Para el DJ, productor y gestor cultural Gonzalo Solimano (Villa Urquiza, 1979), todo comenzó en su niñez durante las reuniones familiares en casa de un abuelo melómano.
“Los encuentros se vivían alrededor de la música”, rememora en su hogar y estudio de Pilar. “Eran grandes fiestas en un living gigante, con un sistema de audio increíble que él mismo, fanático de la música clásica y del buen sonido había fabricado con componentes Altec.”
Esta histórica marca es la misma del sistema de parlantes que engalana Artlab, espacio fundado y dirigido por Solimano que desde 2015 cruza música, arte audiovisual y tecnología en Roseti 93, CABA.
Aunque también le da lugar a otras propuestas como, más recientemente, el jazz, Artlab se concentra en la electrónica en sus distintas variantes. “La música pensada para una pista tiene una función muy clara: generar movimiento, trabajar con el baile y manejar la energía colectiva”, comenta Solimano.
“La electrónica experimental puede permitirse investigar otras estructuras, texturas y formas de escucha sin tener necesariamente esa funcionalidad. Hay más espacio para lo imprevisible y para la contemplación. Igualmente, no creo que sean dos mundos completamente separados. Muchas veces se cruzan, y justamente algunos de los artistas que más me interesan trabajan en ese límite.”
Vivimos rodeados de estímulos y consumos.
Solimano empezó a dejar su marca en la escena electrónica como Disc Jockey, una pasión que nació en la adolescencia cuando descubrió las consolas mezcladoras, permitiéndole la transición ininterrumpida entre un disco y otro.
“Vi un mixer en una galería de mi barrio y fue como un llamado que no pude resistir. Con 14 años volví locos a mis padres e hice todo lo que estaba a mi alcance para comprarlo.”
“Me pasaba horas mezclando entre una compactera y un giradiscos económico en mi dormitorio. Comencé comprando CDs de música disco y después llegaron las Technics 1200”, dice en referencia a una de las bandejas arquetípicas de los DJs. “Ahí empecé a comprar discos de música electrónica en la disquería de Hernán Cattáneo de Cabildo y Juramento, Sound Factory.”
Pero Solimano no es un fundamentalista de ningún formato. Uno de los eventos que se realiza en Artlab es Audiófilos, donde se busca recuperar la audición de álbumes completos sin celulares ni otras distracciones. Allí puede sonar tanto Miles Davis como Invisible, Massive Attack o Pink Floyd.
“Hoy utilizamos diferentes ediciones en vinilo, CDs y, en algunos casos, lossless”, explica en referencia a los archivos digitales que no pierden calidad sonora aun estando comprimidos. “Lo importante es elegir el formato que mejor funcione para esa escucha.”
– ¿Estamos en una época de sobreoferta y consumo fragmentado, donde cosas que a fines del siglo pasado eran un hábito común como prestar atención a un álbum cual obra completa ahora son un hecho excepcional?
– Vivimos rodeados de estímulos y de consumos cada vez más inmediatos. Tenemos prácticamente toda la música del mundo disponible en segundos nomás, pero eso no necesariamente significa que escuchemos más o mejor. Hoy cualquier persona puede tener una pantalla con una definición increíble en su casa o incluso en el teléfono, pero muchas veces termina escuchando música desde el mismo parlante del celular, o en sistemas donde el audio ocupa un lugar secundario. Por eso creo que se están valorando nuevamente los espacios donde uno puede detenerse, dejar el teléfono por un rato y escuchar un disco completo.
Música en el aire
Desde hace más de veinte años, Solimano viene editando música, pasando por el CD y el mp3 hasta, actualmente y bajo el propio sello de Artlab, vinilos (el formato de doce pulgadas con un máximo de dos temas por lado es ideal por el tamaño de sus surcos) y streaming. ¿Hacia qué soporte vamos?
“Vivimos muchos cambios tecnológicos y creo que cada formato aportó su propia magia. Hoy tenemos un regreso muy fuerte del vinilo y también se está despertando nuevamente el interés por el CD. Veo a los jóvenes de las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música”, observa.
“También creo que en el futuro los formatos inmersivos van a tener un gran protagonismo”, arriesga en referencia a estándares como el Dolby Atmos. “A medida que avanza la tecnología, equipos que antes eran muy caros llegan a más personas.”
Tanto Audiófilos como Círculo de Sonido, donde Solimano y otros DJs mantienen la tradición bailable de la música house son sonorizados por un tesoro vintage de una época de gloria para el sonido analógico: parlantes Altec modelo A7, creados en 1954:
“Tenemos una colección de ocho sistemas, dos de ellos todavía sin terminar porque es muy complejo conseguir las partes originales y en buen estado. Recopilamos información que indicaría que provienen de un cine emblemático de Buenos Aires, pero todavía no pudimos verificarlo”.
