Es la primera vez que sucedió con una institución argentina: la Asociación Filantrópica Israelita (AFI) fue la elegida para que allí se coloque una obra de arte, como reconocimiento a su papel vital en la asistencia de más de 12.000 refugiados del nazismo. ¿De qué se trata? Del Umbral de la Memoria, una pieza distintiva, realizada por el artista alemán Gunter Demnig, que sólo reciben las instituciones cuyo impacto colectivo fue clave en la historia.
Con más de 120 mil intervenciones en toda Europa, la iniciativa de Demnig, de 78 años, busca recordar a las víctimas del Holocausto en los espacios donde vivieron, trabajaron o fueron perseguidas. En ese marco, la obra llegó al Centro Hirsch, en San Miguel, perteneciente a la Asociación Filantrópica, convirtiéndose en la primera institución judía en Argentina, abierta a toda la sociedad, en recibir este reconocimiento internacional.
Demnig lleva más de tres décadas colocando placas de metal en Alemania y ciudades europeas en memoria de las víctimas del Holocausto. ¿Por qué, ahora, en la Argentina? En reconocimiento a la tarea histórica de la Asociación Filantrópica Israelita, que empezó a asistir a refugiados del nazismo desde 1933. “Es importante que el nombre de la persona esté de nuevo ahí, porque estas personas no tuvieron sepultura ni lápida… De manera que este se convierte en un lugar en su memoria ”, había explicado Gunter en una entrevista.
Durante la ceremonia de este martes participaron sobrevivientes y miembros de familias atravesadas por historias de exilio, persecución y reconstrucción de sus vidas en Argentina. El acto comenzó a las 10 y se hizo un plantado de árboles con la presencia del presidente de AFI Roberto Herzfeld; Irene Son, actual tesorera, y Thomas Konrad, representante de Asuntos Culturales de la Embajada de Alemania. Además dijeron presente Anna Keinan, Vice Embajadora de Israel, Diana Wang, miembro del Museo del Holocausto y Ruth Marshall, sobreviviente del Holocausto.
A las 11.10, finalmente, se descubrió el Umbral de la Memoria (Stolperschwelle), una obra rectangular, que distingue a instituciones, a diferencia de la “piedra de tropiezo” (Stolpersteine), que se incrustan en el pavimento y evocan a personas o familias. Con chapa dorada, en el Umbral se lee “Asociación Filantrópica Israelita / Centro Hirsch. Aquí las personas judías reciben sostén y asistencia, desde que huyeron de la persecución nacionalsocialista en 1933. El Centro Hirsch les brinda un nuevo hogar desde 1940”.
La historia de Ruth
Una de las que brindó un breve discurso fue Ruth Jäckel Marshall. La mujer de 94 años estuvo presente en el acto y conversó con Clarín. “La Asociación Filantrópica Israelita nos dio una ayuda importante cuando llegamos al país en diciembre 1939, con la guerra ya comenzada. Nos dieron una pensión en una casona en el barrio de Constitución, que fue nuestro primer techo en Argentina. Eran habitaciones ocupadas por judíos de habla alemana. ¿Por qué vinimos a este país? Porque teníamos a Elena, una tía de mi madre, lo que nos permitió conseguir una visa de ingreso”, cuenta.
Elegante, vestida para la ocasión, Ruth agradece con efusión el Centro Hirsch donde se encuentra “porque este lugar fue muy importante en 2021, cuando sufrí dos fracturas de fémur y de hombro. Y le dije a mi familia que no quería molestarla, ni armar un hospital en casa, por eso decidí, después de la operación, venir a hacer la recuperación acá en San Miguel, con este parque hermoso. Creo que fue la mejor idea que tuve en mi vida”.
