facturan un 41,5% menos y gastan un 31,1% más

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Las librerías atraviesan uno de sus peores momentos desde la crisis de 2001. En los últimos días, dos comunicados declararon la emergencia librera. El primero, de la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines (Falpa), declaró la grave situación que atraviesan las librerías independientes de todo el país.

Una encuesta nacional realizada por Falpa sobre una muestra representativa del universo de aproximadamente 1.200 librerías independientes muestra un deterioro del sector entre 2023 y 2026. Tomando 2023 como base, la caída de las ventas reales representa una disminución del 41,5%, mientras que los costos operativos aumentaron un 31,1%. En el mismo período, la cantidad de libros vendidos cayó un 25%.

La situación se profundiza, según la entidad, porque también se advierte un deterioro en los índices de lectura y comprensión lectora. “Preservar las librerías es también preservar el acceso al libro y a la lectura en cada ciudad y pueblo del país”, dice Falpa.

Invalorable capital cultural

La Fundación El Libro acompañó a Falpa con otro comunicado, en el que destacó que “las librerías independientes constituyen un invalorable capital cultural. Son los espacios que garantizan la bibliodiversidad, dan visibilidad a sellos editoriales pequeños y medianos, y ofrecen la mediación comprometida de los libreros. Si estos espacios cierran, se empobrece el ecosistema editorial, se profundiza la desigualdad en el acceso al libro y se debilita aún más la formación lectora en nuestro país”.

Los libreros reclaman a todos los gobiernos –nacional, provinciales y municipales– medidas urgentes para sostener la red de librerías independientes de la Argentina.

Librerías Villa Crespo. Archivo Clarín.

No es noticia decir que la actividad económica vive una etapa de recesión en numerosos rubros. La fiesta del derroche de recursos públicos del gobierno anterior es el argumento de la administración actual para ajustar, sobre todo, en el escenario de la cultura. Cuando ésta no constituye una prioridad, la situación se agudiza.

No obstante, hay distritos que apuestan a la cultura como inversión. El Ministerio de Desarrollo Económico de la Ciudad adoptó una medida de carácter urgente para ayudar a las librerías porteñas. El sábado 31 de octubre y el domingo 1° de noviembre, el Ministerio de Desarrollo Económico y la Fundación El Libro organizarán una “Feria de Oportunidades” sobre la tradicional Avenida de Mayo, con propuestas para promover la lectura, el encuentro y el movimiento comercial en uno de los corredores más emblemáticos de la Ciudad.

“La Feria de Oportunidades es una medida para que las editoriales saquen libros a precios promocionales”, nos dijeron fuentes del Ministerio de Desarrollo Económico.

Así lo confirmó a Clarín el ministro Hernán Lombardi, a cargo del área. “Desde la Ciudad estamos previendo nuevas medidas para sostener el ecosistema del libro. Durante el primer semestre de 2027, las librerías porteñas estarán exentas del pago del Alumbrado, Barrido y Limpieza (ABL), para aliviar la carga impositiva de los comercios, y acompañar a un sector clave para la identidad cultural y la actividad económica de Buenos Aires. Recordemos que ya no pagan Ingresos Brutos”, subrayó el ministro.

Y es cierto que hay otros impulsos desde el gobierno porteño para acompañar a los libreros a sostenerse en medio de la recesión. Además del clásico de la Noche de las Librerías, ya instalada en el calendario cultural porteño, está la Ruta de las Librerías de Barrio, programa de Desarrollo Económico con el Ministerio de Cultura, a cargo de Gabriela Ricardes.

Esta iniciativa ha permitido alcanzar ya este año a 18 barrios con seis nuevas ediciones especiales. Desde Almagro y Balvanera hasta Villa Ortúzar y Villa del Parque, la geografía porteña crece en estas rutas que ponen a las librerías de los barrios en lugar central. La Ruta empieza este viernes en Fetiche, en el barrio de Palermo.

Cecilia Fanti, de Céspedes Libros. Archivo Clarín.

La palabra de los libreros

Aún así, desde abril a la fecha vienen cerrando librerías tradicionales. Por ejemplo, AARS Libreros (La Librería de Ana) en Recoleta, con más de 40 años de historia; Gauderio Libros, en Balvanera, con diez años de existencia; Nuestro Arcón, en Palermo; y Antigua Fray Mocho, que funcionaba desde 1969 en Sarmiento 1832, barrio de San Nicolás. A estos cierres se sumó Librería Caz, en Rosario.

Habrá quien diga que son pocos cierres comparados con la cantidad –afortunadamente– de librerías que tiene nuestro país y, en particular, Buenos Aires. Pero el tema no es cuantitativo cuando se habla de cultura. Una librería menos en un barrio o en una ciudad es un espacio menos de encuentro, de intercambio y de creación de comunidad.

Nadie se atrevería a desconocer que, en un mundo cuyos líderes desconciertan por sus desaciertos, crear comunidad se hace imprescindible.

El fenómeno sin duda se ha agudizado. Nobleza obliga: ya en 2020-2021, con la pandemia y el cerrojo de la cuarentena del gobierno de Alberto Fernández, habían cerrado íconos como la Librería de las Luces y la histórica sede de Hernández sobre avenida Corrientes, por mencionar algunas. Sin duda, este año es el más duro para las librerías independientes que venden sobre todo novedades o libros de catálogo, y las especializadas en libros usados.