– ¿Cómo se da el “maridaje” entre una tecnología clásica y los sistemas modernos?
– La sala es visitada por importantes sonidistas y audiófilos, y muchos se siguen sorprendiendo de la calidad y la vigencia que tiene el sistema. Para los artistas trabajar con este audio abre posibilidades muy interesantes y les permite mostrar sus obras con un nivel de definición y una experiencia de escucha muy particular.
Con Moria tenemos algo en común: nos gusta mucho el house.
– También crean con Inteligencia Artificial. ¿Cuál te parece la forma adecuada para aproximarse a ella de una manera más creativa que perezosa?
– Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos. En un mundo donde cada vez es más difícil tener una voz propia, la IA va a poner todavía más en evidencia la diferencia entre quienes solamente utilizan una herramienta y quienes realmente tienen algo que contar. Puede ampliar muchísimo nuestras posibilidades, pero la idea, la sensibilidad y la mirada tienen que seguir siendo humanas.
Un Creamfields experimental
Artlab también oficia de sede de la versión local del festival MUTEK, originado en Canadá en 2000, cuya octava edición porteña se está desarrollando en este momento y cierra este domingo. “Cuando traje MUTEK a la Argentina en 2018 tenía la visión de generar un puente entre los artistas locales y el mundo dentro del universo del arte y la tecnología”, recuerda Solimano.
“MUTEK era ideal porque es una red global donde los talentos locales pueden ganar visibilidad y abrir su proyección internacional. Está ligado a la creatividad digital, el arte, la experimentación audiovisual, la música electrónica y las nuevas tecnologías.”
Para quien la idea de un festival de electrónica sólo lo remite a Creamfields, MUTEK ofrece otra cosa. “Son propuestas con objetivos y escalas muy diferentes”, compara. “Creamfields está orientado a una experiencia masiva. Ambos pueden ser importantes dentro de un ecosistema porque responden a experiencias y públicos diferentes.”
Antes de su ubicación actual en un predio de 540 metros cuadrados en Chacarita, Artlab hizo base durante unos años en el entonces llamado CCK, hoy Palacio Libertad. Solimano tiene mucha experiencia tanto con el patrocinio de empresas privadas como con el apoyo de entes estatales. “Había un aporte público y nosotros también hacíamos un aporte muy importante” dice de esos años. “Cuando gestionás un espacio privado, podés manejar la agenda y las prioridades del proyecto y eso te da mucha más libertad y la posibilidad de trabajar con una visión de largo plazo. En nuestro país todavía es difícil encontrar un equilibrio sustentable entre proyectos culturales, el sector público y el sector privado. Cuando esa articulación entre los tres funciona, puede ser muy potente.”
– ¿Cuál te parece que tiene que ser hoy en Argentina el rol del Estado en cuanto al apoyo de emprendimientos culturales?
– El Estado tiene que ser un aliado que genere condiciones para que puedan crecer. El trabajo tiene que ser entre el sector público, el privado, los artistas y las instituciones, cada uno desde su lugar y con su responsabilidad. Las industrias culturales generan trabajo y actividad económica, pero también identidad, comunidad y una forma de mostrar nuestro país al mundo. Para mí es importante que existan políticas que acompañen el desarrollo de nuevos artistas, espacios y proyectos, sobre todo en las etapas donde todavía necesitan apoyo para crecer.
– Entre 2021 y 2023 estuviste a cargo del espacio de arte y tecnología en el festival porteño Ciudad Emergente. ¿Debería rescatarse una propuesta así?
– Me parecía interesante justamente porque era una plataforma donde aparecían nuevas escenas y artistas que después podían hacer su propio recorrido. Siempre es valioso que existan espacios de ese tipo. No sé si tiene que volver exactamente con el mismo formato, porque la cultura cambia todo el tiempo, pero sí necesitamos plataformas que estén mirando qué está apareciendo ahora y ayuden a darle visibilidad.
La música de la One
Este año muchos escucharon quizá sin saberlo a Gonzalo Solimano, ya que fue el responsable, en colaboración con Ronan Portela, de la música de apertura y cierre de la serie biográfica de Moria Casán, producida y emitida por Netflix. “Moria nos compartió muchos tracks importantes de diferentes épocas de su vida, y fue muy interesante descubrir que varios estaban alineados con música que yo mismo había tocado durante años, sobre todo en los noventa. Con Moria tenemos algo en común: nos gusta mucho el house.”








