera, yo creo que llegó a distinguir cuando hablaba de Freud y cuando hablaba de Lacan. Estuvo en todos mis hogares desde aquel primer departamento de mi independencia que tantas alegrías nos dio hasta esta casa en las sierras que supo disfrutar a su manera. Fue testigo de todos mis vínculos y estuvo al pie del cañón en todos mis duelos, sin pedirme nada a cambio. Han llegado a celarla por mi atención, como si tuviese que elegir pareja o perra, cuando a la vista está que se trata de vínculos incomparables. Porque el amor del animal es incondicional y eso a algunos les incomoda bastante; es un sentimiento limpio de las miserias que se juegan a veces entre las personas y que se evidencian en lo complejo que resulta vincularnos.
El amor del animal en cambio, no se guarda nada. Lo deja expuesto sobre la mesa.
Es transparente e incuestionable.
Pero no me quiero ir de tema.
Volvamos a Furia, que hasta sus 11 años, mantuvo la energía de un cachorro. Hasta que un ACV la hizo envejecer de golpe. Quedó cieguita y ya no le resultaba tan fácil correr tras sus chiches de turno. Con el tiempo fue volviéndose más serena, aunque hasta sus últimos días al alzarla por reflejo seguía moviendo sus patas como si nunca hubiese perdido la agilidad.
Era tan fuerte el lazo que nos unía que tuve que prepararme mentalmente durante mucho tiempo para afrontar este momento, porque sentía que no iba a poder soportar su ausencia.
Muchas veces la miraba intentando retener esa escena en mi memoria para cuando ya no fuese posible, otras tantas me pescaba anticipando escenarios fatalistas y me pellizcaba para traerme de vuelta a la realidad, porque sí, su vejez fue repentina pero todavía la tenía conmigo, sentadita al sol, esperando al lado del horno, disfrutando el calor del hogar, acostada encima de mi ropa, pidiendo mimos cuando me sentía cerca.
Solía decirle que gozaba de una jubilación envidiable. Hasta hace un mes, que le noté algo en su labio y apareció la palabra tan temida. Le había salido un tumor y por su edad, no había mucho que pudiese hacerse más que brindarle la mejor calidad de vida el tiempo que le quedara que, por las caras de mi papá frente al diagnóstico, supe que no sería mucho. A partir de ese momento, entendí que cada día que pasara con ella era un regalo que agradecería dándole todos los gustos, más de los que ya acostumbraba. Le di pollo dos veces por día, le hice una sesión de mimos cada noche y he llegado a comer en el piso para que se acercase al plato.
No sabía si se la iba a llevar la vida naturalmente o si iba a tener que tomar la decisión tan difícil de dormirla para siempre.
Lo único que tenía claro es que no iba a exponerla al dolor. Como dice mi mamá, a veces el ser humano en su afán de evitar la pérdida, termina prolongando el sufrimiento del animal. Y esa noche, ante los primeros indicios de agonía y tras intentar estirarle la vida con calmantes, decidí que era momento de dejarla descansar en paz.
“Tranquila Fufita, te prometo que mañana se termina’’.
Hoy, con el diario del lunes, puedo decir que esa sensación incómoda que anticipaba su muerte me dio la oportunidad de despedirla, de entregarme en cuerpo y alma a su cuidado.
En estas circunstancias, la eutanasia se convierte en un gran acto de amor, el último que podemos brindarles. Ponerlos por delante de nuestra necesidad. Evitarles el sufrimiento que no pueden transmitir con palabras.
El amor no necesita tantas palabras.
‘’La vamos a acompañar’’ me dijo mi papá al día siguiente; intentaba tranquilizarme aunque a él siempre le tocara la parte más difícil en estas situaciones. Yo agradezco que se haya ido en sus manos, un domingo soleado, en nuestro hogar y conmigo al lado hasta el final.
El dolor de la pérdida es inevitable. Pero aún en la tristeza podemos reconocer cierta calma. La satisfacción de haberles devuelto una buena vida. Las mascotas se van, en la mayoría de los casos, antes que los seres humanos, aunque nos dejan una lección profunda sobre el valor de la presencia, la empatía y el cuidado del otro.
Me va a llevar tiempo acostumbrarme a su ausencia. Fueron 15 años, aunque para mí, Furia tenía 39, porque en mi memoria ella estuvo siempre. Y permanece aún en los lugares de la casa que habitaba, con particular predilección por un rincón del comedor al que Fauna todavía corre a anunciar nuestro regreso, como solía hacer cada vez que salíamos de paseo. Ahora, al encontrarse con ese espacio vacío, me mira, desconcertada, como preguntándome donde está su compañera.
Aun no sé bien qué responderle.
Al principio volver a casa representaba una escena desgarradora como también lo fue sacudir las mantas donde dormía y ver sus pelos grises dejando en el aire un último rastro tangible de su existencia.
Duele porque aún hay demasiadas huellas.
Pero día a día acepto que la magnitud de su pérdida es proporcional al lazo que construimos.
Y ahí el dolor cobra otro sentido, porque no podemos ir en contra de la finitud de la vida, pero sí podemos resignificar la experiencia.
De a poco voy encontrando maneras de tenerla presente.
En el recuerdo inmutable de fotos y videos.
Hoy descansa en el parque de casa, bajo un jazmín que intuyo crecerá con fuerza.
Como florecen ciertas formas del amor incluso después de la despedida.








