A lo largo de mi vida tuve más de 20 trabajos. Fui ayudante de zapatero, limpiador de zanjas, cortador de pasto, mandadero, cargador de abono, cartonero, personal trainer, repositor, niñero, chef, asistente de dirección cinematográfica, cadete, actor, paseador de perros, docente, profesor particular de latín y dibujo técnico, empleado administrativo, vendedor de hamburguesas vegetarianas, reparador de armas de fuego, ayudante de albañil, portero de edificios.
Estos trabajos son los que más recuerdo. Pero el que significó el inicio de un camino, el que marcó mi vida para siempre, fue sin dudas el de redactor de cartas de amor por encargo. Y eso amerita un desarrollo un poco más amplio y no una simple mención. Pero antes hay que contar la previa.
La primera vez que entré a una biblioteca fue por una chica de ojos verdes. Tenía unos rulos castaños que parecían cubrir el cielo de punta a punta. Se llamaba Sabrina y tenía dos años más que yo. Estábamos en sexto grado y ella venía de repetir dos veces seguidas. A esa edad, dos años de diferencia se notan mucho.
Hacía un par de semanas que en la escuela se había inaugurado la biblioteca. La acomodaron en el último rincón que estaba en condiciones de alojar objetos con la delicadeza que presupone un libro. En mi casa no ibas a encontrar más que una Biblia de tapas duras y azules que nadie leía, un Martín Fierro que siempre estaba en la mesita de luz de mi abuelo, y algunas historietas de Patoruzú y Condorito que se prestaban entre mi viejo y mi tío. Y porno. Mucho porno. También era algo que iba y venía entre ellos.
Por eso, la primera sensación que me dio ver tantos libros juntos fue la necesidad de hacer silencio. No sé por qué, pero antes de que la bibliotecaria me lo indicara, yo supe que se tenía que hacer silencio.
En la escuela se había dispuesto una hora diaria para que los estudiantes fuéramos a la biblioteca como forma de promover la lectura. Y como Sabrina se mandó para ahí, no pude hacer otra cosa más que seguirla tras ese brillo que solo a mí me parecía ver.
Como yo no sabía qué hacer en un lugar así, lo único que se me ocurría era sentarme en una silla y mirarla hacer a Sabrina, que hurgaba entre los anaqueles hasta dar con algo que le interesara. Nunca supe qué leía.
Empezaba a angustiarme, porque ella seguía ignorando mi existencia. Y mi abuelo, que se dio cuenta de que yo andaba medio raro, me preguntó qué me pasaba. Le conté y me dijo: “Léale poesía”. Al otro día encaré a la bibliotecaria y le pedí ayuda. Me dio “20 poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Neruda. Ahora me da un poco de vergüenza decir que lo primero que leí fue eso, pero debe entenderse que el acceso a los libros era complicado en mi barrio, y el Neruda fue para mí como la Caja Pan de los libros.
La escuela. Todo comenzó allí. Sergio Gramajo (quinto desde la izquierda) con sus compañeros en el patio en el que varios chicos se declararon con poemas escritos por él. Estaba decidido a conquistar a Sabrina a fuerza de poesía, como había sugerido mi abuelo. Así que estuve veinte días leyendo ese libro sin parar. Me levantaba y leía. Volvía de la escuela y leía. Antes de irme a dormir, leía. Lo di vuelta como una media. Me lo sabía casi de pe a pa.
Al día veintiuno, en el recreo de las 15:10, encaré el centro del patio donde Sabrina jugaba al elástico con sus amigas. Caminé con las manos en los bolsillos del guardapolvo, me paré atrás de ella, le toqué el hombro y cuando se dio vuelta le largué: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos/te pareces al mundo en tu actitud de entrega/Mi cuerpo de labriego salvaje te socava”.
Se me pudo haber definido de varias maneras por esto: un osado, un valiente, qué sé yo, un romántico. Pero no, Sabrina decidió definirme como un ridículo y salió corriendo para el baño con sus amigas, con los cachetes más colorados que haya visto en mi vida. Una de ellas se quedó mirándome, como pensativa. “¿Qué, sos poeta?”, me dijo y se fue de un pique. Todos los que hicieron una ronda cuando se dieron cuenta de que algo raro pasaba, se descostillaban de la risa. Que poeta de acá, poeta de allá. A mí, la verdad, lo único que me preocupaba era Sabrina. Y creo que, más allá de incomodarla terriblemente, me pareció, días después, que a sus amigas les había gustado. Pero a mí lo único que me importaba era que Sabrina hubiese querido pensar en mí como un romántico o como un valiente. No como un ridículo.
Sergio Gramajo con su seño de primer grado, cuando aún no sabía que un día podría recitar versos casi de corrido.Un par de días después, la maestra nos encargó una actividad de escritura con una consigna simple: hablar de la casa de uno. Ahí me di cuenta de que conocía un montón de palabras nuevas, por la lectura del libro de Neruda. Así que escribí mi texto en el que abundaban términos del calibre de “fulgor”, “crepúsculo”, “ansia”, “doliente”, “sutil” y cosas así. No me acuerdo bien qué decía de mi casa el texto. Si el final: “pero lo más importante que tiene mi casa es una familia”. Y esa última oración, calculo, fue lo que la maestra necesitó leer para felicitarme delante de todo el grado y llevarme con la directora para que me felicitara también. Pero no contenta con eso, pidió que yo leyera en el próximo acto escolar delante de todo el mundo ese “maravilloso escrito”.
