Había algo extraño en el Teatro Colón durante décadas: el gesto automático de levantar la vista al entrar en la sala principal terminaba encontrándose con un vacío. Hoy parece imposible imaginarlo. La mirada sube sola, busca la gran araña de 552 lámparas y se pierde en la pintura de Raúl Soldi como si siempre hubiera estado allí. Pero no. De los 118 años del edificio, apenas seis décadas convivieron con esa imagen. Antes del 25 de mayo de 1966, sobre las cabezas del público había un hueco que muchos consideraban una ausencia difícil de justificar.
El primero en verlo como una herida fue el escritor Manuel Mujica Lainez. O, al menos, el primero en decidir que debía hacerse algo. El propio “Manucho”, como lo llamaban sus amigos, reconstruyó el origen de la idea con una escena inesperada: una enfermedad y el tiempo lento de la convalecencia.
“Hace tres años, estaba yo enfermo y gozaba de la paz meditabunda que otorgan los males tercos e indoloros. La imaginación vuela entonces con ágiles alas”, escribió. Mientras atravesaba esos días supo que Marc Chagall trabajaba sobre la cúpula de la Ópera de París y pensó en Buenos Aires. Pensó en ese “ancho espacio vacío, opaco, absurdo, pobre” que rodeaba la araña central del Colón y que, según su mirada, hacía que el teatro pareciera “decapitado”.
Comparación con París
La comparación con París terminó de ordenar la intuición. Mujica Lainez recordaba que el Colón había tenido una cúpula anterior, realizada por Marcel Jambon, pero había desaparecido décadas antes por problemas de humedad. De ella no quedaba nada. “La anterior (…) se había esfumado, dejando en su lugar un desierto color de arenas tristes”.
La pregunta surgió casi sola: “¿No nos afirmaba todo lo apuntado que había llegado el momento de reemplazarla y de coronar al Teatro Colón con una cimera digna de él?”. Y junto con la pregunta apareció una certeza. “Pensar en lo que voy apuntando y pensar en Raúl Soldi, fue una sola cosa”.
La elección no parecía arbitraria. Mujica Lainez estaba convencido de que ningún artista argentino reunía condiciones semejantes para esa tarea. Veía en Soldi una relación casi orgánica con el mundo teatral.
“Desde niño, Soldi vivió en el mágico clima del teatro y de la ópera”, escribió. Y esa observación no era un elogio abstracto. La historia del pintor estaba atravesada literalmente por escenarios, músicos y artistas.
Su padre era violonchelista y también interpretaba pequeños papeles en óperas; había llegado desde Italia siguiendo las temporadas artísticas que llevaban intérpretes de un continente a otro. Pero el verdadero escenario de la infancia de Soldi estaba todavía más cerca. Había nacido en una casa situada detrás del Teatro Politeama y todas las habitaciones estaban alquiladas a artistas.
En el libro Soldi por Soldi dejó una imagen que parece una escena ya pintada por él mismo: “Apenas salías al zaguán, en la primera habitación se veía a una bailarina ensayando; en la antesala había un cantante; la casa entera era una caja de resonancias musicales y nadie podía quejarse de que su vecino molestara haciendo ruido”. Antes de pintar el teatro, Soldi prácticamente había crecido adentro de uno.
El proyecto comenzó a circular entre conversaciones y tertulias entre amigos. Soldi estaba entusiasmado y quería algo más: convertir su trabajo en una donación al Teatro Colón. Sin embargo, los años pasaban y la posibilidad seguía sin concretarse.
Hasta que ocurrió una de esas historias mínimas que parecen escritas para ser contadas. Soldi había vendido un dibujo tan delicado y tan tenue en su trazo a lápiz que la compradora regresó para pedir que lo reforzara con tinta. El pintor aceptó y dejó la obra lista para retirarla en su casa.
Allí la recibió su esposa, comenzaron a conversar y la charla derivó hacia el viejo deseo de Raúl: pintar la cúpula del Colón. Entonces apareció la casualidad decisiva. La compradora era Zulema Zuberbühler de Hueyo, esposa del director de Abastecimientos de la Municipalidad. Y, casi de inmediato, decidió involucrarse para acelerar los trámites.
Imágenes de los andamios que armaron en la platea de la sala principal. Foto: gentileza Teatro Colón.Una vez conseguido el sí, el trabajo comenzó lentamente. Soldi dedicó un año entero a preparar bocetos y estudiar cómo ubicar cada escena en una maqueta a escala.
Después vinieron las telas que serían montadas en la cúpula y el trabajo compartido con artistas del área de escenotécnica del Colón en los talleres del Teatro Municipal San Martín.
Pero la etapa más extraordinaria empezó cuando terminó la temporada de 1965 y levantaron un enorme andamio sobre la platea. En medio de la sala, suspendido en las alturas, nació un taller improvisado. Soldi contaría después que vivió allí “sin exageraciones” más de tres meses: diciembre, enero, febrero y parte de marzo de 1966.
Suspendido sobre el vacío
Mientras trabajaba suspendido sobre el vacío, tenía claro qué quería representar. Según recogió el periodista Luis Alberto Ballester, Soldi explicó: “Interpretar todo lo que aparece en el escenario: cantantes, bailarines, músicos, etc. Pintar instrumentos y diversas figuras en trajes de ópera, en malla de baile, cantantes y comparsas, como también una figura pintada de blanco, el ‘duende’ del teatro, que acompaña a los músicos, los cantantes, los bailarines, el público y sus aplausos”.
Allí arriba terminaron apareciendo 51 figuras humanas. Entre ellas, ese misterioso personaje blanco nacido quizás en algún recuerdo de infancia entre bambalinas y artistas.
Del boceto a la obra terminada. Soldi también realizó los figurines de los trajes que se utilizaron para la obra que se interpretó el día de la función. Foto: gentileza Teatro Colón.Años después, Soldi volvió a mirar hacia esa cúpula y entendió que algo había cambiado. O que quizás la pintura había dejado de pertenecerle por completo. “Han pasado tres años; no sé si la pintura se ha incorporado al teatro o el teatro a la pintura”, escribió. Y siguió: “Allá arriba se han ido quedando el tiempo, el polvo, el reflejo de las luces, la música, el sonido de las voces humanas, el movimiento de los espectadores, los aplausos; la vida, en fin, del teatro”. Había dejado una obra en el techo y el teatro había hecho el resto.
Desde entonces ocurre algo difícil de evitar. Apenas alguien entra a la sala principal del Colón, los ojos buscan naturalmente la altura. Como si todavía existiera el impulso de comprobar que aquel vacío desapareció. Como si el teatro, finalmente coronado, hubiera encontrado la pieza que le faltaba.
Con información del artículo “60 años de la pintura de Soldi en la cúpula”, Entre bambalinas, Teatro Colón.








