Vivimos un momento crítico y excepcional. La inteligencia artificial (IA) dejó de ser una promesa lejana o una discusión reservada a especialistas: ya redefine la productividad, el poder, las instituciones y la vida cotidiana a una velocidad inédita. Para América Latina y el Caribe, la pregunta decisiva no es si la IA será adoptada, sino cómo, bajo qué condiciones y al servicio de qué proyecto de desarrollo. Puede abrir la mayor oportunidad de bienestar en generaciones, pero también profundizar dependencias, desigualdades y riesgos. El desafío no es solo digitalizar más, sino construir capacidades propias para que la IA transforme la economía, el Estado y la vida de las personas con reglas, prioridades y valores definidos también desde la región.
Vivimos más que una época de cambios: asistimos a un cambio de época. La máquina de vapor, la electricidad e internet alteraron la trayectoria de la humanidad, pero ninguna se difundió con la rapidez actual. A la electricidad le tomó más de cuatro décadas alcanzar una penetración masiva en los hogares; ChatGPT llegó a cien millones de usuarios en apenas dos meses. Cerca de 2.400 millones de personas usan cada mes herramientas de IA generativa, mientras el cómputo para entrenar modelos de frontera se duplica aproximadamente cada cinco meses. Esa aceleración exige acompasar la innovación con nuestra capacidad para comprenderla, supervisarla y gobernarla.
El reto es especialmente urgente para una región que enfrenta simultáneamente las transiciones verde, tecnológica y demográfica. La IA atraviesa y condiciona a las demás: la respuesta climática, la protección de nuestros activos ambientales, la consolidación de matrices energéticas limpias, el aumento de la productividad y el cierre de brechas dependerán cada vez más de datos de calidad, cómputo, conectividad, talento especializado y modelos ajustados a nuestras realidades. Todo ello ocurre en un contexto de estrechez fiscal, alta deuda, informalidad, pobreza persistente y bajo crecimiento. Precisamente por eso, la IA debe ayudarnos a hacer más y mejor: elevar la productividad, mejorar el gasto y ampliar el impacto de las políticas públicas.
Esta transformación no ocurre en un vacío geopolítico. Los datos, los semiconductores, el cómputo y los modelos de IA son ya activos estratégicos. En esta nueva geografía del poder, la soberanía digital no debe entenderse como aislamiento ni autarquía, sino como capacidad real de decisión: gobernar nuestros datos, proteger a las personas, contar con marcos regulatorios adecuados, adaptar tecnología, desarrollar capacidades propias y participar en eslabones estratégicos de la cadena de valor. El mayor riesgo sería resignarnos a consumir pasivamente tecnologías creadas por otros y aceptar reglas en cuya definición no tuvimos voz.
Ningún país de la región puede incidir por sí solo en las reglas de la IA global. Una América Latina y el Caribe coordinada, en cambio, puede compartir capacidades, convertir soluciones locales en bienes regionales y negociar desde una posición más sólida. Las decisiones sobre seguridad, acceso al cómputo, gobernanza de datos, estándares, empleo, propiedad intelectual, modelos fundacionales y límites a sistemas autónomos no pueden quedar reservadas a un puñado de empresas, potencias o foros donde la región apenas esté representada. Con más de 650 millones de habitantes, diversidad cultural y desafíos de desarrollo propios, América Latina y el Caribe debe participar con voz, propuestas y capacidad técnica. Esa cooperación debe traducirse en una agenda práctica: regulación moderna, protección de datos, instituciones competentes, infraestructura resiliente, formación de talento, acceso a cómputo y mecanismos regionales de coordinación. No se trata de elegir entre abrirnos al mundo o construir capacidades propias, sino de participar desde una base más fuerte y contribuir a una IA al servicio de nuestros pueblos.
La región tiene condiciones para construir ese camino. Posee minerales críticos —litio, cobre, tierras raras y otros insumos esenciales— y uno de los mayores potenciales de generación renovable del planeta. El desafío es no repetir la historia de exportar riqueza sin agregar valor: convertir esa dotación en industria, conocimiento y encadenamientos productivos asociados a la economía de la IA. Su expansión consume enormes cantidades de electricidad y enfrenta restricciones energéticas crecientes. Nuestra energía limpia puede sostener capacidad de cómputo instalada en la región, indispensable para entrenar, adaptar y desplegar soluciones con menor dependencia externa.
También contamos con un patrimonio menos visible, pero estratégico: nuestros idiomas, contenidos, culturas y formas de entender el mundo. Si queremos que la IA comprenda nuestra realidad y atienda nuestras brechas, necesitamos datos representativos y capacidad tecnológica para usarlos responsablemente. De lo contrario, sistemas entrenados principalmente con datos y visiones ajenas pueden reproducir sesgos, desconocer contextos y homogeneizar la diversidad regional. La soberanía digital es, en este sentido, también soberanía cultural.
Esta mirada no debe confundir prudencia con inmovilismo. La IA abre posibilidades extraordinarias: nuevos descubrimientos científicos, educación más personalizada, eficiencia energética y un salto de productividad capaz de mejorar el bienestar. Puede poner en manos de una pequeña empresa herramientas antes reservadas a grandes corporaciones; transformar el agro, modernizar la industria, fortalecer los servicios públicos y acelerar la innovación. Para una región que arrastra décadas de bajo crecimiento de la productividad, renunciar a esa oportunidad sería irresponsable.
