Según el informe de 2025 del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT, la mayor proporción de víctimas de estos crímenes corresponde a mujeres trans y travestis. Tenían una edad promedio de 35 años, un tercio eran de origen extranjero y más de la mitad ejercían la prostitución. El contexto de sus muertes, en la mayoría de los casos, estuvo signado por su identidad de género o, dicho de otro modo, por ser quienes eran. Por existir.
Los datos argentinos dan cuenta de una realidad que ocurre también en muchos otros países. En su libro Una breve historia de la transmisoginia (Verso) de Jules Gill-Peterson, la activista e historiadora de la Universidad de Johns Hopkins plantea una pregunta simple: ¿por qué tanta violencia dirigida hacia las mujeres trans?
Para Gill-Peterson, las explicaciones psicológicas no bastan para encontrar las causas. En el corazón de su argumento, la historiadora rastrea los orígenes de la transmisoginia al colonialismo y el imperialismo, con su persecución de ciertos pueblos y comunidades en los que existían expresiones de género por fuera del modelo binario.
El ejemplo del accionar del imperio británico sobre las hijras en la India ilumina, además, aspectos raciales y de clase que para Gill-Peterson continúan estando hasta nuestros días íntimamente ligados a este tipo de violencia.
Las hijras son un grupo ancestral de personas que viven como mujeres, habiendo nacido varones. Para Gill-Peterson, no es adecuado denominarlas como “trans” porque fue la mirada británica la que operó esa feminización. Ese detalle es, en efecto, central en su definición de la transmisoginia: no se trata solamente de un rechazo a las personas que transicionan de hombre a mujer, sino de una violencia que se dirige hacia cualquiera que se perciba como trans, independientemente de cómo estas se entiendan a sí mismas.
Primer paso violento
La imposición de una categoría configura un primer paso violento y no es solamente el Estado el que la ejerce. En ese sentido, Gill-Peterson también es crítica del uso de la categoría “trans” como un paraguas promovido por el Norte Global, más vinculado al lenguaje de las ONG que al de las personas que dice representar, especialmente a las mujeres pobres y no blancas, quienes rara vez utilizan ese término sobre sí mismas.
CUL / Transmisoginia
Luego de que un caso policial suscitara el escándalo público a mediados del siglo XIX, el gobierno británico tomó medidas para promover la extinción de las hijras, con efectos que perduran hasta la actualidad. Este accionar de los Estados coloniales, que Gill-Peterson denomina como “pánico trans”, al mismo tiempo habilitó la justificación del asesinato de las mujeres trans a escala interpersonal bajo la etiqueta del “engaño”.
El caso de 2014 del marine estadounidense Joseph Scott Pemberton, que asesinó en Filipinas a Jennifer Laude y fue indultado por Rodrigo Duterte, es un triste ejemplo reciente.
El “pánico trans” es, para la autora, una de las expresiones más duraderas de la transmisoginia. El gobierno de Donald Trump, en su estrategia antiterrorista para 2026, señaló como una de las amenazas a combatir a los grupos “radicalmente pro-transgénero”, citando como referencia el asesinato de Charlie Kirk. La medida bien podría encuadrarse en la categoría que propone Gill-Peterson y demuestra que el rol estatal sigue siendo un actor relevante en la problemática de la violencia.
“La transmisoginia es altamente compatible con las políticas de la derecha autoritaria porque tienen como objetivo preservar o consolidar las jerarquías sociales existentes mediante la creación de una amenaza imaginaria por parte de las que tienen menos poder, exigiendo violencia para erradicarlas. Sin embargo, sería un error pensar que esto significa que las políticas liberales o de izquierdas son inmunes, o incluso menos propensas, a ejercer su poder. La transmisoginia es un raro punto de consenso”, advierte la autora.
La forzosa movilidad descendente bajo el capitalismo asalariado y lo que Gill-Peterson llama la “traición de la transfeminidad” en el movimiento gay post-Stonewall son las otras expresiones de transmisoginia que investiga la académica.
La condición de mujer trans
A través del caso de Mary Jones, la autora explora por qué la condición de mujer trans está tan fuertemente asociada al trabajo sexual. Jones era una mujer trans negra –según la interpretación contemporánea sobre su identidad– que se hizo famosa en la prensa estadounidense de la década de 1830 por haber robado a uno de sus clientes. Dado que vivía como una persona libre, su caso llamó especialmente la atención de los anti-abolicionistas, subrayando una vez más los vínculos indisolubles con la cuestión racial.
