Para 46 millones de argentinos, el Mundial es una enorme ilusión. Pero para un puñado de ellos, el valor de esa ilusión es aún mayor: es una esperanza que los alimenta mientras dan una pelea dura. Y, como la Selección, también están dejando todo en la cancha.
El pasillo vidriado que conduce al Centro de Atención Integral para el Paciente Hemato-Oncológico (CAIPHO) del Hospital Garrahan se ve iluminado por el sol del viernes, toda una metáfora. Allí, Antonella Ciucio posa para la foto con una banderita y una guirnalda de Argentina. Es, en esta entrevista con Clarín, la voz de esos pacientes oncológicos que atiende como residente. Y también ella misma tiene una historia, la propia, que contar: la de una joven que abrazó la vocación de curar y que entendió que ese verbo implica otras formas además de diagnosticar y aplicar un tratamiento.
Esta semana, el trabajo de Antonella fue puesto en foco por otro médico, el también pediatra y escritor Ezequiel Wagner, en un posteo en su cuenta de Instagram @ezequielmwagner a partir de las declaraciones de Lautaro Martínez después del partido con Inglaterra.
El médico contó que había ido a la sala de internación para saludar a una médica amiga que no veía hacía mucho. “Dudaba de que me diera mucha bola por la cantidad de laburo que suele tener por las mañanas, pero contra todo pronóstico me la encontré clasificando figuritas del Mundial con varios papeles llenos de tachones enfrente”, empezó su posteo.
“Nos abrazamos y me contó que estaba ayudando a los chicos internados a intercambiar figus sin riesgo de contagiarse. Le pregunté quién había donado semejante cantidad y con el mentón me señaló al otro lado del ventanal: una enfermera tendía una cama que hasta hacía unas horas había estado calentita”, escribió.
“Una lágrima asomó por el ojo de mi amiga y puse una mano suave en su hombro. Me senté a su lado, la escuché respirar hondo y juntos repartimos las faltantes entre el resto de los chicos”, relató, en un posteo muy emotivo que tuvo casi 2.200 me gusta más de 80 comentarios.
Antonella le agradece a su amigo por este reconocimiento y porque “sus historias siempre son conmovedoras por su manera de transmitir, más allá de lo que uno haga todos los días. Muchas personas empezaron a seguirme en mi cuenta @dra.antonellaciucio a partir de su publicación”, dice de la repercusión que tuvo.
En esa cuenta, Antonella también está posteando las fotos de sus últimas guardias. “Termino mi residencia en pocos días y estoy super nostálgica”, admite. La médica, de 31 años, está concluyendo en el Garrahan la subespecialidad de hemato-oncología pediátrica. Antes, hizo la residencia de pediatría en el Hospital Elizalde, donde conoció a Wagner, su residente superior.
“Haberme formado en el hospital Garrahan es mi orgullo más grande. Fueron muchos los esfuerzos para poder llegar hasta acá y poder formar parte de esta gran familia. No digo que haya sido fácil el camino dentro del hospital, porque es muy exigente en cuanto a lo académico y al tiempo asistencial, pero me llevo muchos conocimientos y, sin dudas lo más importante, el aprender a trabajar en equipo, de manera multidisciplinaria, con la tranquilidad de saber que cada persona que forma parte de la cadena asistencial de cada chico quiere lo mejor para ellos”, asegura.
Así, en ese buscar lo mejor para sus pequeños pacientes, apareció un “medicamento” especial: las figuritas.
Cuando se le pregunta cómo fue que se le ocurrió ayudarlos a juntarlas e intercambiarlas, responde que los niños que tratan en el CAIPHO pasaron, a su corta edad, “por momentos muy difíciles y que requieren de mucha fortaleza. Se tiende a creer que porque son chiquitos no entienden lo que les pasa y no es así para nada, son muy conscientes, solo que tienen otra manera de enfrentarlo”.
Teniendo en cuenta esto, explica que tanto los médicos como enfermeros, secretarios, camilleros, maestros hospitalarios, “realmente todos”, enfatiza, “intentamos constantemente buscar actividades para ayudarlos a que puedan sobrellevar su situación que muchas veces se prolonga en el tiempo y necesitamos que no bajen los brazos, aunque estén cansados”.