Era el acto del 17 de agosto. Cayó jueves y tuvimos que ir a contraturno, porque para esa época los actos importantes se hacían así, los dos turnos juntos. Al menos en mi escuela, aunque cayera domingo. No importaba nada más que el acto. La directora era una mujer muy patriota y muy de respetar los protocolos escolares.
Ese día hasta mi viejo había pedido permiso en la fábrica para poder ir a verme. Estaba llenísimo de gente. Las galerías laterales estaban ocupadas por las familias. No entraba un alfiler. En el patio, todos los grados bien formaditos, los de la mañana y los de la tarde, con sus respectivas seños. En la punta, firmes como rulo de estatua, la directora, la vice y la secretaria.
Pasé al frente, delante del mástil de la bandera. Me paré bien cerca del pie del micrófono. Me temblaban las manos. Miré mi cuaderno. Levanté la cabeza y busqué a Sabrina, tratando de que me perdonara por la vergüenza que le había hecho pasar. La maestra se acercó para tranquilizarme porque me vio muy nervioso. Respiré hondo y empecé.
Una ovación cayó desde los cuatro costados de la escuela y cuando terminé de leer la maestra me abrazó emocionada y me llevó a la fila con mis compañeros de grado. Ahí todos me festejaban y el “poeta” en tono burlón pasó a ser un halago. Un reconocimiento tan grande que, de ahí en adelante, no había acto en el que no participara.
A la semana siguiente me encaró un pibe de séptimo en el baño. El más capanga. Zurita era el apellido. Yo nunca había tenido problema con él. De hecho, ni hablábamos. Cuestión que me encerró en uno de los cubículos de los inodoros y me ordenó que le escribiera una carta para Noelia Martínez, la chica de la que estaba enamorado. Y me advirtió que la necesitaba para el otro día. Cuando me dijo “la quiero para mañana”, apretó el puño y lo puso a la altura de mi cara. Entendí a la perfección. No hizo falta que dijera nada más. Antes de soltarme me dio una última indicación que parecía subrayada y en negrita: “que tenga mucha poesía. A las minas les gusta la poesía”. Ni bien llegué a mi casa, me fui al fondo, debajo de la higuera y me puse con la carta: que fulgor de acá, mariposas de allá. Que la luna no sé qué, la lluvia no sé cuánto, y así la terminé en un rato. La escribí tan rápido, porque eran todas cosas que le hubiese querido decir a Sabrina.
Al otro día, antes de entrar, le di la carta a Zurita. Me dijo “gracias” y sin mirarme me puso en la mano un billete de diez mil australes hecho un bollito. Lo miré y me costó varios años entender que en ese tejemaneje estuvo mi primer trabajo. Porque después de que Zurita le entregara la carta a Noelia Martínez, se dieron unos besos y enseguida se pusieron de novios. O sea, la carta había funcionado. La carta que yo escribí pensando en Sabrina, con mucha poesía como lo exigiera Zurita, fue un éxito.
No pasó mucho tiempo para que empezaran a caer nuevos clientes recomendados por Zurita, claro. De una semana para la otra, se notaron algunos cambios en la escuela. Habían disminuido drásticamente los juegos en el patio. Y, por el contrario, aumentado considerablemente las parejitas. Todo fruto de mis cartas de amor escritas para Sabrina, pero entregadas por otros galanes a otras chicas. No es por presumir… o sí: mucha gente me debe a mí, su primer beso. Parejas que incluso, han sabido darse cariño durante varios años después.
Una vez que al tal Zurita se le terminó el entusiasmo con Noelia Martínez, pudo poner el ojo en la situación: yo estaba ganando plata gracias a él, según su punto de vista. Así que se me vino al humo a reclamar su parte del negocio.
No llegué a negarme porque, más allá de romperme la cara, amenazó con desenmascarar mi prolija red secreta de cartas de amor por encargo. Viendo mi espanto, Zurita aprovechó para pedir un porcentaje demasiado grande. Y digo demasiado grande porque él a esa altura ya no hacía nada, si la clientela venía sola.
Fueron dos meses más o menos en los que el sinvergüenza de Zurita se quedaba cada vez con una tajada más importante de lo que yo recaudaba por mi trabajo. Hasta que un día me cansé y mandé dos cartas cruzadas y se armó terrible quilombo con un par chicas que eran amigas y que habían recibido una la carta del novio de la otra. Inmediatamente los pibes, para salvarse, me mandaron al frente. Ahí se descubrió todo y Zurita no pudo explotarme más. Eso sí, me ligué una buena paliza de su parte.
Después de ese año, mi vida fue siempre eso, esperar a que alguien me arrincone para pedirme que escriba. Y yo escribir, ya no pensando en Sabrina, porque no la volví a ver nunca más, pero cada vez que leo en público, busco entre la gente sus ojos verdes, esperando que, a lo mejor, por fin me haya perdonado.







