Morena: lanzar la primera piedra | Opinión

Morena: lanzar la primera piedra | Opinión

«Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra», dijo Jesús, según cuenta el Evangelio de Juan, cuando llevaron ante él a una mujer acusada de adulterio y los hombres, con piedras en las manos, aguardaban el momento de su ejecución.

De eso va este texto. De la improbable existencia de cuadros políticos que, libres de pecado, puedan arrojar las primeras piedras.

Las decepciones provocadas por Morena desde hace algún tiempo —y donde Rocha Moya aparece como ensanchado corolario— han producido una triste aceptación: que el camino de la Cuarta Transformación no pintará una línea recta, sino —en el mejor de los casos— un trazo irregular. Su representación gráfica será un serpenteo.

Lo habitual. Confundir este tropiezo con un fracaso definitivo implicaría negar la naturaleza vacilante del progreso. No existen derroteros lineales ni cronologías ascendentes en asuntos convulsos. Toda marcha contiene la posibilidad de regresión. Todo paso arrastra consigo una potencial caída.

Como todo ente orgánico —sometido a las leyes del nacimiento, corrupción y ocaso—, Morena se ha desmejorado y reclama corrección. Al último diagnóstico de diez hombres acusados de vínculos con el crimen organizado lo precedió diversa sintomatología. Escándalos varios de tamaño más enclenque. No hay congregación humana que pueda escapar de los fariseos.

El crecimiento trepidante del partido, el desbordamiento de sus victorias electorales, la persistencia de antiguas prácticas de corrupción sin remedios serios y los viejos arreglos del país que facilitan la cooptación —absorber, influir, capturar— del Estado por el crimen organizado, terminaron por enfermarlo.

El partido que gobierna —y que, a juzgar por el páramo político que frente a él se extiende, continuará gobernando— ha pecado.

Y aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

¿Quién conserva el derecho de lanzar la primera piedra?

La posibilidad de juicio y corrección sobrevive en sus dos dirigentes históricos. No es casual que ambos líderes —incompatibles, contrarios— compartan la legitimidad que nace de la integridad personal. Son los hombros de Andrés Manuel López Obrador y los de Claudia Sheinbaum los que sostienen el peso del partido.

Aunque el primero ya se ha ido, el partido aún tiene quien lo salve.

Una cosa más. A Morena difícilmente podría acusársele del más común de los pecados: gatopardismo. No transformó todo para dejarlo igual. Cumplió el objetivo prometido en su gesto inaugural: otorgó representación política, mejoró la vida de millones y alteró —ya veremos si de forma irreversible— la antigua percepción de la autoridad como entidad remota y privilegiada.

El partido tiene quien lo salve y merece ser recuperado.

Pero el tiempo no sobra y los liderazgos legítimos escasean. Claudia Sheinbaum habrá de aprovechar esta coyuntura —no siempre es sencillo enfrentarse a los hermanitos de partido— para limpiar el segundo piso de su casa, en la que no solo habita ella, sino la multitud que depositó allí su confianza.

Con esto no propongo, faltaba más, la entrega de Rubén Rocha a los Estados Unidos; reconozco como uno de los pilares del movimiento la defensa de la soberanía nacional. Lo que falta es corrección interna. Un movimiento oportuno. Un movimiento oportuno y justo. Un movimiento oportuno, justo y ejemplar.

Uno que no entregue, pero distinga. Que no subordine, pero regrese. Que no someta, pero purgue.

Con una sanción ejemplar, Sheinbaum enviaría un mensaje directo al interior de su Gobierno: ciertas conductas activan determinadas consecuencias. Mostraría la causa y haría visible el efecto. Disuasión focalizada, lo llaman los expertos. No castigar a todos al mismo tiempo, sino concentrar la presión sobre los grupos más problemáticos. Claudia Sheinbaum ya ha ensayado esa lógica en el combate al crimen organizado —pienso en el abatimiento de Nemesio Oseguera— que busco gritar por todo lo alto: nadie por encima del Estado.

La pregunta es temporal: ¿si no es ahora, cuándo? ¿Si no es este Gobierno, cuál tendrá la fuerza de intentarlo? ¿Si no es con esta autoridad, con cuál otra? ¿Si no es un movimiento que prometió regenerar la vida pública, cuál otro?

La respuesta existe solo en este tiempo: si no es Claudia Sheinbaum, será demasiado tarde. Y vaya que la gente llevaba tiempo esperando.

Claudia Sheinbaum —que no lo olvide ella— será la última de su especie: una líder surgida de la izquierda con la legitimidad suficiente para reparar internamente al proyecto. En ella se conjuga —aunque parezcan virtudes dispares— la capacidad de renovación ética del partido y un mensaje creíble de disciplina en el ejercicio del poder.

¿Quién, sino Claudia Sheinbaum, podría regenerar al Movimiento de Regeneración Nacional? ¿Quién, sino ella, podría disputar con el ejemplo la simplificadora narrativa que etiqueta a Morena como uno ligado al narcotráfico? ¿Quién, sino ella, podría traer al partido a donde debería estar y no dejarlo en donde se encuentra?

Por eso la hora es ahora y no después.

Claudia Sheinbaum —y nadie más— podrá lanzar la primera piedra.