La otra historia de ‘Conchita’, el apodo que Barreda presentó como una humillación

La otra historia de ‘Conchita’, el apodo que Barreda presentó como una humillación

Durante años, una pregunta acompañó a Pablo Marti Krenz mientras buceaba en la vida de Ricardo Barreda: ¿Realmente le decían “Conchita” en su casa? El odontólogo había convertido aquel apodo en una pieza importante del relato sobre las humillaciones que decía padecer de parte de su familia. Sin embargo, cuando su biógrafo comenzó a buscar a alguien que lo hubiera escuchado antes del cuádruple femicidio, prácticamente nadie pudo confirmarlo.

La respuesta apareció mucho tiempo después y de manera inesperada. Primero, una amiga de la familia recordó haber escuchado a Elena Arreche, la suegra de Barreda, pronunciar aquel sobrenombre, que además fue el título del primer libro del caso que escribió el periodista Rodolfo Palacios. Pero Marti Krenz no se quedó con eso y encontró una pista clave mientras reconstruía la historia de Oscar, “el Japonés”, novio de Cecilia Barreda, hija y víctima del múltiple asesino.

El testimonio de un antiguo compañero de colegio permitió llegar a un origen muy diferente del que había quedado instalado alrededor del caso. Según esa reconstrucción, “Conchita” no habría surgido como una forma de humillar al odontólogo. Su origen estaría relacionado con una vieja broma entre amigos de Oscar, quien después habría comenzado a utilizar el sobrenombre cuando veía a Barreda arreglado y perfumado antes de salir de su casa. La referencia, de acuerdo con el testimonio recogido por el biógrafo, apuntaba a sus encuentros con otras mujeres.

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Lógicamente, y tras los asesinatos, el apodo “Conchita” adquirió una dimensión completamente diferente.

Masacre. El 15 de noviembre de 1992 Barreda asesinó a su esposa, Gladys “Beba” MacDonald; sus hijas Cecilia y Adriana; y su suegra, Elena Arreche, en la casona familiar de la calle 48, en el centro de la ciudad La Plata.

“Me decían Conchita”, les dijo a los jueces durante el juicio de 1995. Al otro día la frase fue tapa de casi todos los diarios.

En los 90 la televisión por sí sola hacía lo que hoy hacen las redes: multiplicar frases hasta convertirlas en tendencia. Lo de Conchita se hizo viral antes de que existiera lo viral.

Con esa palabra, Barreda contribuyó a alimentar la imagen de un hombre sometido por las cuatro mujeres, una construcción que encontró eco en una parte de la sociedad y acompañó durante años la historia pública del cuádruple femicidio.

Marti Krenz conoció personalmente a Barreda y compartió con él parte de sus últimos años. Durante ese tiempo y después de su muerte reconstruyó diferentes aspectos de su vida para No me olviden, un libro que está próximo a editarse.

Uno de esos capítulos está dedicado precisamente a desentrañar la historia de “Conchita” y PERFIL lo adelanta en exclusiva.

Con… Chita. Desde que conocí a Barreda, jamás tuve la menor duda: no era el tipo de persona que se dejara humillar. Si alguien le reprochaba algo en la casa, las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. Hacía su vida sin importar lo que su familia dijera, como si nada pudiera alterarlo. Parecía invulnerable, imperturbable ante las pequeñas afrentas cotidianas.

Aun así, siempre flotaba un interrogante: ¿de verdad le decían “Conchita”? ¿Era cierto o se había puesto él mismo ese sobrenombre? Quien apodaba a todos quizá también se había inventado uno para sí. Barreda aseguraba que así lo llamaban, pero nunca explicaba por qué. Más allá de las supuestas “tareas de Conchita” con las que se defendió en el juicio, aquel nombre terminó convertido en uno de los slogans más recordados de los años noventa: “Me decían Conchita”.

Entrevisté a varios allegados. Nadie había escuchado jamás ese apodo… hasta que apareció un testimonio que podía esclarecerlo: un detalle mínimo que terminaría convertido en símbolo del juicio y de la profunda división social que provocó.

Un día tuve la oportunidad de hablar con Titina, viuda del Flaco Alfredo Almada, paciente y amigo de Barreda. Almada había sido su compañero de pesca, criador de peces de colores. Compartían domingos en La Balandra, pescando embarcados en una lancha.

Titina recordó una escena que nunca olvidó: lloraba porque no quería que Alfredo se fuera; la salud de su abuela, de 95 años, no era buena. Barreda intervino con calma. Sacó un calmante del bolsillo, se lo dio y trató de convencerla. Persuadía y medicaba.

Titina también era paciente de Ricardo. Me contó que, tras una consulta, él le dijo:

—Andate a la cocina, así te hacen un café.

Y así fue. En la cocina, mientras tomaba el café preparado por Beba –con quien también tenía amistad–, Elena estaba presente, participando de la charla. De pronto, Barreda apareció en escena. Su suegra susurró, apenas audible:

—Ahí viene… Conchita.

Un susurro, casi secreto. Así se usaban los sobrenombres en aquella época.

Titina coincidía con lo que muchos afirmaban: Beba era correcta, pulcra en el lenguaje. Elena, aunque educada, de vez en cuando dejaba escapar palabras más duras.