Sería igualmente irresponsable ignorar los riesgos. El desplazamiento laboral, la presión ambiental, la desinformación y la dificultad para distinguir lo verdadero de lo falso pueden debilitar la cohesión social y la confianza democrática. La historia reciente nos advierte: durante la crisis financiera de 2008, la región no dimensionó la masificación de los teléfonos inteligentes ni el impacto que tendrían las redes sociales sobre la educación, la democracia y las relaciones humanas. Nos tomó cerca de 15 años comprender parte de esas consecuencias. No podemos volver a distraernos.
Estas preocupaciones ya no provienen solo de académicos, reguladores o voces críticas de la industria. Quienes están en la frontera tecnológica también elevan el tono. Dario Amodei advierte sobre una disrupción laboral rápida y dolorosa, riesgos de sistemas más autónomos, usos maliciosos y concentración extrema de poder. Sam Altman insiste en salvaguardas, evaluaciones independientes y coordinación internacional. Bill Gates plantea una disyuntiva elocuente: la IA puede ser el mayor igualador de nuestra época o una nueva fuente de injusticia si no se anticipan sus impactos. Desde perspectivas distintas, todos convergen en algo esencial: la innovación avanza más rápido que la capacidad de respuesta de nuestras instituciones.
También el papa Francisco, al dirigirse al G7, definió la IA como una herramienta tan fascinante como temible y recordó una distinción decisiva: una máquina puede realizar elecciones algorítmicas, pero decidir —ponderar consecuencias, ejercer prudencia y asumir responsabilidad— corresponde a la persona. Por eso defendió que exista siempre un espacio significativo de control humano. Más recientemente, el papa León XIV, en continuidad con la tradición humanista expresada en Magnifica Humanitas, ha reiterado que los beneficios y riesgos de la IA deben juzgarse desde la dignidad humana, el bien común y el respeto por la diversidad cultural y espiritual de los pueblos. Esa guía moral es indispensable: la tecnología no puede convertirse en fin en sí misma ni desplazar el centro de la vida social; debe permanecer siempre al servicio de las personas, de su libertad, dignidad y desarrollo integral.
La respuesta exige evitar dos extremos: el entusiasmo ingenuo y el pesimismo paralizante. La IA, por sí sola, no produce prosperidad. Los grandes saltos de productividad aparecen cuando la innovación se combina con talento, instituciones eficaces, datos confiables y nuevas formas de organizar el trabajo. Adoptarla no consiste en comprar herramientas ni automatizar procesos sin criterio; significa transformar capacidades, decisiones y responsabilidades. La tecnología abre posibilidades; son las instituciones y la acción colectiva las que determinan si se convierten en bienestar compartido.
Por eso, CAF —banco de desarrollo de América Latina y el Caribe— ha situado la IA y sus capacidades habilitadoras en el centro de su misión de desarrollo. En abril de este año creamos la Gerencia de Transformación Digital y la incorporamos entre los objetivos misionales de la estrategia institucional para los próximos cinco años, con el mandato de ayudar a los países a traducir la IA y las tecnologías digitales en resultados concretos: mayor productividad, mejores servicios públicos, instituciones más confiables y nuevas oportunidades para personas y empresas.
Ese compromiso exige recursos a la escala del desafío. Duplicaremos el financiamiento anual destinado a iniciativas con componentes significativos de IA y capacidades digitales habilitadoras: de un promedio cercano a 1.200 millones de dólares a alrededor de 2.400 millones. Esto permitirá superar los 12.000 millones de dólares en los próximos cinco años y hará que la IA, los datos, el cómputo, la conectividad y la transformación institucional estén presentes de manera central en más del 30% de las iniciativas financiadas por CAF. Pero los recursos no bastan: será indispensable sumar a otros organismos multilaterales, instituciones financieras, inversionistas, empresas, academia y sociedad civil en torno a una visión compartida.
La agenda debe actuar en tres frentes simultáneos: fortalecer capacidades públicas para usar IA de manera segura, responsable y efectiva; financiar conectividad, centros de datos, infraestructura de procesamiento, ciberseguridad y otros habilitadores críticos; y acompañar la transformación productiva, especialmente de las micro, pequeñas y medianas empresas, para que la adopción de IA se traduzca en innovación, mejores procesos y empleos de calidad.
La pregunta de fondo no es qué puede hacer la tecnología, sino qué sociedad queremos construir con ella. América Latina y el Caribe debe decidir si será espectadora o protagonista: si consumirá lo que otros crean o aprovechará sus minerales, energía limpia, talento, datos y diversidad cultural para participar con voz propia en las reglas de esta nueva era. Esa decisión requiere diálogo político, cooperación técnica y una agenda regional capaz de convertir capacidades nacionales en bienes compartidos.
Desde CAF, la casa común de los países de América Latina y el Caribe, invitamos a construir ese diálogo y a transformar esta agenda en cooperación concreta. Este desafío no puede abordarse de manera fragmentada: requiere gobiernos, sector privado, academia, sociedad civil y socios internacionales trabajando juntos, con una visión compartida y profundamente regional. No caigamos presos de la ingenuidad, del pesimismo ni de la inacción. Avancemos aun en medio de las preguntas. En la integración, el conocimiento y la acción coordinada está nuestra capacidad para hacer de la inteligencia artificial una herramienta al servicio de las personas y para escribir, juntos, una página propia en esta transformación.