Dialogamos con algunos libreros que, huelga decir, coinciden en que atraviesan horas muy difíciles. Por ejemplo, Cecilia Fanti, de Céspedes, nos dice que en ventas promedio, está un 20% por debajo en comparación con igual período del año anterior, pero en facturación, la caída es de más de un 30 por ciento.

“Mientras tanto –agrega–, el alquiler subió un 40%. Nosotros vendemos bestsellers literarios. Nuestro top está integrado por Samanta Schweblin, Lucrecia Martel y Durian Sukegawa (autor de “Dorayaki” o “Una pastelería en Tokio”). En libros de coyuntura, nuestro más vendido es el libro de memorias del Indio Solari.”

Dice Fanti que, desde que abrió la librería hace nueve años, esta es la primera crisis brava que atraviesa. Y nos comparte un dato demoledor: “En ventas, lo que más bajó es el segmento infantil. Había abuelos que les regalaban libros a sus nietos, o padres que venían semana por medio, o docentes que compraban. Ahora pasan sin pena ni gloria. Estiran el libro que compraron o van a las bibliotecas”. Para quienes hemos sido niños lectores, es realmente un dato desolador.

Sebastián Vera Céliz, de Magia Libros, en Palermo, nos cuenta que en su espacio la caída de ventas es del 20% comparando con el mismo período del año último, pero se extiende al 35% comparando con las ventas de 2024.

Nacho Iraola en Naesqui. Foto: Emmanuel Fernández.

“Estábamos vendiendo alrededor de 750 títulos por mes. Ahora vendemos cerca de 400. Más allá de los bestsellers, trabajamos catálogos de editoriales independientes. Estamos en Palermo hace unos diez años. Hemos sobrevivido a la pandemia, pero nunca habíamos tenido una crisis así, y eso que habíamos vivido otras”, agrega.

La mitad que en 2023

Santiago Martínez Laíno, de la Librería La Gata y la Luna, ubicada en Núñez hace trece años, nos cuenta que están vendiendo “entre un 30% y un 35% menos que el año anterior. Y la mitad de lo que vendíamos en 2023”.

Agrega que tiene dos trabajos –como el 99,9% de los argentinos– y su mujer también. Y nos aclara que en pandemia no sufrieron tanto la recesión pues hacían delivery “y no había otros consumos culturales”.

Martínez Laíno aclara que 2022 y 2023 también fueron años malos para La Gata y la Luna, pero la baja permanente se sostiene después de 2021, “pero se ha incrementado en los últimos años. Por ejemplo, para las fiestas de fin del año 2025, casi no se vendieron libros infantiles, que siempre se vendían un montón. Pero claro, las bajas de las jubilaciones hacen que los abuelos que compraban libros para sus nietos opten por comprar chucherías de China”.

La Noche de las Librerías de  2025. Foto: Mariana Nedelcu.

El librero dice que “lectores habituales que compraban cada dos semanas pasaron a comprar cada mes y medio. Y ahora compran cada tres meses o de vez en cuando. El hecho de quitar las cuotas sin interés o las cuotas fijas baja mucho la posibilidad de hacer ventas. Ahora solo si tenés promociones de bancos podés dar cuotas”.

Un dato que marca Martínez Laíno es que su librería vende menos en pesos, es decir, en efectivo. Un día normal vende en promedio 400 mil pesos. “Hoy, por ejemplo, vendí tres libros. Eso serán 90 mil pesos. Este es el panorama”, nos comenta.

¿El precio del libro es caro? Sí, lo es. Para un sueldo promedio hoy, planchado y sin aumentos que sigan el de la inflación, el libro llega a la librería con un precio único que no baja de 40 mil pesos. Nos lo dice la empleada en Librería Nativa. Y subraya que para pagar el alquiler del local en Recoleta “hay que desangrarse. Nosotros tuvimos que cerrar otra librería que teníamos en Caballito”.

Para cerrar nuestra recorrida, en la tradicional Librería Norte nos dijeron que –dependiendo del mes– la baja en las ventas oscila entre el 25 y el 30 por ciento. “Es notable el deterioro en la actividad durante el actual gobierno”, afirma el encargado de la librería.

El mejor corolario nos lo dejó esta tarde el librero Jorge Friedenthal, librero desde hace 50 años, cuyo acervo son los libros raros, agotados, usados y nuevos. Alquila un diminuto local en una galería de las avenidas Santa Fe y Pueyrredón. Le compramos un libro inhallable por Mercado Libre y nos contó cómo observa el ecosistema del libro. Nos dice que la crisis va más allá del precio y la recesión. Hay un cambio cultural.

La Noche de las Librerías de  2025. Foto: Mariana Nedelcu.

Para Friedenthal, “el cambio es muy grande. La gente ni siquiera entra a preguntar un precio. Se acerca, mira por la vidriera y sigue de largo. Pareciera que ya no hay interés. Y tampoco hay promoción del libro en las escuelas. Yo lo he vivido. Hubo una época en que los libreros íbamos a las escuelas a hablar con los alumnos”, recuerda.

Nos fuimos mascullando que la crisis no es solo librera. Quizá, en lo profundo, la tragedia argentina sigue siendo educativa, como escribió notablemente Guillermo Jaim Echeverry en 1999.