El ensayo Extremo. Cómo la cultura de la transgresión y su censura nos han llevado al fascismo (Libros Walden, 2026), de Manuel Moreno, plantea una interesante tesis: si la censura y las guerras culturales contribuyeron a alterar el significado de lo transgresor. Y cuando esos movimientos culturales fueron censurados para las grandes masas y acabaron en foros de Internet, alimentaron el fascismo y la ultraderecha, entendidos hoy, por algunos, como “el nuevo punk”. El autor (Madrid, 48 años), adscrito a la cultura —y a la forma de trabajar— del universo fanzinero, es una figura algo atípica de la escena musical y libresca madrileña. Ha investigado las publicaciones underground españolas en Todo era posible (2020) y Papeles subterráneos (2021), además de escribir las estupendas novelas Por la magia (2022) y Último baño (2025).
¿Qué se pierde cuando se dice que la derecha es “el nuevo punk”? Se pierde todo el contexto anterior. La gente de mi edad, y quizá algunos años más joven, vivió la música industrial, el cine gore y todo aquel universo. Aunque no fueras su público, sabías que existía porque tenía una presencia enorme, casi mainstream. Marilyn Manson, por ejemplo, llegó a ser mainstream haciendo algo muy extremo. Y en los ochenta y noventa las sectas y los asesinos en serie también entraron con muchísima fuerza en la ficción. Cuando ahora se habla de que la derecha es el nuevo punk se olvida que muchos de esos códigos pertenecían en los noventa a la contracultura de izquierdas o, en general, a la cultura alternativa.
¿Por qué aquella cultura de la transgresión se convirtió en una carrera por ir cada vez más lejos? La transgresión tuvo algo de moda que apareció en un momento en el que la censura empezaba a desaparecer o a relajarse. En Estados Unidos se eliminó el Código Hays, en Inglaterra también se rebajó la censura y en España ocurrió después de la muerte de Franco. Al principio existía una voluntad de explorar todo aquello que antes no se podía mostrar. Después empezó una especie de carrera por hacer algo todavía más bestia que lo anterior. La banda británica Throbbing Gristle, por ejemplo, venía de la performance y tuvieron cierto éxito durante la época del punk y de los sellos independientes, cuando se valoraba muchísimo la originalidad y la diferencia. Pero todo termina influyendo en Nine Inch Nails o Marilyn Manson, que en los noventa llenaban estadios.
Eran conciertos y performances donde había pornografía, violencia o simbología nazi. ¿Daba galones soportar lo que otros no podían ver? Había esnobismo, elitismo, como en toda subcultura artística o musical, y un punto muy masculino. He intentado señalarlo porque alguien me ha dicho que no hay muchas mujeres en el libro. Era una provocación muy de macho, de testosterona: “Yo soy muy cafre”. Había gente que alardeaba de cosas depravadas porque en esos ambientes estaba bien considerado. En el entorno gótico e industrial había una fascinación con la muerte y la sangre. Según qué cosas, había una justificación u otra, pero también era una forma de mostrar masculinidad o de decir: “Yo soy mucho más progresista que nadie”.
¿Cuándo deja de servir la explicación de que se está simplemente jugando con una estética? Death in June [grupo musical de estética oscura, militar y provocativa] venían de Crisis, un grupo punk de ultraizquierda. Pasan a hacer Death in June y siguen actuando en los mismos sitios, en entornos de izquierda, pero vestidos de nazis, con letras hablando de nazis. Decían que exploraban los límites o lo que pudiera haber de fascinante en el nazismo. Al principio nadie piensa que son nazis porque hace dos días estaban diciendo lo contrario. Pero si llevas 40 años con esa imaginería, esas letras, esas relaciones, haciendo versiones de canciones nazis, te acusan todo el tiempo y no lo niegas ni lo explicas, tienes unas filias demasiado cercanas. Otros artistas utilizaron esos elementos durante una etapa como forma de provocar y después pasaron a otra cosa.
¿Y qué ocurre cuando esa provocación llega a un público que desconoce sus códigos? El contexto es importante, el contexto es todo. Death in June estaban tocando en salas con gente de su círculo. Hablo también de Gabinete Caligari, que dijeron en un concierto: “Somos Gabinete Caligari y somos nazis”. Todavía no eran conocidos. Sería una sala con gente que entendía lo que estaban haciendo; nadie pensaba que fueran nazis de verdad. Algo parecido pasa, sin ser ese mismo rollo, con las Vulpes en televisión [por aquella escandalosa actuación en la que cantaron Me gusta ser una zorra en horario infantil]. Ya no estás tocando para gente que entiende tu forma de ver el mundo. Son millones de personas ante la tele y se lio la que se lio. Que algo resulte atractivo para unos cuantos no quiere decir que lo vaya a ser para todo el mundo. Cuando llega al mainstream, el porcentaje de gente que no lo va a entender es muy grande. Susan Sontag decía que ciertas cosas a lo mejor no tendrían que haber dejado de ser de nicho.
