Las consecuencias de no escuchar y de ser terco en el ejercicio del poder

Las consecuencias de no escuchar y de ser terco en el ejercicio del poder

Hay una diferencia sutil pero decisiva entre tener convicciones y no poder abandonarlas. Las convicciones permiten actuar con coherencia; la incapacidad de revisarlas, en cambio, es otra cosa, es rigidez disfrazada de firmeza. Y cuando esa rigidez ocupa el poder, las consecuencias rara vez son menores.

La psicología llama inflexibilidad cognitiva a la dificultad para actualizar las propias creencias cuando la evidencia o el contexto cambian.

En condiciones cotidianas, todos lo experimentamos en alguna medida ya que cambiar de opinión cuesta. Implica admitir que algo que creíamos cierto no lo era del todo, y eso activa mecanismos defensivos que la mente pone en marcha casi sin que uno lo advierta.

La disonancia cognitiva tiende a resolverse no revisando las ideas, sino descartando los hechos.

En una persona común, esta tendencia puede generar conflictos en su entorno más cercano. En un dirigente político, puede fracturar sociedades enteras.

La terquedad en el poder tiene una característica particular y es que se sostiene sobre una narrativa de virtud. El dirigente que no cede presenta su rigidez como valentía. Dice que no se dobla ante la presión, que defiende lo que cree verdadero, aunque nadie lo acompañe, que la historia le dará la razón.

Hay algo seductor en ese relato ya que evoca al héroe solitario frente a la multitud, pero encubre un problema de fondo como es confundir la resistencia a la intimidación con la resistencia a la realidad.

Cuando cientos de miles de personas salen a la calle, no están ejerciendo presión en el sentido manipulador del término.

Están comunicando algo, expresando que algo en las decisiones de sus gobernantes no refleja sus valores, sus necesidades o su visión de lo que debería ser el país. Una democracia funciona, entre otras cosas, porque supone que esa señal importa.

La terquedad gobernante no solo ignora la señal, sino que la reencuadra. La convierte en desinformación, en agitación organizada, en evidencia de que los que protestan no entienden lo que está en juego.

Esta posición mental se conoce en ciencias políticas como paternalismo autoritario. Y tiene una dinámica preocupante ya que cuanto más se resiste el dirigente, más se radicaliza la demanda social, y más se consolida su convicción de que tiene razón.

No implica afirmar que la opinión mayoritaria siempre acierta dado que la historia demuestra que no es así.

Pero hay una diferencia entre liderar en contra de una mayoría con argumentos honestos, abiertos al diálogo y dispuestos a rendir cuentas, y simplemente no escuchar porque escuchar significaría revisar lo que se cree.

La incapacidad sistemática de revisar las propias posiciones frente a una evidencia contraria no es solo un rasgo de carácter en contextos extremos, puede indicar algo más profundo.

La psicología clínica identifica la rigidez cognitiva severa como componente frecuente de ciertos perfiles de personalidad que, paradójicamente, suelen sentirse atraídos por el poder y ser especialmente hábiles para conquistarlo.

Lo que hace falta, en cambio, puede ser otra cosa. Como ser dirigentes capaces de sostener sus ideas con firmeza y, al mismo tiempo, de escuchar con genuina apertura lo que la realidad devuelve. No es una contradicción. Es, simplemente, madurez.