“La pregunta por la identidad es un salto al vacío”

“La pregunta por la identidad es un salto al vacío”


Hay un relato. Siempre hay un relato. El de la narradora del libro Amendoeiras (Vinilo) tiene este relato: “Exilio en Río de Janeiro, un romance breve, un héroe luchador, la militancia y un embarazo inesperado. Un hombre que no puede hacerse cargo de una hija. El deseo de mi mamá, por encima de todo. Mi nacimiento”, escribe Luciana Rabinovich en las primeras páginas. Un relato que narra pero no alcanza. Por eso, la narradora (y en parte la autora) emprenden una búsqueda de ese hombre ausente, que es lo mismo que decir una búsqueda de ella misma.

Que Rabinovich es además fotógrafa va a quedar claro muy rápidamente porque su escritura es nítidamente visual: los territorios se corporizan con sus colores, sonidos y perfumes con la contundencia de una exuberancia que puede serle propia, pero seguro está además en la mirada que la toca (y la escribe). La narradora y su madre viajan a Río, caminan las calles de la ciudad, buscan los rincones en los que latió el inicio de su vida.

Amendoeiras es un libro árbol, florece, crece y se extiende, mientras la savia de una narración bellísima recorre cada rincón. Es la travesía de una búsqueda, pero además es un libro de viajes, es poesía y es misterio. La narradora de Rabinovich (que también es Rabinovich) no busca a un padre porque tuvo uno que la adoptó a los tres años. Busca a un hombre que no pudo o no quiso ser su padre y busca contrastarlo con el relato que heredó y con el que ella misma alimentó. “Esa historia cerrada clausura algunas preguntas”, explica la autora en esta entrevista a Clarín. “Después, al volverse más adulta, esas preguntas reaparecen”, agrega.

–En los agradecimientos del libro aparecen distintos espacios de taller en los que el texto creció. ¿Cómo fue esa mecánica de escritura con otros?

–Este libro me llevó diez años de escritura. El primer texto lo escribí en el taller de Gabriela Cabezón Cámara, sin pensar que iba a escribir una novela: el texto empezó a presionar y lo fui escribiendo. Después hubo mucho tiempo de corrección, espera y de seguir puliendo. Por eso es un libro breve, pero con una escritura muy trabajada. Los talleres fueron fundamentales. Gabi me alentaba cuando yo llevaba tres páginas por semana y me sentía medio sapo de otro pozo, porque hace diez años quizá no estaba tan en boga la escritura autobiográfica y fragmentaria. También fueron fundamentales las compañeras: te hacen preguntas, observaciones, señalan por dónde entrar. Uno escribe en soledad, pero también a partir de lo que los otros escuchan y te devuelven. El tiempo de escritura tuvo que ver con construir mi voz, una voz más poética, más de lo menor, en el sentido de lo fragmentario. Después la poesía, que empezó vinculada a la naturaleza, fue entrando en la historia personal. Para mí los talleres siguen siendo espacios muy nutritivos: una voz es propia, pero siempre se construye con otros.

CUL / Luciana Rabinovich

–Cuando empezaste a escribir, ¿la búsqueda del padre biológico ya estaba en curso o la escritura la potenció?

–La pregunta por la identidad está desde toda la vida. La búsqueda ya venía sucediendo, pero la escritura fue acompañándola y potenciándola. En tiempos en que todo tiene que ser tan rápido, para mí también fue importante ese proceso lento, aunque no me vanaglorio de la lentitud. Hoy el libro me dice cosas que yo no me di cuenta de que había escrito. Es lo que dice Marguerite Duras: uno no sabe sobre lo que escribe. Pensás que estás escribiendo sobre algo y se van filtrando muchas otras cosas. La escritura me acompañó en la construcción de la voz de una narradora que por momentos es una niña y por momentos una mujer que mira a la niña. La escritura y la búsqueda son como el huevo y la gallina: uno es el motor del otro. Empezar a escribir soltó algo que ya venía, pero le dio lugar.

–¿Qué significa el territorio que recorren la narradora y su madre en la construcción literaria y en su identidad?

–Creo que eso empezó a desplegarse mucho más a partir de la poesía. La primera parte de la escritura tuvo más que ver con esta voz niña, con una narradora que está más ahogada, a la que le cuesta decir, que intenta reconstruir, que no se acuerda ni de una receta y tiene que ir a buscarla al cuaderno donde las anota. Cuando aparece la poesía, creo que trae todo este terreno de la exuberancia. Y con esa exuberancia del paisaje viene una exuberancia, o una mayor vitalidad, también en el lenguaje. Al principio, en una primera versión, estaban muy contrapuestas, porque esa exuberancia del lenguaje aparecía solamente en unos poemas que eran de la naturaleza. Después empieza a contagiarse al resto de la parte narrativa. Con ese viaje, que ya estaba, pero estaba más contenido y en capítulos separados, hubo también todo un trabajo de edición que me ayudó mucho a pensar la estructura del texto: por un lado, intercalarlo más con lo fragmentario, romperlo más y hacer que los cruces dialogaran; pero, a la vez, unirlo más. Entonces algo de esa exuberancia empezó a aparecer incluso en algunos de los recuerdos de esta niña. Eso ya estaba presente. A mí personalmente me pasa algo con esos lugares, con esa vegetación, con esa exuberancia: me conmueven y me parecen muy vitales. Y hay algo en mí muy ligado a la escritura como cuerpo. Escribo mucho de viaje, tomo muchas notas, y hay algo que recupero mucho de esos momentos de estar ahí, de ver lo que siente el cuerpo, y después lo llevo a la escritura, a esas escenas.