“En este momento la Selección nos está dando una alegría que podemos compartir entre todos, hay muchos mensajes sobre luchar hasta el final y la garra que hay que poner para alcanzar los objetivos. Son una motivación que está buena promover”, asegura.
La pediatra cuenta que la mayoría de las familias de los chicos les compran los paquetes de figuritas y que obviamente algunos tienen muchas y otros tienen poquitas, pero ellos mismos tienen la predisposición de querer intercambiar. “Ahí es donde nosotros entramos como intermediarios para hacer las conexiones que se puedan”, apunta, y explica que muchos de estos pacientes están aislados por los tratamientos de inmunosupresión y quimioterapia.
En plena tarea. Organizando las figuritas, el día del partido con Inglaterra. Foto Gentileza Hospital Garrahan“Cuando terminan la parte más intensiva del tratamiento, después de cierto tiempo, ya están un poco más liberados en este tema. Los chicos oncológicos que tienen un tratamiento prolongado hacen muchos amigos en las internaciones o salas de espera que después conservan. Cuando ninguno de los pacientes tiene infecciones comparten habitación: entonces comparten su tiempo y pueden charlar y, en este caso, mirar juntos los partidos”, relata.
Los días que juega la Selección también las salas de internación se paran. La mayoría de las habitaciones tienen televisores donde los chicos pueden ver los encuentros y también hay wi-fi para mirarlos desde el celular, “y si no de alguna forma se resuelve. La idea es que ningún chico se quede afuera o se pierda la oportunidad de tener esa alegría”.
También están decoradas con cosas relacionadas con el Mundial y, agrega Ciucio, mucha gente lleva camisetas y otros objetos alegóricos. Y dice que la mayoría de los pequeños pacientes, pese a las circunstancias que están atravesando, intentan “adaptarse” de alguna forma y tratan de disfrutar de algo que a todos nos hace felices.
Todos se están preparando para la gran final con España de este domingo y, también, todos siguen en la misión de completar el álbum. “Todos los días vienen chicos al CAIPHO o a las salas de internación con sus álbumes del Mundial, hay algunos a los que les falta solo una figurita de un equipo entero y hay otros que todavía no tienen el álbum o les falta bastante para completar. Sin dudas les sacaría una sonrisa conseguir las figuritas que les faltan… sobre todo la más buscada: la de Messi, esa nadie la quiere intercambiar”, ríe.
Antonella rescata que todo el personal del Garrahan colabora para lo mejor de sus pacientes. Foto Gentileza Hospital GarrahanAntonella dice que en estos años de formación, “aprendemos a gestionar las emociones, pero sin dudas no las perdemos. Hay días de más fortaleza y otros días que nos sacuden un poco el corazón”.
“Uno trata de quedarse con lo bueno que uno puede dar, con el granito de arena que aporta a que el chico se pueda curar, y otras veces, cuando no se puede, hay que acompañar de la mejor manera posible. También es importante tener presente que, afortunadamente, en el campo de la hemato-oncología pediátrica, contrariamente a lo que se cree, la mayoría de los niños oncológicos pueden curarse, y también por eso la mirada es esperanzadora”, remarca.
Ahora que termina su segunda residencia, la médica planea regresar a Misiones, la provincia en que nació, “mi amada tierra colorada —dice— donde viví hasta los 17 años que me fui a Santo Tomé en Corrientes para estudiar medicina”. De allí se mudó a la Capital Federal con la ilusión de formarse en hospitales pediátricos de alta complejidad, ya que en su provincia no hay residencia de hemato-oncología pediátrica.
Antonella asegura que, aunque no tiene ningún familiar médico, “siempre supe que iba a estudiar medicina, desde chiquita era un sueño para mí”. Y con la especialidad le pasó lo mismo: siempre quiso ser oncóloga, aunque mucha gente conocida o incluso profesores de la facultad le decían que no se dedicara a esto, “seguramente por miedos o mitos que surgen de esta especialidad”, analiza.
Pero cuando empezó con las prácticas, más se dio cuenta de que la oncología pediátrica era su pasión. “Los niños siempre me motivaron; su valentía, su resiliencia y su capacidad de sonreír y sacarte una sonrisa hasta en los momentos más difíciles me inspiran”, concluye, como si hiciera falta que lo dijera.









