la trastienda política de sus tragedias históricas

la trastienda política de sus tragedias históricas


El modo en que la obra de Shakespeare se relaciona con la historia de Inglaterra, la manera en que reescribe el pasado y se basa en el trabajo de los cronistas, en la reinvención de los mitos para intervenir sobre la vida social de su tiempo, describe el valor político de las tragedias shakesperianas en particular y las isabelinas y jacobinas en general. El teatro de este período tiene una fuerte impronta política que es necesario conocer para poder pensar una puesta contemporánea de estas obras.

Pero Shakespeare fue también un empresario, un autor que renovó el teatro a partir de reformular la tragedia de venganza (el ejemplo máximo es Hamlet) y de tomar el género de la tragedia histórica sin preocuparse demasiado por la fidelidad a los hechos, sino pensando en los términos de la coyuntura, del lugar ideológico que resultaba más conveniente para complacer al mecenas de turno y de saber eludir algunas prohibiciones, como la temática de la transición o la historia de Inglaterra en algunos períodos donde se ocupó de la historia romana al escribir Julio César (1599).

En Coronas huecas (Mardulce) Marta Cichero se ocupa de reconstruir estos procedimientos, de recrear la vida de Inglaterra en los siglos XVI y XVII y de pensar los modos en que Shakespeare abordó el tema del poder en sus tragedias históricas (el libro no las abarca a todas, pero elige Ricardo II y III, Enrique IV, V y VI, Julio César, Antonio y Cleopatra y un epílogo con Hamlet).

La referencia a Maquiavelo es fundamental, no sólo con relación a las nociones de virtud y fortuna que operan concretamente en la dramaturgia shakesperiana, sino en las concepciones del accionar del príncipe que Shakespeare toma como el soporte de un armado que, en muchos casos, discute al propiciar ciertas demarcaciones en el plano ficcional.

Shakespeare tenía un método de escritura que resulta bastante moderno. Copiaba párrafos enteros de los cronistas históricos y los convertía en versos, los unía a los mitos que había estudiado en la Grammar School de Stratford y componía escenas basándose en un conocimiento preciso de la noción de espectáculo; por eso creaba diálogos dinámicos y situaciones que requieren de cierta magnificencia creativa para poder desarrollarse.

Fracasos ante Shakespeare

Hasta el día de hoy, los puestistas que no comprenden esta dimensión de lo espectacular fracasan cuando llevan a escena a Shakespeare. Como señala Cichero, los autores isabelinos y jacobinos competían con la espectacularización de la brutalidad; un ejemplo era el show callejero donde se ataba a un oso y un grupo de perros lo atacaba hasta matarlo.

Ricardo III, cuyos restos se encontraron en el año 2014 gracias a la investigación de Philippa Langley, que superpuso los planos de la ciudad vieja y nueva y localizó la iglesia de los frailes grises donde enterraban a los hombres ilustres, ahora convertida en un estacionamiento (la información fue tomada en la puesta que realizó el año pasado Calixto Bieito en el teatro San Martín), era similar al secretario de Estado de la reina Isabel que continuó en el reinado de Jacobo de Escocia, llamado Robert Cecil. Es decir que su caracterización no se correspondía con el verdadero monarca, sino que aludía a una figura de su tiempo, conocida por todos.

Shakespeare no había podido asistir a la universidad como Christopher Marlowe porque se había casado a los 18 años con Anne Hathaway y ese estado civil no era aceptado en las instituciones académicas, pero logra derrotar a los University Wits al poco tiempo de llegar a Londres desde Stratford, especialmente después de la muerte de Marlowe, con un estilo que, para la época, era el de un autor comercial, aunque para nosotros esa caracterización resulte bastante difícil de asumir.

William Shakespeare. Archivo Clarín.

La posibilidad de pensar a Shakespeare en el devenir de su tiempo, bajo las condiciones de producción del siglo XVI y XVII, en relación con el impacto que buscaba producir en el público (recordemos que el teatro en esa época era un espectáculo de masas y las obras de Shakespeare eran las que más recaudaban) es el mayor aporte del libro de Cichero.

