Sin poderse creer aún todo aquello que está viviendo, Brayan Omar Sánchez se asoma al balcón de su cuarto en el Maison Confort, un alojamiento de apartamentos en Lakouanga, barrio céntrico y bullicioso de Bangui, la capital de la República Centroafricana. Sánchez se detiene a observar con asombro aquel sitio, uno completamente ajeno, como si lo hubiesen enviado de un tirón a los confines del mundo. Ve caminar a paso acompasado a una mujer con una canasta en la cabeza; ve tejados de casas bajas con paredes de ladrillos; ve calles sin asfaltar, de un color bermejo. El día en que se quejó porque no había agua para bañarse, un guardia del lugar le dijo: “Esto es África, aguántense”.