¿Qué responde a quien dice que hoy no podría publicarse American Psycho? Hay montones de ejemplos de cosas que ponemos como ejemplo de “hoy no se podría hacer esto”, que entonces tampoco se podían hacer. Con La naranja mecánica, Kubrick recibió amenazas de muerte. Con La última tentación de Cristo hubo manifestaciones de organizaciones religiosas ante la productora antes del estreno. Bret Easton Ellis había publicado dos libros con mucho éxito y tenía un contrato para escribir American Psycho. Se filtraron las galeradas, se publicaron extractos de lo más bestia y la editorial canceló el contrato. Le dejó quedarse con el adelanto y al final lo sacó otra. Son cosas que siguen pasando, pero ahora hay un altavoz muchísimo mayor. Cualquier persona puede hacer que algo sea viral en 24 horas. En aquellos casos, las películas se estrenaron y el libro se publicó. Había polémica y ruido, pero también publicidad. La gente compraba American Psycho porque llevaban semanas hablando de aquel libro horrible.
¿Cómo termina aquella cultura vinculada a los troles de internet? Yo sitúo un cambio con Columbine, cuando se demoniza a Marilyn Manson. Luego con el 11-S cambia la mentalidad de la sociedad, sobre todo en Estados Unidos: hay que tener cuidado, no ser tan bestia. Esa cultura extrema se refugia en internet, donde al principio hay sitio para todo. El hecho de que desaparezca del mainstream también la vuelve atractiva para chavales más jóvenes. Lo que hace que pase a la derecha creo que es, en gran parte, una reacción hacia lo que ellos consideran la nueva hegemonía cultural: el feminismo, la corrección política, el rollo woke. Para ellos, eso domina el mundo. Ser transgresor es ir contra eso. Ellos lo han interpretado así.
Por eso incluye la censura en el subtítulo. Porque son las dos cosas. Contra la cultura de la transgresión hubo una reacción de censura, tanto de derecha como de izquierda o progresista. Contra esa corrección política que aparca un poco aquella cultura aparece otra reacción.
¿Qué papel tiene el foro de internet 4chan en todo esto? Era capaz de lo mejor y de lo peor. De allí sale Anonymous, salen millones de memes divertidos y otros no tan divertidos. En uno de sus subforos es donde no nace, pero explota, la alt-right americana. Otras redes ya estaban moderadas: esto no lo puedes decir, esto tampoco. Allí podías decir lo más bestia posible. Igual que la cultura de la transgresión nace en el underground y llega al mainstream, la ultraderecha sale de foros y cuentas de Twitter y acaba en los medios. Se abre la ventana y ya es admisible invitar a determinadas personas a tu programa.

¿Hasta dónde se ha desplazado ese rango de ideas e invitados aceptables para las masas? En el libro digo que los tabús no se rompen, sino que se dilatan. La cultura de la transgresión intentaba forzar tabús culturales: que se pudiera hablar de necrofilia o de pederastia. Durante una época esos contenidos eran normales en la cultura alternativa y el underground. Los encontrabas en fanzines, en festivales de cine. Hubo una dilatación en una dirección y después una reacción adversa. Se da por hecho que, cuando un límite se ha dilatado hasta un punto, va a quedarse siempre ahí. Hay cosas que en los setenta, ochenta o noventa se podían hacer o decir y ahora no. Y ahora se ha abierto mucho hacia la derecha. Confiemos en que vuelva a recogerse hacia el centro. Ya no es cuestión de que yo quiera que vaya a la izquierda, que ojalá: simplemente no estar tan a la derecha sería un avance.
¿Quién supo convertir la rabia de aquellos foros en votos? Steve Bannon es un buen ejemplo. Había trabajado en videojuegos y veía una cantidad de chavales muy jóvenes y con mucha rabia. Veía que eran muy manipulables. Consiguió dirigirlos hacia Donald Trump. Eran chavales que no habrían votado. Trump era la solución a todos sus problemas: estaba contra el feminismo, contra las políticas de diversidad. Todos sus problemas eran culpa de las mujeres, de los inmigrantes. Y coló, funcionó. Supo leer muy bien internet. Pero el fascismo no tiene una única explicación, ni todos los votantes de Trump son iguales.
Recupera una observación de Joshua Citarella [artista y streamer que estudia las políticas de internet y las redes sociales]: las subculturas políticas están ocupando el lugar de las musicales. Me parece una idea interesante. Citarella es artista y comentarista político, tiene un videopodcast, Doomscroll. Empezó a indagar en foros políticos y encontró una media de edad bajísima: chavales hablando de un filósofo del siglo XIX que proponía un protofascismo, cosas muy de nicho. Empezó a preguntarles de dónde venían, cómo eran sus padres, su nivel económico, para entender qué les llevaba allí. Veía una obsesión con esas ideas y un punto de esnobismo similar al de las tribus urbanas. Las subculturas musicales han dado paso a subculturas políticas. Antes, buscar un grupo del que habías leído algo y no encontrarlo te hacía implicarte, sentirte especial y unirte a una comunidad. Ahora haces clic y escuchas cualquier cosa. La política en gran parte ha sustituido eso en cierto sector de la juventud, por lo menos estadounidense.
¿Qué rescataría de aquella subcultura extrema de los ochenta y noventa frente al presente? Sin haber sido especialmente consumidor de aquello, creo que tenía un mérito de originalidad y experimentación. Creo que hacer cosas diferentes permite distinguirse de lo homogéneo, blando y para todos los públicos, lo que ahora intenta hacer la inteligencia artificial. Y despertar al público: que vea algo que no está viendo todo el día, que le choque. Internet está cada vez peor, la gente se queja de las redes y de la inteligencia artificial, pero estamos todos ahí. ¿Necesitamos vídeos de gatitos hechos con inteligencia artificial? Sal a la calle. Haz cosas sin grabarlas. Relaciónate con el mundo real. Creo que es la forma de salir.








