Después de pasar como país invitado por las principales ferias del libro de América Latina, entre las que se cuentan la de Guadalajara en 2024, la FILBo de Bogotá el año pasado y la 28ª Bienal Internacional del Libro de São Paulo, en septiembre próximo, España sumará a ese recorrido en 2027 una cereza del postre: la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que ya entusiasma a los funcionarios, según le dice a Clarín esta tarde de sábado el catalán Jordi Martí Grau, secretario de Estado de Cultura, que voló a la Argentina para recibir el rol como país Invitado de Honor: “Queremos mantener y reforzar este espacio cultural compartido”, asegura.
En unos minutos, recibirá de manos del embajador de Perú en la Argentina, Carlos Alberto Chocano Burga, el honor de ese rol que ahora compromete a países y ya no a ciudades, pero antes de eso, está dispuesto a explicar los objetivos de esa presencia, cómo se conformará la comitiva de autores y autoras que vendrán el año que viene y analizar el rol de la cultura cuando se la gestiona desde el Estado.
–España lleva desde 2024 recorriendo las principales ferias culturales del continente. ¿Cuál es el objetivo que subyace a esa participación sistemática?
–Hay un objetivo general, que forma parte del quehacer del Ministerio de Cultura en España, que es la promoción de la cultura española en el exterior. Y con eso casi justificaría el poder hacer toda esta gira por las grandes ferias. En particular, le quisimos dar un acento especial en el ámbito latinoamericano porque hemos estado también en ferias de otros territorios, pero nos parecía que es importante mantener y reforzar este espacio cultural compartido, que además ahora se ha acentuado por la gran cantidad de latinoamericanos que están viviendo en España. Por eso, digo que cuando venimos a Guadalajara, a Buenos Aires e incluso a San Pablo, aunque la lengua no sea común, no llegamos ahí a exportar, vamos a reforzar un espacio común, a vernos con amigos y a hacer nuevos amigos. Por eso, hacemos una cosa que es muy curiosa y que sorprendió en las primeras ferias: la delegación española de escritores que mandamos está formada por autores españoles en toda su diversidad. Llevamos escritores en catalán, escritores en gallego, escritores en euskera, incluso en asturiano, pero también traemos, como sucedió en la última Feria de Bogotá, escritores de origen latinoamericano que viven en España (y que representaban casi un 20% del total de los que viajaron).
–Con estos antecedentes, ¿España tiene una propuesta básica que luego adecúa a cada país o se planifica cada participación desde cero?
–Hay temas comunes. Presentar un canto a la diversidad ha sido un elemento común, que para nosotros es muy importante y ha sorprendido mucho, porque siempre se piensa al espacio cultural iberoamericano como un espacio cultural con el idioma español como lengua, pero ocurre que los países latinoamericanos son diversos y esto sucede de un lado y del otro del mar. Entonces, el primer elemento común ha sido ese canto a la diversidad, que creo que ha caído muy bien en general en todos los contextos culturales, porque hay un reconocimiento y un respeto hacia los pueblos originarios. Y también el reconocer incluso las violencias, como ahora hemos hecho con México. Y hay otra cuestión importantísima, que es el agradecimiento a los países latinoamericanos, como el caso de Argentina también, que acogieron el exilio español. Luego, por descontado, hay aterrizajes en cada sitio, que han tenido elementos distintos. En Colombia, por ejemplo, hemos trabajado con el tema de los derechos culturales, del vínculo con la sostenibilidad, ya que allí hay una preocupación en ese sentido. En México, el exilio republicano ha sido importante y, además, el reconocimiento a esa diversidad de origen.
–En ese caso ha habido una polémica con la presidenta Claudia Sheinbaum, que mantiene su postura de exigir disculpas a la Corona española por los abusos durante la Conquista.