Esa fue la única vez que escuché a alguien cercano pronunciar aquel nombre. El mismo que, más tarde, resonaría en los medios y en el juicio.

La verdad del apodo llegó de manera impensada, como si una pieza suelta encontrara de pronto su lugar. Surgió mientras buscaba información sobre Oscar, “el Japonés”, como Barreda lo había apodado. Era el novio de Cecilia, con quien planeaba mudarse a la calle Boati, en el centro de Morón, donde ella inauguraría su consultorio.

Oscar, padre de dos hijos y separado, vivió algunos años en Brasil y Alemania después del juicio. De regreso en la Argentina, se casó por segunda vez y tuvo otra hija. Con el tiempo volvió a separarse y, atravesado por una profunda depresión, se quitó la vida en su casa de General Rodríguez, provincia de Buenos Aires.

Tuve la oportunidad de contactar a su hijo. No ofreció ayuda, pero preguntó para quién trabajaba, probablemente porque su madre estaba vinculada a un proyecto similar.

También hablé con un excompañero de secundaria de Oscar, que había estudiado en un colegio del barrio de La Paternal. Me contó que, al terminar los estudios, Oscar se orientó hacia la literatura. Luego su vida dio un giro: primero fue visitador médico y más tarde se convirtió en un empresario exitoso, dueño de un laboratorio farmacéutico. Lo recordaba como alguien muy hábil e inteligente, con uno de los mejores promedios del curso, destacado entre sus compañeros. Se veían en reuniones mensuales.

Otro excompañero de secundaria aceptó hablar conmigo por videollamada de Messenger. Apareció con un vaso de whisky en la mano y dijo:

—Me serví un trago como lo hacía cuando hablaba con Chita.

—¿Chita? ¿Cómo es eso? —pregunté.

Entonces llegó la revelación.

En el secundario, cuando los alumnos de los últimos años organizaban escapadas a un prostíbulo del barrio, la frase clave era: “Vamos, Conchita”. De tanto bromear, Oscar había heredado ese sobrenombre –Chita– junto con el de “Chino”, algo que después pude corroborar en sus redes sociales.

Cuando empezó a frecuentar la casa de la calle 48, cada vez que veía a Ricardo listo para salir, elegante y perfumado, decía:

—Se va Conchita.

Se refería a que Barreda se dirigía a encontrarse con alguna de sus amantes. Sin proponérselo, el apodo quedó. Duró poco, se usó en contadas ocasiones y nunca tuvo un sentido de humillación.

Barreda supo del sobrenombre, pero no llegó a comprenderlo del todo. Aun así, durante el juicio incorporó el apodo a su relato. Se apoyó en ese nombre para construir una imagen de sí mismo como víctima de humillaciones y malos tratos. En su versión de los hechos, aquello formaba parte de un agravio mucho mayor.

Una parte significativa de la sociedad eligió creerle. Los supuestos malos tratos y aquel apodo llevaron a muchos a sentir pena por él y, de algún modo, a mirar sus actos bajo otra perspectiva. Para algunos, incluso, Barreda terminó convertido en un ídolo, en una suerte de justiciero.

El “me decían Conchita” había dejado de ser una anécdota privada. Se había convertido en una pieza más de la imagen que Barreda construyó de sí mismo frente a la sociedad y la Justicia.

Oscar declaró en el juicio y, cuando le preguntaron por la supuesta depresión de Barreda, respondió que lo veía deprimido de lunes a viernes, pero que, cuando llegaba el fin de semana, se le pasaba.

El apodo “Conchita” no fue más que una broma privada, breve y sin intención de humillar. Con el tiempo, terminó ocupando un lugar mucho más importante dentro del relato con el que Barreda explicó su vida y su crimen.

Murió sin comprender del todo ese origen. Yo pude reconstruirlo años después, a partir de un detalle mínimo: un vaso de whisky, una frase dicha al pasar y la persistencia de una pregunta que durante mucho tiempo no había tenido respuesta.

“No me olviden”: la historia detrás del título

L.N.

El nombre del libro no surgió de una decisión editorial. Lo eligió el propio Barreda durante una de las conversaciones que mantuvo con Pablo Martí Krenz en sus últimos días de vida. El momento quedó registrado en un video que conserva el autor.

El odontólogo aparece recostado en una cama y toma la mano de Marti Krenz. “Aparte de todo, vamos a escribir el libro, el libro de Ricardo Barreda. ¿Qué título le ponemos?”, le pregunta. La respuesta es inmediata: “No me olviden”.

La charla continúa. Krenz, enseguida, quiso saber si consideraba que había hecho más cosas buenas o malas durante su vida, pero Barreda no le responde. “Con esa mano me está diciendo todo”, reacciona el escritor. Después le pregunta qué era para él la vida. “Algo complejo”, contesta el femicida después de un breve silencio.

De aquel momento no solo quedó la frase para el libro sino también la idea de tapa. “La mano mía, en ese momento, creo que estaba atada a la baranda de la cama para que no se cayera”, explica Krenz a PERFIL. Y agrega: “La mano que mató a cuatro personas, esa mano invencible, con una escopeta en la mano, termina pidiendo auxilio, tratando de agarrarse de alguien para que no se olviden de él”.