La heroína que logró desbaratar la mayor red de trata del país

La heroína que logró desbaratar la mayor red de trata del país

Después de la Primera Guerra Mundial, la “importación de prostitutas” tuvo un marcado aumento. Los desastres derivados de la guerra facilitaron las cosas para los tratantes de mujeres de la organización Zwi Migdal y de las redes marsellesas, sobre todo en Europa oriental.

La crisis argentina, entre 1915 y comienzos de los años veinte, aportó su cuota, lanzando a muchachas en manos de cafiolos y macrós locales. Por eso fue notoria la expansión de los prostíbulos en esos años.

Para entonces la división entre “francesas”, “polacas” y “criollas” era, más que una connotación de nacionalidad, una especificación de “nivel” y de “tarifa”.

Las primeras eran, en general, las que atendían en departamentos céntricos, a razón de una mujer por “casa”, y con ciertas condiciones de higiene más presentables.

Las “polacas” solían ser las mujeres de los lupanares de barrios populares, con la tarifa de 2 pesos moneda nacional el “servicio” y sometidas a servidumbre.

La mayoría de ellas, en Buenos Aires y alrededores, estaban esclavizadas por Zwi Migdal.

El “afrancesamiento” era parte del decorado para la prostitución destinada a hombres de la high life, el mundillo de “muchachos bien” que concurrían a cabarets de lujo, como el Armenonville o el Julien.

Con bastante resentimiento, el tango Margot, escrito por Celedonio Flores en 1919 y musicalizado por José Ricardo y Carlos Gardel, pintaba a la muchacha de arrabal que, al prostituirse por sus “berretines de bacana”, se “afrancesa” en el ambiente de los cabarets de la high life: “Hasta el nombre te han cambiado, como has cambiado de suerte: / ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot”.

En 1919, una ordenanza de la Capital estableció que en cada prostíbulo solo podía haber una prostituta. La medida tuvo varios efectos. Los lupanares colectivos pasaron a zonas de “extramuros”, como Avellaneda, San Fernando y Tigre; dentro de la Capital se disfrazaron de casas de renta e inquilinatos, con una mujer por pieza. Las casas “francesas”, que ya venían operando así, no tuvieron problemas.

En 1921, la reforma del Código Penal aprobada por el Congreso introdujo figuras delictivas vinculadas con el proxenetismo y la prostitución. Así el rufianismo se convirtió en delito, al igual que inducir, mediante violencia o engaño, a una persona a la prostitución.

En el caso de menores, la figura de corrupción hacía que el proxeneta siempre fuese punible, ya que era irrelevante el consentimiento de la víctima.

La división entre francesas, polacas y criollas era, más que una connotación de nacionalidad, un asunto de nivel y de tarifa.

En 1924 los diarios comienzan a registrar acciones policiales contra los rufianes.

El caso más notorio se produjo a partir de 1929, cuando una muchacha caída en la red de la Zwi Migdal, Raquel Liberman, se animó a denunciar a la organización.

Liberman era una polaca de familia humilde que había viajado a la Argentina junto a sus dos hijos para encontrarse con su marido. Pero su compañero murió y la joven se trasladó a Buenos Aires, donde fue engañada e ingresó a la red de trata.

Allí permaneció por diez años hasta que logró juntar el dinero para pagar su libertad. Compró una casa de antigüedades, pero los esbirros de la Migdal la ubicaron y la amenazaron.

Creyó encontrar el amor de su vida en un tal Korn, quien en realidad era un miembro de la “sociedad tenebrosa”. El hombre la estafó y la obligó a reingresar en la organización.

Raquel tomó coraje e hizo la denuncia ante el comisario Alzogaray, quien gracias a sus precisos datos logró, en 1931, desmantelar a la Zwi Migdal y detener y deportar (en aplicación de la Ley de Residencia) a los más notorios integrantes de la red.