Jules Gill-Peterson es autora de Una breve historia de la transmisoginia (Verso). Foto: gentileza.En el siglo XIX, renunciar a vivir como hombre significaba forzosamente una pérdida de estatus. “En el lado femenino de la línea de género, ninguno de los dos contratos previos disponibles para las mujeres no trans –el matrimonio o el trabajo no cualificado– estaban ahí para amortiguar la dramática caída”, escribe Gill-Peterson. En cambio, el trabajo sexual aceptaba la contradicción y se ofrecía como una salida ante la desposesión en el contexto del mundo urbano.
En los últimos 50 años, las identidades de las mujeres trans y los hombres homosexuales se definieron como categorías separadas. Gill-Peterson, sin embargo, recuerda que la división no siempre existió y encuentra que el olvido de esa historia común también es un indicio de funcionamiento de la transmisoginia, esta vez al interior de los espacios LGBT.
Según la antropóloga Esther Newton, que estudió el mundo de los bares gay en Estados Unidos en la década del ’60, había una estricta jerarquía social entre las drag queens de los escenarios y las street queens. Mientras las primeras eran divas veneradas por convertir su afeminamiento en profesión, las otras “eran consideradas basura por intentar vivir como mujeres de verdad, a la vista de todos”, escribe Gill-Peterson, basándose en Newton.
Sin embargo, fueron las street queens como Marsha P. Johnson o Sylvia Rivera, ambas trans racializadas pobres que ejercían la prostitución, las que motorizaron la revuelta de Stonewall, uno de los hitos más importantes en la historia del movimiento por los derechos LGBT. Para Gill-Peterson, el potencial radical de las demandas de Johnson y Rivera no se enunciaba desde su identidad, sino desde una posición de clase. El enfrentamiento abierto con la policía de las street queens significó el alejamiento de un sector de los activistas gay.
La visibilidad política y cultural en la década del 70 de los hombres gay cambió el estatus de sus “reinas”. Para la autora, eso se tradujo en un viraje a una estética hipermasculina que buscó rechazar el afeminamiento, percibido como un estigma. “El movimiento gay y lésbico, cada vez más normativo en materia de género, razonó que si delataban a las reinas, podrían ser integrados en una versión desinfectada y de clase media de la ciudadanía de la que solían estar excluidos”, explica Gill-Peterson.
La definición de mujer
Fue también en los 70 que empezó a consolidarse una expresión del feminismo que rechaza a las mujeres trans y que ha alcanzado notoriedad en los últimos años. Por ejemplo, en Inglaterra, el año pasado algunas organizaciones celebraron que la Corte Suprema sostuviera la definición de mujer basada en el sexo biológico de nacimiento. Gill-Peterson, aunque duramente crítica de estos movimientos, señala que se trata de un fenómeno menor en la historia de la violencia hacia las personas trans, es apenas otra encarnación de aquel “pánico” de raíces más profundas.
Jules Gill-Peterson es autora de Una breve historia de la transmisoginia (Verso). Foto: gentileza.Para Gill-Peterson, la comprensión contemporánea de la noción de género también produjo nuevas desigualdades. El modelo médico de la transición hormonal y quirúrgica permanece por fuera del alcance de los estratos más pobres de la sociedad.
¿Cómo honrar aquel legado de Johnson y Rivera, cómo hacerles justicia sin caer en la distancia que impone verlas como mártires?, se pregunta Gill-Peterson. En búsqueda de una respuesta, encuentra una esperanza en los movimientos transfeministas de América Latina, que reivindican una feminidad exuberante sin concesiones que no busca desaparecer en un sistema binario.
“En lugar de exigir que cada individuo esté obligado a encontrar su verdadero yo y presentarlo al Estado para su evaluación, esta versión de la política travesti rechaza el proyecto del idealismo y su búsqueda imposible de un hogar en el lenguaje o la ley”, afirma la historiadora.
Convencida de que la transfeminidad es parte integral del tejido social, ocuparse de la violencia contra esa población, lejos de ser un interés sectorial y personal, se transforma, para Gill-Peterson, en una tarea necesaria para la emancipación de la sociedad en su conjunto.
Una breve historia de la transmisoginia, de Jules Gill-Peterson (Verso).









