El arte de la sorpresa se sumió en el luto este lunes, Día de los Caídos en Estados Unidos, con el fallecimiento de la leyenda del jazz y coloso del saxofón Sonny Rollins.
Tenía 95 años, y la noticia de su muerte llegó horas antes de la conmemoración del centenario del nacimiento de Miles Davis, músico que, junto a John Coltrane, otro que nació hace un siglo, y a un puñado de grandes nombres del género musical americano por antonomasia, llevaba décadas esperándolo en el Olimpo del jazz para tocar juntos de nuevo en la jam session de la eternidad.
Rollins murió por la tarde en su casa de Woodstock, en el Estado de Nueva York, según confirmó su representante, Terri Hinte. No trascendieron las causas de su fallecimiento, aunque el saxofonista y compositor llevaba retirado por problemas de respiración desde 2014.
Su cuenta en X, un luminoso foro en el que el músico, o quien fuera que se encargara de hablarle al mundo, siempre recordaba los cumpleaños “celestiales” de sus amigos muertos, publicó una declaración del saxofonista de 2009. “Pienso”, dijo entonces, “que cuando la persona creativa llega a su fin, continúa viva en la siguiente existencia. Soy alguien que cree que esta vida no es el principio y el fin de todo. Una persona espiritual no puede verlo de esa manera”.
Improvisador de imaginación inagotable, su carrera abarcó casi ocho décadas el servicio del saxo tenor, instrumento del que extrajo un sonido profundo e imprevisible, que, siempre desde el swing, coqueteó lo mismo con la vanguardia que con ritmos como la soca y el calipso. También hizo concesiones al rock, como aquella vez que tocó en 1981 un solo en la canción Tatto You, de los Rolling Stones, banda con la que luego declinó salir de gira.
Hasta en esas ocasiones, Rollins siempre fue por libre, aunque nunca tanto como cuando en 1959, en la plenitud de sus facultades y con su carrera en el disparadero, decidió abandonarlo todo y dedicarse durante dos años a ir cada día a los bajos del puente de Williamsburg por el lado de Manhattan, en Nueva York, para entregarse a una pura búsqueda del sonido.
En una entrevista con este diario en 2010, el músico, que no era de esos hombres que disfrutan dándose importancia, dijo que se decantó por el de Williamsburg porque “estaba cerca de casa”. “Subía al puente y tocaba y tocaba para los oficinistas que volvían derrotados, frustrados y borrachos después de unas copas al salir del trabajo”, recordó. “Cuando hacía frío de verdad, yo bajaba a una licorería de chinos del Lower East Side y me subía una botella de brandy… Los oficinistas, el brandy, el rumor del río… ¿Qué más podía pedirse en este mundo? Por lo que a mí respectaba, absolutamente nada”.
Aquella decisión abonó una leyenda cuya memoria se agrandó durante décadas en la gran mitología de Nueva York, como demuestra el hecho de que la revista New Yorker escogiera , para ilustrar una de sus portadas en noviembre de 2024 una pintura de 1986 de la artista negra Faith Ringgold, vecina de los Rollins en Harlem. En ella, se ve al músico improvisando, ascendido como un santo a la cúspide del puente.
Más allá de la postal, esa poderosa imagen, que inspiró lejanamente hasta un personaje de los Simpson, un saxofonista sabio llamado Gingivitis Murphy, ejemplificó la perpetua insatisfacción de Rollins con su arte. La sensación, que solo él tenía, de que nunca daba todo aquello de lo que era capaz; que siempre estaba aprendiendo, y que tocaba mejor esa noche que la anterior, aunque nunca fuera suficiente.
Para cuando se retiró de la vida pública a finales de los cincuenta, Rollins, que irrumpió a principios de esa década con su defensa de un sonido amplio, no especialmente a la moda, en la estela de predecesores como Coleman Hawkins, Chu Berry o Ben Webster, ya había pertenecido a la mítica banda de Max Roach y el malogrado Clifford Brown. Tras superar una adicción a la heroína, grabó después una impresionante ristra de obras maestras. Baste citar títulos como Saxophone Colossus, Sonny Rollins Plus 4 y Tenor Madness (todos ellos publicados en el fecundo año de 1956), o, en 1957, The Sound of Sonny y Way Out West, en cuya portada se le veía vestido como un ranchero mexicano, con sombrero y todo.
