El clima de Venecia finalmente dio tregua a los miles de visitantes que hacen fila para todo, desde ver un pabellón hasta comer una pizza o tomar un café. El día de la inauguración oficial del pabellón argentino, con la magnífica instalación de Matías Duville, “Monitor Yin Yang”, curada por Josefina Barcia, amaneció con un sol espléndido y hubo una multitud en Arsenale y Giardini.
Desde bastante antes de las cinco de la tarde, horario previsto para que hablaran el artista, la curadora Josefina Barcia, el cónsul general argentino en Milán (el gobierno argentino aún no designó embajador en Italia), Ricardo Lachterman, y el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, comenzó a reunirse gente en la parte exterior del pabellón argentino. Había mucha expectativa y Duville cosecha afecto y admiración.
Ni la Secretaría de Cultura de la Nación ni la Cancillería ofrecieron un vino de honor, ni hablemos de prosecco o aperol spritz, bebidas que en esta ciudad se consumen de mañana, tarde y noche.
Una respetada invitada a la inauguración nos dijo por lo bajo: “El vino debe ser lo más accesible que tenemos en Argentina, ¿cómo no se les ocurre hacer un canje con una bodega para el día de la inauguración?”. Digamos todo: tampoco hubo brindis en la movida argentina durante el gobierno de Alberto Fernández.
La instalación “Monitor Yin Yang”, de Matías Duville y curaduría de Josefina Barcia, fue una de las obras más comentadas. Foto: Clarín.“En claves menores”
La opinión generalizada de los consultados por Clarín al término del acto fue que esta obra de Duville, que se adecua al lema “En claves menores”, de la fallecida curadora artística de este año, Koyo Kouoh, es el envío artístico más logrado de nuestro país desde aquella edición en que Adrián Villar Rojas dio el puntapié inicial de la internacionalización del arte argentino contemporáneo.
Podríamos decir que la temperatura del acto acompañó el clima frío de la primavera veneciana. Fue correcto e impersonal, carente de empatía, salvo por la relación fluida que existe entre el introvertido Duville, su galerista Nahuel Ortiz Vidal y la curadora Josefina Barcia. No obstante, se percibía una corriente de tensión.
La instalación “Monitor Yin Yang”, de Matías Duville y curaduría de Josefina Barcia, fue una de las obras más comentadas. Foto: Clarín.Entre el gentío apostado fuera del pabellón, ya que la instalación de sal y carbón vegetal ocupa todo el espacio y solo se puede caminar por los laterales, que pugnaba por entrar al mismo tiempo, un aturdido Matías Duville solo atinó a agradecer y regocijarse porque su madre, su hermano y su familia, también la propia, le acompañan en esta “patriada”.
Fuentes de Barro nos contaron que montar toda la instalación, teniendo en cuenta que todos los costos en Europa son en euros, fue accesible y mucho mejor que otros pabellones. Se invirtieron poco más de 250 mil euros.
El secretario Cifelli, máxima autoridad argentina presente, destacó que “esta participación tiene un valor singular porque expresa un camino virtuoso: es el primer envío a la Bienal construido desde una articulación público-privada, fruto del trabajo conjunto entre el Estado, el sector privado y los actores del ecosistema artístico”.
Observación necesaria: la subrayada articulación público-privada solo se hace efectiva en el pago de las expensas y la seguridad del pabellón por parte del Estado argentino. Todo lo demás –producción, traslados, montaje, musicalización (maravillosa composición creada a tal fin)– fue “fondeado” en forma privada.
Matías Duville entre Ama Amoedo y Marta Minujín. Foto: Clarín.Vale decir que recogió aportes de donantes y coleccionistas, además del personal de la galería Barro, que dejó la vida en la concreción.
Para honrar la verdad, el desapego del gobierno argentino con la Bienal no es nuevo. Quizá comenzó cuando el gobierno nacional decidió que la obra argentina para esta Bienal fuera decidida por un jurado especializado, ajeno a las autoridades que intervienen en la selección del envío argentino.
Por un lado, una decisión equilibrada para evitar las suspicacias de privilegios, pero por otra, un modo de evitar costear el envío.
Cifelli los reconoció en su discurso. Felicitó a Barro “por su compromiso y esfuerzo para impulsar el proyecto y conseguir el sponsoreo”, algo que, en dos ocasiones, el galerista nos contó.
