CIUDAD DEL CABO/ADDIS ABEBA— Los mapas nunca son neutrales. Son instrumentos de conocimiento, sí, pero también de poder, ideología y, a menudo, de manipulación.
En ningún lugar es esto más evidente que en la representación de África. Durante siglos, la proyección de Mercator —todavía omnipresente en las aulas, los medios de comunicación y las plataformas digitales— ha tergiversado la verdadera escala de África, haciendo que una de las masas continentales más grandes del mundo parezca engañosamente pequeña.
Con más de 30 millones de kilómetros cuadrados (11,7 millones de millas cuadradas), África es más grande que Estados Unidos, China, la India y gran parte de Europa combinados. Sin embargo, en la mayoría de los mapas, aparece con un tamaño comparable al de Groenlandia, una masa terrestre que es 14 veces menor. Lejos de ser una inofensiva inconsistencia visual, esa distorsión ha moldeado durante mucho tiempo las narrativas sobre la importancia, los recursos y el potencial de África.
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Una iniciativa global, Correct the Map (Corregir el mapa), busca abordar este desequilibrio, no solo ajustando las convenciones cartográficas, sino desafiando las distorsiones más profundas que dan forma a cómo el mundo ve a África, y cómo África se ve a sí misma.
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La proyección de Mercator, desarrollada por el geógrafo flamenco Gerardus Mercator en 1569, fue diseñada para la navegación marítima pero distorsiona la escala, especialmente cuanto más lejos se está del ecuador. En una era de imágenes satelitales, tecnologías geoespaciales avanzadas y cartografía digital, ya no estamos limitados por las restricciones técnicas que alguna vez justificaron tales concesiones. Como han observado los académicos, nos acercamos a un “punto de inflexión digital” en el que la precisión ya no es opcional.
Pero este no es solo un problema científico; también es un problema político. La percepción moldea la política, y un continente representado repetidamente como más pequeño de lo que realmente es corre el riesgo de parecer menos significativo desde el punto de vista económico, estratégico y cultural, con implicaciones de gran alcance para las decisiones de inversión, las negociaciones internacionales y la gobernanza global.
Las generaciones más jóvenes en toda África ya reconocen que el continente, hogar de más de 1.400 millones de personas y de algunas de las economías de más rápido crecimiento del mundo, no puede permitirse ser minimizado visualmente. Menos condicionados por los marcos coloniales heredados y más cómodos navegando por múltiples registros culturales e intelectuales, están impulsando un cambio hacia una África que no es ni insular ni reactiva, sino cada vez más autodefinida.
En este contexto, la decisión de la Unión Africana de respaldar la iniciativa Correct the Map en 2025 fue un momento decisivo, que reflejó un reconocimiento colectivo de que la representación importa, no simplemente como un gesto simbólico, sino como una cuestión de equidad. Al abogar por la adopción de mapas que reflejen el tamaño real de África dentro de las instituciones internacionales, incluida la Organización de las Naciones Unidas, los líderes africanos están afirmando un principio simple pero poderoso: la representación debe basarse en la realidad.
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Una comprensión más clara de la escala real de África transformaría la forma en que el mundo —inversores, legisladores y socios globales— ve su geografía económica e infraestructura. Cuando el continente se comprime visualmente, también se comprimen las percepciones de su alcance, conectividad e importancia estratégica.
El comercio es un claro ejemplo de ello. Desde el Canal de Suez hasta los pasos estratégicos alrededor del Cabo de Buena Esperanza, el continente está conectado a algunos de los corredores marítimos más importantes del mundo. Su costa se extiende a lo largo de más de 30.000 kilómetros, sustentando la pesca, el transporte marítimo, la energía en alta mar y ecosistemas críticos que juntos forman lo que es, posiblemente, la economía azul más grande y menos desarrollada del planeta. Debajo de estas aguas se encuentra otra forma de infraestructura en gran parte invisible pero esencial: una densa red de cables submarinos que sustenta gran parte de la economía digital global.
También existe una dimensión cultural en la iniciativa Correct the Map. Durante generaciones, los sistemas educativos de todo el mundo han reproducido representaciones geográficas inexactas de África. Corregir estas distorsiones es una inversión para garantizar que las futuras generaciones —ya sea en Acra, Ámsterdam o Seúl— crezcan con un mapa mental más preciso del mundo que habitan.
Sin duda, todos los mapas implican cierto grado de distorsión. Ninguna representación plana de una Tierra esférica puede ser perfecta. Pero eso no justifica la inacción; al contrario, es una razón para tomar decisiones más responsables. Cuando existen mejores alternativas, resulta difícil justificar la retención de modelos que tergiversan sistemáticamente a regiones enteras.
El impulso detrás de Correct the Map refleja un cambio global más amplio. En un mundo interconectado donde la información se mueve rápidamente y las decisiones se basan cada vez más en datos, hay poca tolerancia para las inexactitudes heredadas. El objetivo no es reescribir la historia, sino actualizar las herramientas a través de las cuales entendemos el presente.
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En su esencia, la campaña también trata sobre la dignidad. La historia de África se ha contado repetidamente desde una perspectiva que disminuía la escala del continente y la capacidad de acción de los africanos. Corregir el mapa sería un primer paso importante para relacionarse con el continente en sus propios términos.
Los gobiernos, las organizaciones internacionales, las instituciones educativas y las empresas de tecnología deben trabajar juntos para adoptar proyecciones de mapas más precisas. Esto no es técnicamente complejo ni prohibitivamente costoso, y sin embargo, las consecuencias de tal cambio podrían ser profundas.
Después de todo, los mapas nunca son solo representaciones del espacio. También reflejan cómo nos vemos unos a otros y, por lo tanto, deberían mostrar al mundo tal como es realmente. África no necesita ser agrandada. Necesita, al fin, ser vista.
(*) Carlos Lopes, exsecretario ejecutivo de la Comisión Económica de la ONU para África, es profesor en la Escuela de Gobernanza Pública Nelson Mandela de la Universidad de Ciudad del Cabo. Selma Malika Haddadi, exdirectora general de Asuntos Africanos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Argelia, es vicepresidenta de la Comisión de la Unión Africana.