Luciana Rabinovich es licenciada en Letras (UBA) y fotógrafa. Foto:  Coni Rosman, gentileza.

–La poesía ocupa un lugar en las páginas del libro. Hay un corpus de poemas que dialoga con la prosa. ¿Por qué esos poemas y por qué están ubicados en esos lugares?

–Todo el tiempo fue un rompecabezas que se iba armando y desarmando. Primero aparecieron los poemas de la naturaleza y después los del vínculo con ese padre. Al principio los intercalaba intuitivamente; después aparecieron como un corte. Había cosas que lograba decir en los poemas y no en la narrativa, y eso me lo respeté. Necesito ese mix de lenguajes. Los poemas dan aire, funcionan como una pausa visual y como contrapunto de la narrativa. Traté de que hubiera cierta estructura, como en una partitura musical. Además, algunos poemas son antiguos y otros recientes. Todo se fue corrigiendo y costurando hasta amalgamarse. Los poemas también me ayudaron a pensar el libro y a ver qué piezas faltaban

–La protagonista está marcada por los márgenes: nace en Brasil, vive en la Argentina, es hija del exilio y está atravesada por la ausencia del padre. ¿Cómo se construye una centralidad desde esos lugares?

–Hay algo de los márgenes que corre por todo el libro y también una cierta ilegitimidad: un padre que no reconoce, otro que sí, pero sin legitimidad biológica. Hay una sensación de inadecuación permanente. Con la escritura empecé a recuperar también las consecuencias más marginales de la dictadura en las vidas civiles y a dialogar con los grandes relatos, preguntándome quiénes son sus actores principales y quiénes quedan en un gris. El exilio trae esa sensación de destierro, de no pertenecer ni a un lugar ni al otro, de estar entre. Algunos lo viven como algo traumático; otros, como tener dos territorios, dos países. Todo eso tiene que ver con la pregunta por la identidad y con la necesidad de construir una voz propia dentro de un relato colectivo. Creo que la escritura me reconcilió un poco con esa doble patria, esa doble nacionalidad. Es el cuerpo buscando su lugar, y la voz y la escritura como parte de ese proceso.

Luciana Rabinovich es licenciada en Letras (UBA) y fotógrafa. Foto:  Coni Rosman, gentileza.

–¿Qué necesitó esa narradora para tomar finalmente la decisión de buscarlo, además sin consultar a nadie?

–Creo que es un proceso de esa narradora. A los 19 años empieza a preguntarse otras cosas sobre su identidad y a despegarse de los padres. Después ese proceso se clausura con la muerte del padre adoptivo y se retoma cuando el duelo está más asentado. También había una historia muy prolijamente encajada: la madre responde, pero acotadamente. Esa historia cerrada clausura algunas preguntas. Después, al volverse más adulta, esas preguntas reaparecen. Y hay algo de la narradora que necesita hacerlo sola. Es un despegue de la madre y de esa historia. La pregunta por una identidad es algo que uno mismo tiene que ir a buscar: nadie puede darte esa respuesta. Es un pequeño salto al vacío.

–Cuando finalmente aparece ese padre, después de tantos imaginarios construidos, su reacción resulta desconcertante. ¿Qué querías explorar en ese encuentro?

–Cuando una figura queda tan fantasmática, sin una foto ni información, uno también rellena ese vacío. Y cuanto más cargado está lo previo, más difícil es encontrarse, porque aparecen prejuicios, temores, rencores, expectativas y ansiedad. Son dos personas adultas, y no es lo mismo que se encuentren una niña y un adulto. Además, la pregunta por la identidad no se resuelve: hay preguntas que vuelven y para las que tampoco encuentra respuestas. Por eso creo que el libro no cierra. Yo quería la historia, pero el puzzle nunca cerró, nunca se armó. Y eso fue un aprendizaje: no se trataba de completar una historia, sino de construir una voz, la de alguien que pasó de ser un objeto a un sujeto de esa historia.

–También hay mucha ficción: quizá lo más verdadero sea aquello que aparece en el artificio y no necesariamente en los hechos. ¿Cómo fue trabajar en ese territorio?

–Fue muy gozoso trabajar con la escritura más allá de los hechos. Uno también se va despegando, y hoy puedo leer el libro y sentir que me habla porque tomé distancia de la historia y de la narradora. La memoria tiene algo fragmentario y vaporoso, y la estructura del libro responde a eso. También tiene que ver con el padre biológico: algo que no se termina de conocer, que no termina de cerrar. Uno a veces escribe para entender, pero en realidad termina con más preguntas. Y eso hace que la escritura siga siendo el motor. La lectura también despierta nuevas preguntas. Eso me parece lo más nutritivo.

Luciana Rabinovich básico

  • Nació en Río de Janeiro en 1984.
Luciana Rabinovich es licenciada en Letras (UBA) y fotógrafa. Foto:  Coni Rosman, gentileza.
  • Es licenciada en Letras (UBA) y fotógrafa. Fue redactora de Le Monde diplomatique y trabajó en gestión cultural en la Conabip.
  • Actualmente, se dedica a la traducción del portugués al castelano.
  • Publicó el cuento “Papá” en Identidades encontradas (Norma / Abuelas de Plaza de Mayo) y el fotolibro Submersa (2023).

Amendoeiras, de Luciana Rabinovich (Vinilo).