Con la definición de quién será el próximo presidente de Colombia, la votación presidencial de este domingo definirá varios elementos clave del sistema político colombiano, en su transición de un bipartidismo estable durante el siglo XX a un futuro incierto. Estas son las principales.
1. La llegada de una ultraderecha populista
La mayor pregunta del domingo será si el país se suma a la oleada de victorias de una derecha de nuevo cuño, ultra, nacionalista, populista y usualmente diferenciada de las fuerzas conservadoras tradicionales. Abelardo de la Espriella, ganador de la primera vuelta con el 43,7% de los votos y puntero en todas las encuestas, sería el primer presidente elegido por la derecha que no venga ni del Partido Conservador ni del uribismo, la fuerza política dominante en ese lado del espectro político en lo que va del siglo XXI. También sería el representante, con las particularidades propias del país, de la marea en la que están Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Nasry Asfura en Honduras, José Antonio Kast en Chile o incluso Donald Trump en Estados Unidos. La fuerza de ese impulso dependerá no solo del ganador, sino también del equilibrio de fuerzas. A más votos, y mayor diferencia entre los contendores, la oleada será más o menos fuerte.
Ese ascenso no ha sido solo doméstico: tras la primera vuelta, Trump le ha manifestado su apoyo de forma repetida y Milei lo llamó para celebrar su triunfo y enmarcarlo en una agenda compartida de “más libertad económica, más seguridad, más comercio”. El penalista, que una semana antes de la votación aparecía en las encuestas apenas por encima del 30%, ha bautizado su programa de gobierno como la “patria milagro”: una drástica reducción del tamaño del Estado, desregulación, rebajas de impuestos corporativos, una política de seguridad sin diálogos y con megacárceles, el regreso de la exploración de hidrocarburos.
Incluso si lo supera el izquierdista Iván Cepeda, el ultra que se ha presentado como outsider antiestablecimiento, defensor de “los nunca” frente a “los de siempre”, se ha comprometido a liderar una oposición que su tono de campaña promete sería radical. Ha anunciado que asumiría la curul en el Senado que el país reserva al segundo en las elecciones para, desde allí, oponerse al gobierno progresista.
2. La fuerza del espíritu reformista
En la campaña, Cepeda ha insistido en que es el garante de continuidad del presidente Gustavo Petro, que llama a su administración “gobierno del cambio”. Su victoria no solo sería una sorpresa tras las encuestas finales y su segundo puesto en la primera vuelta, sino que sería una prueba de fuerza de la tradición reformista colombiana. El senador plantea insistir en las reformas sociales que ha intentado adelantar el saliente mandatario, impulsar la redistribución de tierras o fortalecer programas para jóvenes. El senador ha agitado ese espíritu reformista como el pegamento para atraer a su campaña a sectores de centro, liberales o indecisos que, sin ser de izquierda, apuestan por distintos ajustes.
Cepeda ha remarcado su filiación de esa vocación reformista en gestos políticos que han servido para remarcar el objetivo y precisar los mecanismos para lograrlo, acercándola a otro rasgo muy colombiano, el apego a las formas y las instituciones. El senador logró convencer al presidente de renunciar a una de sus iniciativas más sonadas y polémicas, o por lo menos a suspenderla: el 3 de junio, el comité promotor de una iniciativa de Asamblea Constituyente frenó la recolección de firmas de respaldo. Sus promotores, impulsados por Petro, anunciaron que se sumaban al proyecto de Cepeda y su fórmula vicepresidencial, Aída Quilcué, de lograr un gran acuerdo nacional que haga viables las reformas sociales. Una victoria mantendría abierta la puerta a las reformas; una con amplio margen les daría un mayor impulso.
3. La importancia de las campañas digitales
La sorpresiva victoria de De la Espriella en la primera vuelta se dio, en buena medida, gracias a TikTok, Instagram o X. Su estrategia disciplinada, construida sobre una narrativa con símbolos de alta recordación —como el tigre, la forma en la que gusta llamarse a sí mismo, la camiseta de la selección Colombia o canciones pegajosas— y una red de influencers paralela que potenciaba sus espectáculos en las plazas, le dio un impulso definitivo.
Tanto así que, para la segunda vuelta, Cepeda aceptó modificar su énfasis en las plazas públicas para apostar por las redes, convertirse en protagonista de videos que lo muestran como ser humano más que como líder político, y que apuntan a sectores juveniles. La reconfiguración también llegó por la vía espontánea: fandoms de K-pop adaptaron sus dinámicas para movilizar el voto joven, creadoras de contenido esotérico hicieron lecturas de tarot y rituales simbólicos en respaldo a su candidatura, en un fenómeno que mezcló coyuntura electoral con entretenimiento y generó revuelo en redes. La disputa escaló hasta el punto de que las campañas se acusaron mutuamente de usar inteligencia artificial y de difundir contenidos difamatorios o desinformación para dañar la imagen del rival.
4. La importancia del Caribe
Que Colombia es un país de regiones no es ninguna novedad. Los mapas electorales lo confirman una y otra vez: las diferencias en las formas de votación entre distintas geografías son tan marcadas como las diferencias en sus economías, sus culturas y sus historias. Pero estas elecciones podrían traer un cambio sustancial en el Caribe.
Una región históricamente central, que tiene poco más del 20% de la población del país y que lleva más de cien años sin tener un presidente propio. Gustavo Petro nació en Ciénaga de Oro, Córdoba, pero creció en los alrededores de Bogotá y su forma de ser, desde su acento hasta su baile, son más propias de un cachaco, como llaman en el Caribe a los habitantes del interior. Esa región, sin embargo, votó masivamente por él en 2022, como lo hizo durante décadas primero por el liberalismo y más recientemente por las fuerzas más distantes de la derecha en cada contienda.
Esa tendencia la puede romper la candidatura del costeño Abelardo de la Espriella. Con su lema “costeño vota costeño” y su estilo más caribe, ha activado fidelidades regionales que ninguna otra fuerza de derecha había podido activar antes, y podría darle a esa corriente política un anclaje territorial más allá de sus fortines históricos del interior, como los de Antioquia, el eje cafetero, Huila o los Santanderes.
Lo que el mapa electoral de este domingo empiece a dibujar dirá si esa hipótesis tiene sustancia o si la geografía política colombiana, tan resistente al cambio, se mantiene fiel a sus propias inercias. En un país acostumbrado a que sus elecciones confirmen patrones conocidos, la posibilidad de que el Caribe cambie de bando es, por sí sola, una de las preguntas más interesantes de la noche.








