Por muy escépticos del sueño americano que podamos ser, la historia de Arnold Schwarzenegger (Thal, Austria, 79 años) desafía los límites de la credibilidad tanto como sus películas más exageradas. Que el destino de Hollywood o de la cuarta economía del planeta (el Estado de California, por sí solo) lo haya marcado, durante décadas, un fibroso aldeano austriaco criado entre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial nos parecería improbable si no tuviésemos tan naturalizada la existencia del actor y exgobernador, integrado en el paisaje de nuestro imaginario con la misma sorprendente ligereza con la que todo el mundo sabe pronunciar su apellido. Schwarzenegger es una de esas figuras para las que parece haberse inventado la expresión “más grande que la vida”: por la escala de sus logros vitales, de su cine o de su propia corporalidad, 1,88 metros de músculos cincelados cual estatua griega.
La épica vida de Schwarzenegger, un culturista convertido en mito: “Si hubiera nacido en EE UU sería presidente”