Lo interesante es pensar que esta información brinda elementos para imaginar las formas contemporáneas de las puestas de las obras shakesperianas; no son datos que pretenden una aproximación arqueológica, sino que estimulan a entender una dinámica de escritura y una impronta popular que a veces no se comprende, especialmente cuando se busca encasillar a Shakespeare en la solemnidad y en la alta cultura.

Cuando Shakespeare escribió Hamlet, la reina Isabel agonizaba; era un período de transición hacia el reinado de Jacobo de Escocia, que era descendiente de Banquo, el hombre al que las brujas le anuncian que miembros de su linaje serán destinados a la corona y que es asesinado por error cuando Macbeth ordena la muerte de sus hijos.

Sin embargo, la caracterización de Macbeth parece responder a la figura de Jacobo; esto es importante para entender cómo Shakespeare buscaba intervenir en el contexto político y alentar las opiniones del público. Del mismo modo que Ricardo II era Isabel, una persona que conducía gracias a un liderazgo brillante, pero que era la enemiga de Southampton, el mecenas de Shakespeare.

En las tragedias shakesperianas surge el conflicto por la necesidad de llegar al poder y, una vez que el protagonista o algún personaje central logra su cometido, vive el temor a perderlo y la obsesión por asesinar a los posibles competidores.

La culpa

Pero lo que Shakespeare incorpora como un dato excepcional es la culpa. Ninguno de sus personajes sería tan inolvidable, sus historias no seguirían vigentes hasta el día de hoy si el autor inglés no hubiera descubierto, por así decirlo, el inconsciente. Sus personajes no pueden dormir, atormentados por sus crímenes, y pasan la noche en orgías donde consumen mucho alcohol hasta caer exhaustos. Lady Macbeth confiesa sus crímenes, sonámbula. Macbeth, Ricardo III y tantos otros ven los fantasmas de las personas que mandaron a matar.

Macbeth es, entre otras cosas, el hombre que no puede olvidar lo que hizo y por esa razón no consigue disfrutar del poder. Hay un heredero clave de Shakespeare en este sentido, y es Francis Ford Coppola en la saga de El Padrino. El personaje de Michael (interpretado por Al Pacino) nos encanta y podemos empatizar y comprenderlo, pese a ser un jefe mafioso, porque termina destruido por la culpa.

Otra influencia shakesperiana la encontramos en la serie Billions, los diálogos frenéticos, el modo de abordar el poder (en este sentido es clave el personaje de Wendy, la psicóloga interpretada por Maggie Siff), pero a su vez la comprobación de que el poder no lleva tanto al placer de la fortuna, sino a una obstinación de tiempo completo por mantenerlo y preservarlo, como vemos en el personaje de Bobby (Damian Lewis).

Shakespeare solía cambiar el texto al ver cada función. Sabemos que la reconstrucción de sus obras implica unir los parlamentos de actores que no leían la totalidad del texto, ya que el original quedaba en manos del mecenas y era imposible que los copistas le dieran a cada intérprete el material completo.

Marta Cichero es autora de Coronas huecas (Mardulce). Foto: redes sociales.

Relación con su tiempo

Pero esta reescritura habla también de la relación con su tiempo, del impacto que generaba en un autor como él la orden de matar a María Estuardo, la sucesión en el reino, las pestes o las prohibiciones temáticas, pero, por sobre todo, la estrategia de sorprender a un público que demandaba conmoción, cambios inesperados, resoluciones espectaculares.

La dramaturgia de Shakespeare abandona la estructura aristotélica (causalista, ligada a las unidades de tiempo, espacio y acción) para entrar en la lógica del puro efecto, donde muchas escenas solo pueden contarse desde la arbitrariedad. Este es el mayor desafío de su abordaje en la actualidad: encontrar los procedimientos para que esas situaciones propongan una narrativa consistente para la mirada contemporánea.

La descripción de este libro de una Londres un tanto salvaje y de un escritor que entendía el teatro como artista, pero también como productor, brinda muchos elementos para despertar nuevas imaginaciones sobre una dramaturgia a la que siempre se vuelve.

Coronas huecas, de Marta Cichero (Mardulce).