La diferencia entre tener poder y dejar huella: la pregunta que todos los líderes deberían hacerse

La diferencia entre tener poder y dejar huella: la pregunta que todos los líderes deberían hacerse

El otro día me hicieron una pregunta que me dejó recalculando. De esas preguntas que no se responden en el momento, de esas que se quedan dando vueltas en la cabeza durante días porque, en el fondo, te obligan a revisar cómo estás viviendo y cómo estás educando.

La pregunta fue simple:

—Como rabino, profesor o líder, ¿sentís que liderás desde el poder o desde la influencia?

Al principio no entendí del todo la diferencia. Incluso pensé que quizás eran dos maneras distintas de describir lo mismo. Pero cuanto más lo pensaba, más comprendía que estaba frente a una de las preguntas más importantes que una persona puede hacerse.

Porque el poder y la influencia parecen similares, pero en realidad pertenecen a mundos diferentes. El poder, cuando se comparte, se divide. La influencia, cuando se comparte, se multiplica.

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El poder depende de un cargo, de un título o de una posición. La influencia depende de un buen nombre, de una vida vivida con coherencia. El poder puede perderse de un día para otro, mientras que la influencia puede seguir creciendo durante generaciones.

Y quizás la diferencia más profunda de todas sea esta: el poder dura mientras estamos presentes; la influencia permanece incluso cuando ya no estamos.

Pensando en esto recordé una historia que ilustra perfectamente la diferencia. La escena fue tan inesperada como inquietante. Durante una visita de supervisión a una escuela, un inspector le preguntó a la directora cómo marchaban las cosas con los alumnos. La respuesta lo dejó helado.

—La verdad, no me podría importar menos lo que pasa con los alumnos dentro de la escuela.

El inspector la miró sorprendido. ¿Cómo podía una directora decir algo así? ¿Acaso había perdido el interés por sus estudiantes? ¿No era precisamente esa su responsabilidad?

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Con el rostro lleno de preocupación, se dio media vuelta dispuesto a continuar su recorrido. Pero antes de que pudiera dar unos pasos, la directora lo detuvo.

—Espere. Creo que no me entendió.

Hizo una pausa y continuó:

—Lo que pasa dentro de la escuela no es lo que más me preocupa. Lo que realmente me importa es lo que sucede cuando los alumnos están afuera.

El inspector guardó silencio.

—Mientras están aquí —explicó ella— tenemos poder sobre ellos. Podemos poner notas, llamar a sus padres, premiarlos, castigarlos y presionarlos para que se comporten de determinada manera. Pero todo eso es poder. Y el poder funciona mientras estamos presentes.

Luego agregó una frase que vale una vida entera de reflexión:

La verdadera educación comienza cuando ya no estamos mirando.

Cuando los alumnos salen de la escuela desaparecen las notas, los premios, los castigos y la supervisión. Ya no existe el poder. Lo único que queda es la influencia.

La pregunta es: ¿aprendieron a hacer lo correcto porque alguien los obligaba? ¿O porque realmente incorporaron esos valores? ¿Se comportan de determinada manera porque los observan? ¿O porque se convirtieron en la clase de personas que desean actuar correctamente aun cuando nadie los ve?

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Esa es la diferencia entre poder e influencia. El poder consigue obediencia. La influencia transforma personas. El poder controla conductas. La influencia moldea identidades. El poder logra resultados inmediatos. La influencia construye legados.

Y quizás esa sea la pregunta que esta semana cada uno de nosotros debería responder: ¿qué ejerzo sobre mis hijos? ¿Qué ejerzo sobre mis alumnos? ¿Qué ejerzo sobre mis empleados, mis amigos o mi comunidad? ¿Poder o influencia? Porque cualquiera puede conseguir obediencia mientras tiene autoridad. La verdadera prueba comienza cuando la autoridad desaparece.

Cuando el hijo sale de casa. Cuando el alumno termina la escuela. Cuando el empleado ya no está bajo supervisión. Cuando nadie está mirando. Es allí donde descubrimos si educamos desde el poder o desde la influencia.

Y quizás la medida más auténtica de una vida no sea cuántas personas nos obedecieron, sino cuántas personas siguieron haciendo lo correcto gracias a nosotros. Porque el poder termina cuando desaparece la autoridad. La influencia, en cambio, puede seguir iluminando vidas mucho después de que una persona deja este mundo.

(*) Rafael Jashes – Rabino