Al final de ese año llegarían las legendarias sesiones en directo al frente de un trío sin piano grabadas en el Village Vanguard de Nueva York, y poco después, Freedom Suite, coqueteo con la vanguardia que por entonces ya estaba aporreando las puertas del género y que él abrazó, más que nunca, en Our Man in Jazz (1963), un disco extraordinario, también directo y también sin piano, que suele echarse en el olvido.
En aquella conversación de 2010 con EL PAÍS, Rollins justificó así su decisión de prescindir de un acompañamiento hasta entonces esencial en los pequeños conjuntos de la música a la que consagró su vida: “El piano es demasiado determinante armónicamente”, explicó. “Me gusta saber hacia dónde se dirige la música y conducirla yo mismo”.
Tanto en el resto de los años sesenta como en los setenta y ochenta, trató de que su propuesta siguiera siendo relevante mientras la influencia del jazz en la cultura popular se desplomaba, aunque, a diferencia de otros compañeros de su generación, nunca atendió a los cantos de sirena del jazz rock y otras fusiones. A veces logró lo que buscaba con acierto, como cuando puso la banda sonora junto al arreglista Oliver Nelson a Alfie, película que marcó a varias generaciones de chicos modernos que querían parecerse al buscavidas que interpretó Michael Caine. Otros experimentos, que a menudo se vendieron como asuntos festivos, no fueron tan afortunados.
Con los años, llegaron los reconocimientos institucionales. Ganó dos Grammy, además de un tercero, de honor, a toda su carrera. Ingresó en la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y fue distinguido con Obama en la Casa Blanca con la Medalla Nacional de las Artes. Hasta hubo un intento infructuoso de rebautizar el puente de Williambsurg con su nombre.
Entre tanto, él siguió a lo suyo. En la primera década de este siglo, fundó un sello, que llamó Doxy, como una de sus composiciones, en el que se dedicó a dar salida a registros en directo de sus legendarios conciertos, que fueron largos y generosos hasta el final. Centenares de esas grabaciones obran en poder del Schomburg Center for Research in Black Culture de Harlem, barrio que lo vio nacer en 1921 como el menor de los tres hijos de Valborg (Solomon) y Walter Theodore Rollins, ambos inmigrantes en Nueva York llegados de las Islas Vírgenes.
Su primer contacto con el saxofón le llegó gracias a un amigo de su madre. “Lo tenía bajo la cama”, dijo a este diario. “Entonces las cosas importantes se guardaban bajo la cama. Era un saxofón precioso, metido en una caja de terciopelo. Había visto instrumentos en fotografías centelleantes sobre la chimenea de las casas de los amigos de mis padres. Pero la emoción real lo superó todo”.
A la pregunta de si consideraba el jazz una música culta, respondió: “A mí me resulta sencilla. Es difícil poner la música en palabras, pero yo la describiría con una escena. Tengo 10 años, estoy practicando en casa, es domingo, el resto de los chicos juegan en la calle, roban en las tiendas… Llevo 10 horas en un rapto de conciencia. Toco y toco. Llega mi madre y dice: ‘Sonny, cariño, es la hora de cenar, así que haz el favor’. Eso es la música para mí, algo que me hace olvidar que tengo que alimentarme para sobrevivir”.
En septiembre de 2024, se convirtió, con la muerte de su camarada Benny Golson, en el último superviviente de una fotografía legendaria tomada en Harlem en el verano de 1958 por Art Kane para la revista Esquire. Está tomada en un brownstone de la calle 126, y reúne a 58 de los más grande músicos de jazz de la historia.
Hace un par de años también se publicó una Saxophone Colossus, monumental biografía del periodista Aidan Levy, un exhaustivo inventario de cada disco y cada actuación en directo de la que quedó registro a lo largo de la larga carrera del saxofonista.
Las últimas noticias creativas por su parte llegaron ese mismo 2024 con la aparición de The Notebooks of Sonny Rollins, una selección de sus diarios y cuadernos de anotaciones entre 1959, el año de su espantada, y 2010. Es un libro extraordinario, en el que las reflexiones musicales se mezclan con los pensamientos filosóficos y los consejos de un hombre necesitado de recordarse a sí mismo lo esencial.
Sus tres últimas entradas pertenecen a la tercera categoría: “Perdona todo a todo el mundo”. “Lo que los demás piensen de ti no es asunto tuyo”. Y: “Por muy mal que te sientas, levántate de la cama, vístete y cumple con tus compromisos”.







