Imaginar ciudades rebeldes | América Futura

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Las calles de la infancia, el primer club nocturno al que se logró entrar pese a ser menor de edad, el restaurante familiar de los domingos, el sillón favorito del abuelo, el árbol frente a la casa.

Y, luego, los mapas de nuestros mundos que se transforman.

El abuelo ya no está, el club ahora es un karaoke y el restaurante se convirtió en un centro comercial. Al árbol, lo cortaron. Y en la esquina, ya no se juega más.

Las ciudades que se habitan desde la memoria, en un tiempo no lineal, con recuerdos que surgen a la vuelta de una esquina que fue especial; que nos recuerdan las cosas que cambian, los sitios que desaparecen y la gente que se va.

Las ciudades no son meros espacios físicos, son sensaciones en el cuerpo.

Pero nuestras ciudades, cada vez más monstruosas, dejan poco espacio para sentir: la expansión urbana fuera de control, la dominación absoluta del coche que empuja a ir, lejos, en busca de vivienda asequible; las oleadas de evacuaciones forzadas por la gentrificación que vuelven la vida inestable y el futuro incierto.

El habitar una ciudad desde la cercanía se convierte, poco a poco, en un privilegio de clase: la segmentación social se traduce en una desigualdad espacial y temporal.

Pero construir ciudades no recae únicamente en los políticos y en los desarrolladores inmobiliarios. Porque la ciudad no es solo algo a lo que se somete, es un derecho humano que se ejerce. Exigimos y resistimos desde la unidad más pequeña: el barrio.

Cuando la ciudad se vuelve vertiginosa, hay que regresar a ese núcleo, a ese barrio de interdependencias que nos sostiene. Y entonces, como dice el teórico social, David Harvey, empezar a pensar en la ciudad desde lo común para cambiar la realidad de alienación, sedentarismo, soledad y violencia que expulsa a los más frágiles.

Necesitamos fortalecer la gobernanza de barrio pues es la escala más fiel para entender lo que sucede en el territorio y la granularidad de los que ahí habitan. Votar por presupuestos participativos para decidir cómo y en qué se gasta el dinero público. Sostener los mercados comunitarios, redes vecinales de cuidado y movilidades alternas.

Porque merecemos vivir en una ciudad que se aproxima desde la cercanía.

La proximidad en todos los sentidos: acortar las distancias físicas vivienda-trabajo, pero también, las de clases sociales para poder cohabitar en diversidad.

Acortar, también, la distancia entre seres. Porque, nunca como ahora, en momentos de crisis, ha sido tan importante encontrarnos con otros: esa proximidad de vínculos que no surge solo de un deseo nostálgico de conectar, sino de una necesidad para sobrevivir. Repensar, entonces, el espacio público que propicia el encuentro y que no debería ocuparse solo para manifestaciones o celebraciones masivas. Lo público como esa expresión tranquila de continuidad con la vivienda.

Porque una sociedad que no puede encontrarse en las calles dice mucho de lo polarizada y fragmentada que está.

La proximidad obliga, también, a pensar en lo vivo y en los más vulnerables: si las infancias y las personas de la tercera edad pueden moverse en sus barrios con más seguridad e independencia, entonces, las ciudades que estamos imaginando serán habitables para todos.

Debemos, también, alejarnos de lo racional. Ordenar el crecimiento territorial, regular los usos de suelo, gestionar las rentas, son prerrequisitos, pero no son suficientes para que la vida surja. Hace falta mucho más. Hace falta crear condiciones para la creatividad. Poder imaginar espacios para desear y vivir la ciudad fuera de la productividad, del consumo y la propiedad privada.

Es, entonces, entender que aquello a lo que aspiramos no debería ser el reflejo de un individuo que desea encerrarse en un condomino para evitar intercambios fuera de su clase social ni que ve a la ciudad con un aura de libertad por el sinfín de opciones: opciones que lo son únicamente para quien tiene dinero. Tejer desde lo común, desde lo que aspiramos como sociedad, es abrirse al intercambio y atreverse a que nos incomode, nos interpele, nos conmueva. Dejarse afectar por todo aquello que nos rodea.

Y es que, al final, los lugares que habitamos y construimos dicen también mucho de lo que somos.

En ciudades que imaginamos de cuidado, resignifiquemos también la definición de la palabra para alejarla del asistencialismo, de ese ser dominante que cuida de algo (alguien) más vulnerable. Es, entonces, como menciona el urbanista Carlos Moreno, dejar de ver al cuidado como una condición de emergencia unidireccional que busca reparar una fragilidad, para transitar a una red que nos sostiene a todos como una práctica rutinaria, presente y cotidiana. Como una condición básica para vivir mejor.

Finalmente, necesitamos, además de poner a los humanos al centro de las ciudades, dejar que la naturaleza se infiltre por las ranuras de esas ciudades megalómanas y antropocéntricas que ya no pueden sostenerse. Es pensar en las sombras de los árboles que contrarrestan las olas de calor que nos sacan de las calles, pero también, en esos otros animales no humanos que pueden contaminarnos con sensibilidades que abren a otros futuros posibles.

Imaginemos y deseemos ciudades que estén listas para sostener todo tipo de encuentros, que nos empujen a caminar y aprender y maravillarnos por lo que nos rodea, porque, ¿cuál es el costo de dejar de mirar?

Imaginemos espacios públicos que inviten a reconocerse en otros. Dejemos que nuestros pasos nos conduzcan a bibliotecas públicas, a museos, a cines comunitarios porque la cultura nos enseña de curiosidad, porque detona nuestra capacidad a emocionarnos y a imaginar.

Y porque al final, de la imaginación surgen otras cosas que se vuelven posibles. Aunque suene a utopía. Emocionarse imaginando ciudades imposibles en las que quisiéramos vivir. Porque no hay transformación sin imaginación, ni transformación sin memoria. Porque no hay transformación sin soñar.

Y entonces, subir al punto más alto de la ciudad y ver la vida extenderse a nuestros pies. Y, desde ahí arriba, buscar su barrio, sus calles, permitir que los recuerdos afloren y pensar que hay lugares de origen, pero también, hay aquellos que se eligen; y dejar de escapar para ir a ninguna parte, porque finalmente, las raíces crecieron hasta sostener un lugar para quedarse.