En los pasillos del Centro Educativo Causay, en San Luis, hay un tema del que todos los alumnos de secundaria hablan: cursar Estadística en 5° año. Y es que, en las clases de Romina Ortiz, los estudiantes dejan atrás los ejercicios de manual para convertirse en investigadores. “La matemática y la estadística dejan de ser abstracciones para convertirse en herramientas que les permiten entender y cambiar su mundo”, explica la finalista 2026.
Las clases de Romina solían ser como cualquier otra: los chicos llegaban, abrían sus manuales y resolvían ejercicios. Pero muchos de ellos lo hacían desmotivados, con prejuicios sobre el valor de las matemáticas y sus propias capacidades. Fue entonces que Romina entendió que, si quería que los jóvenes realmente aprendieran, tenía que dejar el método tradicional y mostrarles que las matemáticas sirven para comprender el mundo. “El mundo exigía personas capaces de tomar decisiones con evidencia y resolver problemas reales, y yo los estaba preparando para hacer gráficos en un cuaderno”, reflexiona.
A través del Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), combinado con herramientas de Inteligencia Artificial, el aula de Romina se convierte en un centro de investigación. Allí los jóvenes trabajan en equipo, distribuyen tareas y toman decisiones en conjunto. Actualmente, 52 estudiantes investigan cómo aprende el cerebro humano con el acompañamiento de un neurólogo.
Frente a un problema nuevo, nadie parte con ventaja. Ser bueno haciendo cálculos no es más importante que saber observar, comunicar u organizar: cada estudiante puede aportar desde sus propias fortalezas. “Nadie queda atrás porque el proyecto es de todos, y cada uno encuentra en él, el rol que le permite brillar”, explica Romina.
Muchos jóvenes llegan a sus clases convencidos de que las ciencias exactas no son para ellos: “soy malo en matemática”, “esto no es para mí”, “no sirvo para esto”. Romina busca romper esas creencias y demostrarles que la matemática es una herramienta que todos pueden utilizar. “Enseño que las preguntas propias valen y que la matemática no es un obstáculo sino un idioma para participar en el mundo”, señala.
Los resultados aparecen cuando los estudiantes descubren de qué son capaces. Uno de ellos, que se consideraba “malo” para la matemática, terminó diseñando un modelo de inteligencia artificial para detectar enfermedades cardíacas y vio cómo los hallazgos de su investigación se convirtieron en un Proyecto de Ley.
El trabajo también llevó a los alumnos fuera de la escuela. Sus investigaciones se transformaron en campañas comunitarias, charlas abiertas y proyectos que alcanzaron instancias regionales, nacionales e internacionales. En 2025, uno de ellos llegó a Expo Ciencias Chile, donde obtuvo una Medalla de Oro.
Para Romina, sin embargo, el mayor logro no está en los reconocimientos, sino en que sus alumnos superen las creencias que los limitan y comiencen a confiar en sus propias capacidades. “Creo con convicción que cualquier adolescente puede hacer ciencia real si alguien confía en que puede”, explica.
Esa transformación fue también la que llevó a sus propios estudiantes a postularla a la sexta edición del Premio Docentes que Inspiran. Hoy, Romina Ortiz es una de los seis docentes finalistas seleccionados entre más de 2.500 candidatos.
El Premio Docentes que Inspiran es una iniciativa de Clarín y Zurich que busca visibilizar y homenajear a maestras y maestros de todo el país que, con pasión y compromiso, dejan una huella indeleble en sus estudiantes. Cada año, el reconocimiento destaca y difunde historias que, como la de Romina, muestran que la docencia puede transformar destinos, incluso en contextos difíciles.
Si querés conocer las historias de los seis finalistas del Premio Docentes que Inspiran, ingresá en www.premiodocentesqueinspiran.com.ar o a las redes sociales del concurso: en Facebook, “Docentes que Inspiran”; y en Instagram, @docentequeinspiran.








