Los alumnos secundarios de la Ciudad pasan más de 6 horas por día con el celular y el 40% tiene signos de depresión

Los alumnos secundarios de la Ciudad pasan más de 6 horas por día con el celular y el 40% tiene signos de depresión


Hay una escena que se repite en miles de casas: la cena que se enfría mientras alguien mira el teléfono, la luz azul que sigue prendida a las dos de la mañana, la sensación de que ese aparatito de pocos centímetros terminó ocupando un lugar que antes era de otra cosa. Un informe conjunto del Ministerio de Educación porteño y el ITBA le puso números a esa intuición que muchas familias ya tenían, y los resultados encendieron una alarma que hoy recorre las escuelas de la Ciudad.

A diferencia de otras investigaciones que preguntan a los propios chicos cuánto tiempo creen que usan el celular —algo que suele subestimarse—, esta vez los especialistas midieron el uso real a través de las aplicaciones de monitoreo de iOS y Android. Se relevó a más de 3.200 estudiantes secundarios de 83 escuelas porteñas, entre abril y julio de este año, combinando datos objetivos de pantalla con escalas de salud mental validadas internacionalmente. El resultado es uno de los diagnósticos más precisos que se hicieron hasta ahora sobre cómo viven los adolescentes su relación con la tecnología.

El promedio de uso diario ronda las seis horas y diez minutos, una cifra que ubica a los chicos de Buenos Aires por encima de otros países. Ese número, además, no se reparte igual entre todos: los estudiantes de cuarto año pasan casi una hora más frente a la pantalla que los de primero, las chicas usan el celular media hora más por día que los varones, y los adolescentes de los hogares con menos recursos llegan a acumular hasta dos horas diarias más que los de familias con mayor nivel socioeconómico. TikTok, lejos, es la aplicación que más tiempo se lleva.

Acá aparece el hallazgo que más sorprendió a los propios investigadores. Cuando se analiza el tiempo de pantalla de forma aislada, parece lógico pensar que a más horas, peor salud mental. Pero al cruzar todas las variables juntas —horas totales, uso problemático del celular y uso problemático de la tecnología en general—, ese vínculo directo se diluye. Las horas, por sí solas, dejan de explicar la ansiedad, la depresión o los problemas de sueño. Lo que sí queda pisando fuerte es el tipo de relación que cada chico tiene con su teléfono: la dificultad para soltarlo, la multitarea digital constante, esa sensación de no poder desconectar aunque quiera. Es, en definitiva, una historia de vínculo antes que de reloj.

La ministra de Educación de la Ciudad, Mercedes Miguel, sostuvo que este informe refleja el compromiso de su gestión con mejorar la calidad de vida de los estudiantes y frenar el uso excesivo del celular. Contó que, cuando se prohibió el uso de celulares en las aulas en los tres niveles, empezaron a notar en los chicos algo parecido a un síndrome de abstinencia: volvían a sus casas y se pasaban horas compensando el tiempo que no habían podido usar el teléfono en clase.

Habló de casos de adolescentes que llegan a estar hasta once horas conectados, principalmente en TikTok, y señaló que las mujeres usan el celular más tiempo que los varones. También recordó que las familias más vulnerables tienen mayores dificultades para poner límites en sus casas: “Los adultos nos cuentan que los chicos les roban el celular y se quedan toda la noche despiertos mirando TikTok“, relató.

La funcionaria apuntó además contra las redes sociales y fue contundente al respecto: “Hay una competencia desleal”, remarcó, en referencia a que estas plataformas utilizan algoritmos diseñados específicamente para generar adicción, algo que resulta muy difícil de contrarrestar desde las familias.

Un cuarenta por ciento con alguna señal de alerta

Los números de salud mental son elocuentes. Casi cuatro de cada diez estudiantes muestran indicadores de riesgo de depresión, algo más de un tercio presenta señales de somnolencia diurna elevada, tres de cada diez dan positivo en ansiedad y uno de cada cuatro supera el puntaje que se asocia con un uso adictivo del smartphone. No son diagnósticos clínicos, aclaran los propios autores, sino alertas tempranas, pero alertas al fin.

La brecha de género es uno de los datos que más golpea. Casi la mitad de las estudiantes mujeres supera la señal de alerta por depresión, contra poco más de una cuarta parte de los varones. En ansiedad la diferencia es todavía mayor: cuatro de cada diez chicas presentan riesgo, frente a menos de dos de cada diez varones. Son números que, dicen los especialistas, obligan a pensar estrategias de acompañamiento que tengan en cuenta esta desigualdad.

El uso desmedido de celular en los chicos termina aumentan el riesgo de sufrir de depresión y ansiedad.

El estudio muestra que buena parte de lo que le pasa a cada chico tiene que ver con su propia historia individual, pero también encontró algo interesante: cuanto más avanzan los años de secundaria, más influye el clima de cada colegio en los niveles de ansiedad y depresión. Es como si la exigencia académica, la convivencia y la cultura de cada institución fueran dejando una marca que se va acumulando con el tiempo.

La respuesta de las familias: más de cien mil acuerdos

Frente a este panorama, la Ciudad viene impulsando desde hace unos meses la campaña Compromiso Familiar por Estudiantes sin Celular, que ya reúne más de 107 mil acuerdos firmados en 1.300 escuelas. La idea es simple y a la vez potente: que las familias de un mismo curso se pongan de acuerdo entre ellas para postergar la entrega del primer smartphone hasta el comienzo de la secundaria y regular el acceso a las redes sociales hasta los 16 años. Cuando se juntan ocho familias de un mismo curso, ese compromiso queda sellado como un acuerdo escolar.

La ministra Miguel lo resume con una frase que va directo al hueso: cuando las familias se ponen de acuerdo, baja la presión social y los vínculos se cuidan mejor. Y agrega algo que muchos padres reconocerán enseguida: contó que, tras prohibir los celulares dentro de las aulas, empezaron a notar en los chicos algo parecido a un síndrome de abstinencia al volver a sus casas, donde recuperaban con creces el tiempo que no habían podido usar el teléfono en la escuela. También señaló que las redes sociales juegan con una desventaja estructural para las familias, ya que sus algoritmos están diseñados para generar adicción, algo muy difícil de contrarrestar puertas adentro de cada casa.

Un punto que las autoridades remarcan con insistencia es que ni el Ministerio ni las escuelas actúan como policías de estos acuerdos: no controlan si se cumplen puerta adentro de cada hogar. Lo que ofrecen es la estructura para que las familias no tengan que dar esta pelea solas, con talleres, materiales y una plataforma donde firmar el compromiso junto a otros padres de la misma escuela. A eso se suman otras medidas que ya están en marcha, como las aulas libres de celulares en todos los niveles, los filtros de contenido en las redes escolares, el bloqueo de Roblox y de sitios de apuestas, y campañas como “Aprendé a Desconectar”, pensadas para devolverle al recreo su función original: un espacio de charla y encuentro cara a cara.

Lo que este informe deja claro es que el problema no se resuelve simplemente contando las horas de pantalla, sino mirando de cerca cómo cada chico se relaciona con su celular y qué lugar ocupa en su vida cotidiana. Es una conversación incómoda para muchas familias, porque también involucra a los adultos y sus propios hábitos frente a la pantalla, pero es, sin dudas, una conversación necesaria. Y por lo que muestran los más de cien mil acuerdos ya firmados, cada vez más familias porteñas están dispuestas a darla.