En los años 70, cuando empezó a tirar sus primeras gambetas en los potreros de Ringuelet -al norte de La Plata-, Mauro Amato dejaba entrever la materia a modelar de un jugador promisorio, que no escapaba a la media general de todo pibe de barrio de los suburbios: en cada partido alimentaba el sueño de una vida gloriosa a través del fútbol como salida más viable.
Cinco décadas después, con 51 años y satisfecho por haber recuperado parte de esa rutina pueblerina casi bucólica en sus pagos, el ex delantero admite haber logrado aquella meta trazada a fuerza de sacrificio y goles. Pero no terminó de consolidarla -precisamente- a lo largo de su respetable carrera profesional de 17 años en Primera desde 1992 hasta 2009, sino después, ya retirado de la elite y dispuesto a repartir su tiempo entre los placeres brindados por el vínculo más estrecho con la familia y los amigos.
Dos años atrás, sorprendido por la visita de un grupo de jóvenes al predio de Estudiantes de La Plata en City Bell -donde cumplía funciones de entrenador al frente de una categoría de divisiones inferiores-, Amato se interesó por las inquietudes de esos chicos que habían ingresado en su radar empujados por la curiosidad y el ansia de perfilar una vida mejor a través del aprendizaje.
“Así, a través de ese primer contacto inesperado, me enteré de la situación llena de carencias -sobre todo afectivas y de empatía- de los internos del Instituto de Menores Francisco Legarra, que está en Abasto”, recuerda Amato. Lejos de darse por satisfecho con ese primer acercamiento, el exfutbolista presentó a las autoridades del establecimiento el proyecto de un taller de “Fútbol y Valores”.
La apuesta tuvo eco favorable y ahora “El inmortal” -el mote que le valió después de marcar dos goles para Atlético Tucumán en un clásico contra San Martín, un hito fechado en 1999 que la hinchada del Decano todavía celebra- desborda de felicidad en su rol de guía de un grupo de chicos de entre 15 y 20 años que cada mañana de martes y jueves desanda su propio camino, con el fútbol como faro para dejar atrás la marginalidad.
“Al principio fue complicado. Los chicos me decían: ‘Estamos en cana y acá se juega así’. Es decir, con violencia, sin reglas ni límites que demarcaran la cancha. Poco a poco, empecé a inculcarles la importancia de darle valor al juego, la triangulación, recuperar la pelota con buenas artes y la solidaridad para alcanzar la meta entre todos. De todas maneras entendí que su mayor necesidad era de afecto, cariño y aceptación por parte del resto de la sociedad”, define Amato, que tomó, además, la determinación de premiar “el mejor gol en equipo, no al que gane el partido”.
Con el abrazo y la charla de igual a igual como sus armas más efectivas, el propio entrenador procuró revertir ese cuadro sumido en la pérdida de valores esenciales para una convivencia amable. Sin titubear, se abocó a organizar colectas para que sus dirigidos dejaran de jugar descalzos o apenas protegidos con zapatillas deshilachadas. La iniciativa tuvo rápida respuesta desde La Plata, Córdoba, Tucumán y Junín, cuatro de la decena de ciudades donde gritó sus goles, a partir de su debut en Estudiantes hasta la última función en Sarmiento.
El futbolista atípico brilló en Huracán Corrientes, donde conoció a un alma gemela. “Compartí ese plantel con Kurt Lutman, un fenómeno rosarino que me inculcó la voracidad por la lectura y el interés por los verdaderos problemas de la sociedad”, admite Amato. Desde el club mesopotámico, el delantero cargado de nuevas inquietudes llegó a Tucumán con “Nunca más” y otros libros reveladores bajo el brazo. Poco tiempo después, en la provincia gobernada por el general Antonio Bussi, uno de los jerarcas de la última dictadura militar, se animaba a festejar sus tantos reivindicando la lucha de Madres de Plaza de Mayo o el reclamo de justicia por la muerte del reportero gráfico José Luis Cabezas, siempre retratado por Graciela, fotógrafa y su pareja de entonces, desde un costado del arco rival.
Ese rumbo que marcaría el recorrido de Amato hasta su presente, bastante más reposado que esas jornadas por emociones fuertes (”Un dirigente me paró el carro”, añade como al pasar) tuvo en Córdoba otro momento de alto impacto.
Llevado por la familia de un fanático de Instituto que estaba preso, Amato visitó la cárcel del barrio San Martín, en Córdoba, y logró que las autoridades del penal permitieran completar sus estudios al hincha caído en desgracia decidido a recuperar la confianza perdida ante la sociedad. Para llegar a eso, el también ídolo de La Gloria hizo su invalorable aporte mediante una colecta de útiles escolares y conserva hasta hoy su vínculo con ese amigo entrañable, indiferente a los prejuicios y las miradas inquisidoras.
“Esas vivencias fuertes me ayudaron a comprender que el fútbol de alta competencia es una fábrica de hacer jugadores, en el que los chicos son un número. La pureza no está ahí. El negocio del fútbol me saturó y actualmente no me atrapa. Prefiero buscar la formación integral de la persona a través de este deporte, que no es más que un vehículo”. La más acabada declaración de principios de la filosofía de Amato retrocede sin escalas a sus propios primeros pasos, el lugar más cómodo desde donde encara su cruzada: “Yo les entrego el corazón a los pibes, como para que sientan el amor a la camiseta y a la canchita del barrio”.