Decisiones que se ven
El cónsul Lachterman fue muy entusiasta. Tras los agradecimientos a las autoridades, entre las que se encontraban personas de la embajada argentina en Roma, aún vacante, puso de relieve que “hay pocos lugares donde el arte contemporáneo circula con más intensidad que acá, y donde un presente como ese dialogue de manera tan visible con una historia tan rica. Los Arsenales forman parte de esa continuidad”.
Y agregó que “Venecia se construyó en ese movimiento, en el cruce constante de personas, lenguajes y miradas. La Bienal, de algún modo, retoma esa condición y la trae al presente. En ese marco se inscribe la presencia argentina”.
Al margen de los discursos políticos, tanto la curadora Barcia como el artista Matías Duville tuvieron palabras de gratitud. Y luego sí, un recuerdo para los suyos, quienes sostienen siempre los sueños del artista.
Ortiz Vidal, el galerista que tiene la obra de Duville, se ocupó de expresar que hubo un gran esfuerzo para que “Monitor Yin Yang” llegara a la Bienal.
La instalación “Monitor Yin Yang”, de Matías Duville y curaduría de Josefina Barcia, fue una de las obras más comentadas. Foto: Clarín.El catálogo del pabellón recoge imágenes de la obra y comienza con un texto del escritor Michel Nieva, titulado “Guía práctica para el visitante del Salar de la Previda”. Algo críptico, el escritor aborda desde la fantasía una lectura de la instalación, con humor incluso.
Barcia, la curadora, señala en su texto que el trabajo de Duville es un proyecto interdisciplinario de video, instalación, sonido y dibujo expansivo. Se refiere luego a la sal que se esparce por todo el espacio del pabellón y al concepto de “Yin Yang”.
Agrega que “la sal y el carbón son recursos que cruzan la historia social y económica del comercio, y un anecdotario que los vincula a fuerzas civilizatorias, de conservación y de destrucción”.
Lo cierto es que la instalación es notable y está a la altura de muchos envíos que vimos en la recorrida de los Arsenales y los Jardines. Es una obra metafórica, sutil, delicada, con muchos significados.
Qué le pasa al público
Matías Duville se va en unos días a Grecia con la familia, pero regresa a Venecia el 16 de este mes para observar qué le pasa al público con lo que ve en el pabellón argentino. El 9 de mayo concluye el acceso a invitados y prensa especializada y hasta el 22 de noviembre asistirá el público general.
la curadora Josefina Barcia, el cónsul general argentino en Milán (el gobierno argentino aún no designó embajador en Italia), Ricardo Lachterman, y el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, comenzó a reunirse gente en la parte exterior del pabellón argentino. Había mucha expectativa y Duville cosecha afecto y admiración. Foto: Gentileza.Otro de los aciertos de “Monitor Yin Yang” es su color blanco y negro, que define este año a la 61ª Bienal de Arte, y ese minimalismo que sintoniza con el lema de “En claves menores”, de Koyo Kouoh.
Las frases de H. A. Murena y de Ezequiel Martínez Estrada –impresas en el catálogo– nos traen de regreso a la realidad. Del primero: “Un tiempo de Yin, un tiempo de Yang ¡allí está el Tao! Visto desde esta perspectiva, los últimos siglos del arte constituyen un agudo desequilibrio, que contribuye necesariamente al equilibrio total…”. Del segundo, un fragmento extraído de Radiografía de la Pampa: “Contemplar el mapamundi es como mirar al fondo de uno mismo, el esquema de la historia del hombre. Es ver el esqueleto de la tierra. Lo que se advierte es inefable…”.
Esa es la experiencia que se llevará el visitante: algo inefable y quizá indefinible que procura conectarlo consigo mismo.
La música, producida especialmente para esta instalación, según nos cuenta Duville, tiene un rol también clave. Nos dice que “este es un proyecto colectivo que fluyó en forma natural. Yo fluí de manera natural desde el principio. Y la gente lo entiende desde el principio. Ese match entre la narrativa y la técnica, junto con lo sonoro que está ecualizado desde el aire, el ambiente de Venecia. Este es un trabajo de transformación”.
Hay mucho por extraer de esos dibujos de carbón sobre la sal blanquísima. Casi un lenguaje nuevo que nos sirva para comunicarnos desde la belleza y sin violencia.
Como dice una de las frases que leímos en la exhibición de la Fundación Dries van Noten: “En estos tiempos tan desagradables, a única forma real de protesta es la belleza”.
La revista especializada Artsy ya eligió al pabellón argentino entre los diez mejores de esta edición. Aguante el arte, diría Marta Minujín.







