El mundo lo vio bailando y cantando a Javier Milei. Asi se exhibe en escenarios internacionales, como en el caso de Israel este fin de semana, mientras en casa, el oficialismo se lastima y autoagrede en una interna feroz.
No es una exageración: es una dinámica que ya dejó de ser ruido para convertirse en una constante. La pelea no es solo arriba. Es transversal. Por un lado, la confrontación pública entre Lilia Lemoine y Daniel Parisini expone un nivel de desorden que trasciende lo anecdótico. No es una discusión ideológica. Es una disputa por visibilidad, por influencia y por cercanía al poder real. En paralelo, el núcleo de tensión se da en la cima: Karina Milei y Santiago Caputo protagonizan una pulseada silenciosa pero determinante. No compiten por cargos formales, compiten por algo más importante: el control del acceso al Presidente y la definición de la estrategia política.
Esa tensión se proyecta hacia abajo, como para nombrar otro caso delicado, la disputa entre Federico Sturzenegger y Luis “Toto” Caputo ya no puede leerse solo en clave técnica. Es poder puro. Es quién define el rumbo económico… y quién administra sus costos.
Esto no les gusta a los autoritarios
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A ese mapa se suma otro frente menos visible pero igual de relevante: el conflicto permanente entre legisladores y armadores políticos con Sebastián Pareja, encargado de ordenar o intentar ordenar un espacio que nació sin estructura y hoy paga ese pecado de origen.
Y en el medio de todo eso, aparece una figura que empieza a mostrar signos de aislamiento: Manuel Adorni. Su rol como jefe de gabinete es solo apoyado por Karina y su grupo, en un escenario que convive con tensiones internas y conflictos judiciales que lo dejan cada vez más expuesto y, paradójicamente, más solo dentro del esquema de poder.
Este no es un gobierno en debate. Es un gobierno en disputa.
Y mientras esa interna acontece, la economía real queda en segundo plano. La inflación puede desacelerarse en los números, pero la percepción social sigue marcada por la incertidumbre, la fragilidad y la falta de certezas. El país no está bien ordenado, está “contenido”.
En ese contexto aparece una herramienta silenciosa para el gran público pero muy efectiva para el poder, como es la disputa entre gobierno, provincias y acreedores de la deuda flotante.
El Gobierno nacional encontró en ella algo más que un recurso administrativo. Encontró un mecanismo de poder.
No pagar. Postergar. Acumular. No es un accidente. Es una decisión.
Cuando la Nación dejó de cumplir el fallo de la Corte Suprema, el vínculo con las provincias dejó de ser coordinación para convertirse en subordinación. La deuda ya no es solo deuda: es palanca salvadora.
Los números ayudan, pero no alcanzan. Más de $5,6 billones en gastos devengados y no pagados en lo que va de 2026. Unos 4.000 millones de dólares. El 3,6% del presupuesto.
Pero lo relevante no es el volumen. Es el mecanismo.
El Gobierno no paga porque no puede… pero también porque no quiere pagar todavía.
Cada peso retenido cumple dos funciones simultáneas.
Primero, fortalece la narrativa económica. No desembolsar cifras millonarias permite sostener un equilibrio fiscal que, en parte, es contable. La foto cierra… porque hay obligaciones que se corren fuera del cuadro.
Segundo y muy importante, construye dependencia.
Cuando una provincia acumula acreencias millonarias, deja de discutir política y empieza a negociar supervivencia. Ya no es federalismo: es liquidez. En ese terreno, el poder cambia de manos. Porque hay un movimiento de reparto con manejo selectivo del grifo, se retienen pagos, se liberan fondos de manera quirúrgica y eso no es casual. Es estrategia.
Se abre la caja para algunos. Se cierra para otros.
Las provincias que reciben alivio no conforman un mapa fiscal, sino político. Gobernadores oficialistas, dialoguistas y opositores conviven en ese esquema. No importa la identidad. Importa la utilidad.
Claramente los recursos aparecen cuando los votos hacen falta.
Así, el presupuesto deja de ser planificación y se convierte en negociación. El federalismo se vuelve transaccional.
No hay reglas automáticas. Hay administración estratégica. Y también hay castigo político.
Se retienen fondos para generar necesidad, y se liberan fondos para construir alineamiento. No es solo ajuste. Es arquitectura solo de poder.
En paralelo, aparecen intentos aislados de discutir lo estructural, como los planteos de Rogelio Frigerio sobre coparticipación y orden fiscal. Pero esa discusión queda subordinada a la urgencia.
Porque cuando hay que pagar sueldos o sostener servicios, no hay teoría que valga. Se negocia y esa negociación desigual, el Gobierno deja de ser coordinador para convertirse en el centro del sistema. No confronta administrar el flujo. El ajuste ya no es solo un programa económico. Es una herramienta de ordenamiento político. Mientras arriba se pelean por poder, influencia y cargos, abajo se redefine algo mucho más profundo.
Para el New York Times, Milei quiere “reprogramar la mente de los argentinos”
Asistimos asi a una verdadera reconfiguración del federalismo por vía financiera.
Cuando la política se financia con dependencia, el federalismo deja de ser un sistema, se convierte en una concesión.
MV CP