Importantes miembros de la colectividad, entre los que se destacaron el presidente de AFI Roberto Herzfeld; Irene Son, actual tesorera y Ruth Marshall, sobreviviente de la ShoaRápida de reflejos, Ruth retoma el hilo de lo que venía contando. “Estuvimos algunas semanas en Constitución, tiempo suficiente para que tuviera mi bautismo sentimental -se mata de risa-. Era un chico de unos veinte años que trabajaba en la empresa Laponia vendiendo helados. Era tan lindo con ese traje y gorra blancos, impecables”, se sonroja. “Al poco tiempo, nos mudamos a Belgrano, donde vivimos cuatro personas en dos habitaciones”.
La memoria no se resquebraja, al contrario, Ruth relata con convicción y con un acento extranjero que se llevará a la tumba. “A mi padre, que era doctor en derecho, lo dejaron cesante; a mi madre, que tenía un negocio de decoraciones, la obligaron a vender su local a precio ridículo. Y a mi me sacaron del colegio público al que iba para mandarme a otro sólo para judíos”, recuerda los tiempos en que su Viena natal caía en manos de Hitler.
“La AFI nos dio una ayuda importante cuando llegamos al país en diciembre 1939. Nos dieron una pensión en una casona en el barrio de Constitución”, comparte Ruth Marshall.“Yo era una chiquilina, sí, pero entendía lo que estaba pasando. Sabía quiénes eran los alemanes y mi mamá Elizabeth, que en Buenos Aires era llamada Isabel, hablaba conmigo sin medias tintas, me contaba las cosas para que estuviera atenta, preparada. Teníamos mucho miedo y dos palabras por entonces nos aterrorizaban, porque yo las escuchaba: Gestapo y Dachau”, en relación a la policía secreta nazi y al primer campo de concentración cerca de Münich.
Nacida en 1931, Ruth luce erguida, físicamente fuerte y su rostro transmite calidez y una sonrisa, a pesar de las vicisitudes que junto a su familia tuvieron que sufrir por la persecución nazi. “Para que tengas una idea, los siete años de escuela primaria los hice en seis colegios, de cuatro países, con cuatro idiomas diferentes. En otras palabras, yo me quedé sin infancia. Las botas nazis retumbaron en las calles de Viena y pisotearon mi niñez”.
La alegría de Ruth Marshall de volver al Centro Hirsch en San Miguel, donde estuvo rehabilitándose de una fractura sufrida en 2021.El último colegio fue argentino, pero antes estudió en Austria, luego en Inglaterra y hasta en Francia, país donde estuvo su padre preso en un campo de detención. “Fue durísima toda esa época, porque yo no hablaba ni inglés, ni francés… tampoco castellano. Cuando en marzo de 1940, con ocho años, empecé la escuela, me mandaron a primer grado, yo me sentía grande al lado de las chiquilinas. A mitad de año, me pasaron a segundo, porque ya sabía sumar y multiplicar”.
Ruth cuenta que tiene un hermano, Mario, que vive en Suiza. “Él tuvo otra infancia, mucho mejor que la mía, porque es 17 años más chico. Nació aquí en Buenos Aires en 1948 y tenemos una muy linda relación, hablamos casi todos los días y dos veces por año viene a visitarme. Antes volaba yo para Europa y recorríamos juntos, pero hace tiempo que ya no voy… Había otra hermana, Hannie, que nació en Austria, que se fue a vivir en 2000 a Israel y falleció hace tres años”.
En octubre de 2025, con 93 años, Ruth Marshall se dio el gusto de realizar el Bat Mitzvah que no pudo hacer cuando era adolescente.El gesto, ahora, cambia. Se toma un instante para pensar sobre cómo esta Ruth recuerda a aquella niña de ocho años. “Cuando llegué a la Argentina, todo lo que había vivido en Viena, Inglaterra y Francia se borró, desapareció de mi mente. Pasaron muchos años, décadas, hasta que volví a recordar, y fue de manera casual, en una terapia porque tenía a mi marido enfermo. Yo quería hablar con el psicólogo de lo que estaba sufriendo con mi marido, cuando apareció, de repente, lo que padecí en mi infancia. Más de medio siglo en silencio, omitiendo todo”.
