Ni las críticas, ni los debates, ni tampoco la intervención exprés de la Federación Internacional del Automóvil (FIA) bastan para tratar de corregir el reglamento más controvertido de la historia de la Fórmula 1. La mejor noticia del Gran Premio de Miami fueron las casi cinco semanas que pasaron desde la última vez que unos y otros se vieron en pista, una ventana de tiempo generada por las cancelaciones de las citas en Baréin y Yedda, y que hizo posible que los equipos se rearmaran en sus fábricas, para presentarse en Estados Unidos con coches prácticamente nuevos. El ganador de la cuarta parada del calendario fue el mismo que el de los dos eventos anteriores, pero las hechuras del triunfo de Kimi Antonelli en Florida no tuvieron nada que ver con las victorias que consiguió en Japón y China. Allí, la opulencia de Mercedes hizo posible que el joven boloñés se distanciara cómodamente del pelotón y se colocara al frente de la tabla de puntos, por delante de un incómodo George Russell, su compañero en el equipo de la estrella, dominadora implacable de la escena desde la pretemporada, cuando los monoplazas diseñados a partir de la nueva normativa pisaron la pista por primera vez.







