El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha anunciado este lunes un “ataque financiero sostenido” contra Irán, para el que ha exigido a los gobiernos del mundo, y a sus empresas, que pongan fin a sus lazos con la República Islámica. De lo contrario, esos países se verán sujetos a duras sanciones secundarias. “El tiempo corre”, ha advertido en una rueda de prensa en Washington.
En sus declaraciones, Bessent ha asegurado que el presidente estadounidense ya se encuentra al habla con otros líderes extranjeros para dejar claro que deberán cumplir el embargo económico contra Irán. Cualquier país “lo suficientemente insensato” como para ayudar a Irán será sancionado, ha dicho, subrayando que por ahora, su Gobierno está lanzando “un disparo de advertencia”. “Cada país tiene un plazo definido para cesar las actividades que hemos identificado. Si no toman medidas, nosotros lo haremos unilateralmente a través de las autoridades del Departamento del Tesoro”, agregó.
Cuando la guerra contra Irán está a punto de entrar en su séptimo mes, la Administración de Trump ha decidido cambiar de táctica y anunció a bombo y platillo un día D económico contra Irán que iba a ser detallado este lunes.
“Estamos lanzando una hecatombe económica contra las conexiones financieras de Irán en todo el mundo. Nuestro objetivo es cortar cada tabla de salvación económica que apoye a este régimen tiránico hasta que Teherán se quede completamente solo”, ha apuntado el secretario del Tesoro. Según él, su Departamento ya conoce las redes, canales financieros y ayudas con las que cuenta Irán para vender petróleo en el extranjero y evadir sanciones.
Bessent ha subrayado que el régimen puede elegir ahora entre el aislamiento y la ruina económica o la vuelta a la normalidad y a la comunidad económica global. “Quiero ser claro: cualquier entidad que facilite el lavado de dinero en nombre de Irán será excluida del sistema del dólar estadounidense. El reloj ya ha empezado a correr”, ha afirmado.
En Washington parece aceptarse la evidencia de que la apuesta puramente militar ha fallado: Estados Unidos ha dilapidado decenas de millones de dólares en su despliegue en Oriente Próximo mientras el régimen iraní sigue en pie. El estrecho de Ormuz permanece cerrado casi totalmente, pese a que el mandatario estadounidense insiste, contra toda evidencia, en que los buques pueden cruzarlo con normalidad. Las opciones diplomáticas para solucionar el conflicto también están en barbecho: el republicano declaraba la semana pasada que ni hay conversaciones en marcha con Teherán ni están previstas en el futuro, tras el estancamiento del proceso negociador que los dos países acordaron en junio.
El propio Trump proclamó la semana pasada el giro hacia la guerra económica, con la que viene a replicar al menos en parte la táctica de asfixia con la que aspira también a desencadenar cambios políticos y económicos en Cuba. En un mensaje en sus redes sociales, anunció la “operación económica más devastadora de la historia”, una “guerra económica y un aislamiento a una escala sin precedentes”.
Está por ver, ahora, lo efectivas que puedan resultar las medidas. Irán lleva cinco décadas sometido a sanciones y ha aprendido a sobrevivir en el aislamiento. Desde el comienzo de la guerra el 28 de febrero ha desarrollado una economía de resistencia que ha sustituido importaciones, dispersado sus centrales eléctricas y establecido una estructura que recurre a un mercado negro y una flota fantasma similar a la rusa para esquivar las sanciones.
También está por ver qué respuesta logrará Estados Unidos de esos gobiernos que mantienen relaciones con Teherán. China, que con su compra de petróleo iraní ha sido uno de los grandes apoyos de la economía de la República Islámica, ha dicho que tomará las “medidas necesarias” para proteger sus intereses. Un portavoz del Ministerio chino de Exteriores ha dicho que el país “seguirá de cerca” la evolución de la situación y adoptará medidas para salvaguardar sus “derechos e intereses legítimos”, pero sin concretarlas. El portavoz ha advertido, además, que las sanciones y la presión “no ayudan a resolver los problemas”.
Y las sanciones económicas, históricamente, suelen tardar en surtir efecto. Algo que no casa con el carácter impaciente de Trump. Si las negociaciones diplomáticas se encuentran en un callejón sin salida, es en parte por la poca disposición del presidente estadounidense a las negociaciones a fuego lento.
“Unas sanciones eficaces requieren una coalición de Estados dispuestos a aplicarlas para aislar a un actor nocivo. Sin embargo, la Administración parece haberse esforzado por distanciar a socios clave. Irán ya ha demostrado su eficacia a la hora de eludir sanciones y posee una habilidad especial para utilizar criptomonedas y plataformas de finanzas descentralizadas. La Administración deberá tener la voluntad de adoptar las medidas normativas y de control necesarias para cerrar estas vías de elusión en colaboración con el sector”, apunta Andrew Miller, del think tank Center for American Progress, de ideología demócrata.
Además, “tanto Irán como los demás países que podrían verse afectados por estas sanciones casi con toda seguridad tomarán represalias, lo que aumenta el riesgo de que esta política resulte tan contraproducente como cada una de las medidas adoptadas por la Administración Trump hasta la fecha”, considera este experto.
Irán ya se muestra desafiante. Apenas horas antes de la rueda de prensa de Bessent, amenazaba a 46 buques con multas o la captura, para alardear de que controla el estrecho de Ormuz, el estratégico paso marítimo convertido en el punto clave de la guerra y que padece un doble bloqueo: el de Teherán, y el de Estados Unidos. En un mensaje publicado en la red social X, la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico, creada por Irán, declaró que los barcos, en su mayoría de países vecinos, habían infringido los “protocolos” para el tránsito por esta vía. Según este organismo, “pueden enfrentarse a restricciones en futuros cruces, incluidas multas, retención o confiscación”.
Previamente, el responsable del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, Mohsen Rezaí, había advertido a los países vecinos de que, si se unen a la guerra económica de EE UU contra Teherán, serían considerados enemigos y, por tanto, atacados.