–Fíjate, la polémica nos la encontramos. Y la primera semilla que ha acabado superando la polémica, de alguna manera, fue la presencia de España en Guadalajara. Primero, el comisario era Sergio Ramírez, de origen nicaragüense, Premio Cervantes y que vive ahora en Madrid. Era un gesto. Y, por tanto, ahí empezó, en el espacio de la cultura. Porque podemos tener diferencias, pero no podía ser que con México hubiera esa fractura. Entonces, ha servido para promocionar los grupos editoriales españoles, sí, pero hemos hecho cosas, desde mi punto de vista, más importantes y superadoras para tejer esa relación.
–¿Hay un foco que ya hayan pensado para la presencia del año que viene en la Argentina?
–Es un poco reciente y vamos a darle vueltas, pero, fíjate, creo que si algo debe simbolizar la presencia de España en la Feria del Libro es un alegato contra la censura y a favor de la diversidad creativa y de la libertad de expresión. Nos preocupa cada vez más. No voy a hablar de casos argentinos, pero en España ha habido censura a festivales de Miguel Hernández, de Federico García Lorca, cosas que en mi mente –que llevo ya unos cuantos años trabajando en este sector– formaban parte del pasado. Eso está ocurriendo en España. Y obviamente está ocurriendo en el mundo. Y creo que un espacio como este, viendo los títulos clásicos y contemporáneos y la gran diversidad de autores y de voces que hay en la Feria de Buenos Aires, debe ser un grito a favor de la libertad de expresión, contra la censura y también contra los nuevos tipos de censura. Y quizá también toque decir claramente que, a pesar de que sea una feria donde se compra y se venden libros, hay cultura más allá del mercado. Que el mercado nos articula una parte de la industria cultural, importantísima y con un valor económico importantísimo, pero que la creatividad, la creación, la capacidad de imaginar, el hacerse las preguntas imposibles, el pensar lo impensable, esa es la función cultural que va mucho más allá de la dimensión económica de este sector. Y si el Estado, si el sector público, no acompaña, no protege y no cuida, estamos ejerciendo una forma de censura, porque los artistas, pintores, actores y músicos necesitan y exigen esa protección de lo público y creo que eso también tiene todo el sentido de decirlo y gritarlo fuerte en Buenos Aires.
–La delegación y la programación que traerán, ¿están pensadas desde Madrid o se consulta con las regiones autonómicas sobre sus propios sistemas culturales?
–Hay una cosa importante, y nos ha generado algún problema en estos últimos años, y es que el Ministerio de Cultura de España habla todas las lenguas: yo soy catalán, el ministro también, pero tenemos gallegos, tenemos vascos, tenemos gente de todos los territorios y nos sentimos y estamos ejerciendo un perfil de política pública muy reconocedora y muy cercana a esta diversidad. Normalmente, lo que hacemos es generar un equipo de comisarios con buena sensibilidad y relaciones, que a su vez utilizan gente y antenas en cada territorio para ver qué voces hay. Algunas son muy indiscutibles, porque la cultura siempre acaba consolidando a algunos artistas y hay escritores que tienes que traer. Pero también nos interesa que la feria sirva para descubrir voces distintas, estos autores que empiezan a tener una cierta carrera en su país, pero que les cuesta dar el salto a nivel internacional. Esos van a estar en Buenos Aires seguro. Y para hacer esa selección utilizamos una red muy ancha. También hay una muy buena colaboración con los institutos de las distintas lenguas que existen en el país, con el Institut Ramon Llull, con el Etxepare Euskal Institutua, que son los que tienen contacto directo con cada uno de los ecosistemas. Más allá de alguna polémica puntual de un escritor que se ha quejado, siempre hemos tenido un muy buen equilibrio entre voces consolidadas (y que también el público argentino espera que España traiga), con voces y lenguas con diversidad. En concreto, además, celebraremos el centenario de la Generación del 27, que además tuvo una presencia importantísima también en Buenos Aires y que seguro que conectará con sensibilidades de la propia ciudad y del propio país.
El catalán Jordi Martí Grau, secretario de Estado de Cultura de España. Foto: Matías Martin Campaya.–Parece haber dos grandes paradigmas en lo que refiere al ámbito de la Cultura: Estados que la consideran una inversión que genera retornos de distinta naturaleza sobre su ciudadanía y otros Estados que la consideran un gasto y que actúan, en todo caso, como promotores de la inversión privada. ¿Cuál es la mirada del Estado español al respecto?