Niega con la cabeza Ruth y el rictus parece tensarse: “Esa niña que parecía más grande, que entendía lo que estaba pasando, hoy, aquí, ahora digo que no soy yo, no siento que haya sido yo esa niña, lo percibo como si le hubiera pasado a otra persona. Yo lo cuento como si fuera una amiga, una conocida, no como si yo lo hubiera vivido en carne propia. ¿Qué puedo hacer? Es lo que me pasa, no me siento identificada con esa infancia. Lo borré, lo rechacé, lo eche de mi mente, hasta que un día reapareció con todo”.
Gunter Demnig (78), el artista alemán creador de las “piedras de tropiezo”, que en Europa hay más de cien mil, y de los “umbrales de la memoria”.Cuando reaparecieron los fantasmas del pasado, también una pregunta insistente empezó a sacudir su paz interior: “¿Cómo pudo existir semejante monstruo como el nazismo? No encuentro respuestas. Cuando terminó la guerra, en 1945, estaba contenta convencida de que no iban a ver más guerras y me equivoqué. Hoy siento que se podría volver a repetir, podría aparecer un nuevo Hitler, lamentablemente“.
No se resigna Ruth, que sigue dando charlas y conferencias. “No bajo los brazos, lucho desde mi lugar, yendo a las escuelas y diciéndoles a los alumnos que piensen con su propia cabeza, que no sigan consignas de la mayorías, que no caigan en burdas mentiras, como hizo Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler: Miente, miente, miente que algo quedará; cuanto más grande sea una mentira, más gente la creerá. Hoy tenés más posibilidades de mentir y falsear la verdad con las redes sociales y la inteligencia artificial. Hay que estar muy atento y no dejarse lavar la cabeza”.
Sorprende cuando vuelve a decir que “en las charlas que doy no me siento reflejada en aquella personita que pasó por tantos momentos difíciles. No sé, algún bloqueo debo tener, me cuesta mucho involucrarme. De hecho mi hija me reprocha que no le ponga emoción a mi relato, como que sueno algo fría”.
Ruth, junto a varias compañeras de la Fundación Tzedaka, cuando pudo realizar su postergado Bat Mitzvah a los 93 años. Foto: Ariel GrinbergComenta que volvió a Austria y regresó al barrio y a la casa que fue testigo de su tormentosa infancia. “Fue muy fuerte regresar después de casi sesenta años y estaba sorprendida porque me acordaba exactamente de todo: la calle, la puerta de calle, la puerta de entrada. ¿Si pude entrar? Estaba con Patricia, mi hija mayor, en la puerta y la portera nos preguntó qué hacíamos allí y le explicamos. Bah, mi hija fue, porque yo no me hubiera atrevido”.
Ruth relata y va recordando cada escena. “La encargada, muy amable, nos acompaña hasta el departamento. Yo no recordaba el número de la puerta, pero sí sabía qué puerta era… Golpeamos, una mujer nos abrió, le contamos, al principio no nos quería recibir, porque tenía miedo que yo le reclamara algo, pero mi hija, convincente, la pudo convencer. Cuando entré, ufff, fue muy fuerte, pero recordaba todo, estaba igual: el baño en tal lugar, la pieza de mis padres, tenía el plano en mi mente. La dueña de casa, más confiada, nos contó que vivía allí desde la década del ’60 y que era cantante de ópera. Le estoy muy agradecida, fue muy importante volver y cerrar el círculo“.
Dice que ama la Argentina, que ya no tiene sueños y ante la consulta sobre su parecer sobre el presidente Milei, primero se abstiene: “Prefiero no comentar”. Hace una pausa y se anima: “No me gusta como persona, un jefe de Estado no puede usar ese vocabulario, es indigno y no es un buen ejemplo. Eso es en lo personal. En lo político, siento que no se puede juzgar a corto plazo”.