–Lo primero que se me ocurre pensar es que realmente, si uno está en la Argentina y gobierna, tener actitudes de poco apoyo a la cultura parece casi paradójico en un país con esta capacidad y con esta implicación en relación con la cultura. Déjame decirte una cosa que no tiene que ver con la pregunta, pero es algo que nos ha sorprendido mucho de las ferias en las que hemos estado en Latinoamérica y que es la relación distinta en los acontecimientos, en los actos, en las presentaciones, entre el público y los ponentes. En España, hay una actitud, digamos, un punto más distante. En Latinoamérica, hay como un hambre de cercanía a los autores, ves caras de entusiasmo y de cercanía. Yo, que me he dedicado a las políticas culturales siempre, pensaba: “Ha de ser un gustazo trabajar en un país de estos porque trabajas en algo donde la exigencia será muy grande, pero siempre será por más exigencia, no por menos”. En cambio, uno se encuentra con la paradoja de que ahora a algunos les parece que se hace demasiado y que hay que recortar. Bien, volviendo a la pregunta: el paradigma que hemos situado en el centro del tablero es el de considerar los derechos culturales. El debate histórico después de la Segunda Guerra Mundial es: ¿hay que poner mucho dinero en la cultura o hay que dejar que el sector cultural, la industria, y el mecenazgo se ocupen? Nosotros hacemos políticas culturales, igual que hacemos políticas sanitarias o educativas. Con lo cual, las bibliotecas ya no son un elemento más, dar apoyo a la industria cultural ya no da igual, o al teatro de la ópera o al cine. Todo forma parte y configura un derecho de los ciudadanos. ¿Y ese derecho cómo se declina? Primero, el derecho al acceso. Todo ciudadano tiene derecho al acceso cultural, a toda la cultura. No aquella que le es fácil porque se transmite por los canales del mercado, sino también aquella que es más difícil. De manera que solo por esta declinación del derecho a la cultura, ya es indispensable el papel del Estado. Pero después decimos el derecho a la creación. Aquí tenemos unos retos con el tema de la IA y de las tecnologías, en los que lo público debe normativizar y debe garantizar el desarrollo tecnológico con el respeto al derecho de autor y a la propiedad intelectual. Pero los derechos no acaban aquí, también está el derecho a la participación en la vida cultural. Y aquí hablamos de minorías, de luchar contra sesgos, como el de género, obviamente, pero también los sesgos de clase. Es distinto según el distrito postal donde uno ha nacido, el acceso y el derecho a la participación en la vida cultural. Ahí yo no me imagino que eso el mercado lo pueda resolver. Lo digo porque los que defendemos un papel público muy importante no estamos para nada en contra de la industria cultural, ni en contra del mercado, ni de que se celebren ferias. Estoy en una feria en la que básicamente se compran y venden libros. Simplemente es decir: hay vida cultural más allá del mercado y el espacio público tiene que estar acompañando, facilitando el acceso y facilitando que cualquier ciudadano tenga acceso.
Jordi Martí Grau básico
- Nació en Barcelona, en 1965. Es gestor cultural y político, actualmente secretario de Estado de Cultura desde 2023.
El catalán Jordi Martí Grau, secretario de Estado de Cultura de España. Foto: Matías Martin Campaya.- Licenciado en Ciencias de la Educación, ha desarrollado su carrera en la gestión pública, destacando como gerente y delegado de cultura del Ayuntamiento de Barcelona.
- Militó en el PSC durante más de 20 años y fue presidente de su grupo municipal. Tras su salida del PSC, colaboró con el Moviment d’Esquerres y luego con el equipo de Ada Colau, siendo una figura clave en la política municipal barcelonesa.
- Ha dirigido áreas de cultura, educación y economía, y ha presidido organismos estratégicos de la ciudad.
- Es padre de cuatro hijos y abuelo de dos niños.







