No ataca. No remata. No sabe jugar a la ofensiva. Ese era el mantra que acompañaba a Enric Mas, de 31 años, durante su carrera, al punto de que parecía predestinado a coger el relevo de Raymod Poulidor, el eterno segundón de las décadas de los 60 y 70, ese que firmó ocho podios del Tour sin triunfo alguno, siempre a la sombra de Merckx y Anquetil. Un vacío que, sin embargo, el francés compensó con el cariño del público, siempre entregado a su esfuerzo. No ocurría lo mismo con Mas, que siempre lamentó tener a los medios de uñas, quizá inconformistas por la excelencia que alcanzaron las generaciones anteriores, como Indurain, Purito, Valverde, Flecha y Contador, que, precisamente, le nombró su heredero. Una presión extra que se le indigestó al corredor porque su currículo era envidiable para la gran mayoría del pelotón —sumaba cuatro podios en la Vuelta y dos top-ten en el Tour—, pero no así para unos aficionados que reclamaban volver al camino del éxito. “Se le ha maltratado”, reflexionó José Joaquín Rojas, director deportivo del Movistar durante esta Vuelta. Una sensación extendida en el mundo del ciclismo y también en Mas, que durante muchos años fue arisco y poco comunicativo, como si las preguntas fueran un engorro antes que una curiosidad.
Desde Movistar, preocupados por esa relación, le sugirieron a Mas que cambiara de tercio, que al mal tiempo buena cara. Y, aplicado porque siempre dignificó la profesión con profesionalidad máxima, Enric compareció este año con la sonrisa puesta, de buen humor, ya maduro para aceptar las críticas y entender los elogios. Quizá también porque se sabía en una de sus mejores versiones, dispuesto a repetir el podio después de dos años sin competir por una general, lastrado por una operación de tromboflebitis y un desgarro en la mano tras una caída tonta. “Vuelvo a disfrutar del sufrimiento”, reflexionaba antes de comenzar la competición, consciente también de que sus números eran buenísimos. Pero tiraba de precaución porque en el pasado Giro también estaba en esos guarismos y anunció que quería luchar por el podio para después perderse en el limbo en las primeras pendientes. “Le dolió en el orgullo el resultado y las críticas”, sisean desde Movistar. Y se aplicó en volver a ser el de siempre, quizá un punto mejor.
“Este tío está loco”, deslizaron desde el staff cuando escucharon que prefería correr a 40 grados antes que a 20. Pero él no varió de parecer. “Pongan estufas en la carretera”, vociferó ya metido en faena. Y aunque luego reculó porque el sol abrasador de Andalucía hizo estragos, por dentro siempre pensó que era lo mejor que le podía pasar. Aunque lo mejor fueron sus piernas y allá en lo alto de El Bartolo, tras superar un tramo de sterrato, lo demostró porque fue capaz de echarle el lazo a Pogacar, que ya vislumbraba otro triunfo en solitario. “Me ha adelantado como un cohete”, admitió el esloveno, recompuesto, en cualquier caso, para ganar la etapa al sprint. Pero ese día, el equipo se dio cuenta de que Mas había vuelto, de que las palabras ya eran hechos. Y así se aclaró cuando, ya con el maillot rojo tras el abandono por caída de Pogacar, venció por segunda vez en su carrera una etapa en una grande, en la Vuelta, tras la obtenida en 2018, cuando comenzaba a salir del anonimato. Esa noche, los del staff se tomaron un pacharán para celebrarlo, pero más allá de un aplauso y varias palmaditas en la espalda, no hubo más fiesta entre los corredores, metidos en faena y concienciados que desde ese día hasta el final tendrían que correr con el mono de trabajo.
Bien escudado por sus compañeros y mejor representado por sus piernas a la que la carretera se empinaba, Mas no ha transmitido otra cosa que confianza y superioridad, fuerte para replicar a los escasos ataques de los rivales, cómodo con la defensa y atrevido, incluso, con un par de ofensivas que evidenciaron que no había otro como él en carrera. “Se ha mostrado intratable, cada día que la carretera se ponía para arriba, ha demostrado ser el más fuerte y sólido”, le reconoce Xavier Zandio, director del Ineos. “Su fortaleza ha sido hacerse grande cuando le han ido bien las cosas. No ha mostrado debilidades”, se suma Joxean Fernández, Matxín, del UAE. “Como dijo, el maillot rojo da alas y se le ha visto tranquilo, confiado como nunca, ofensivo y con fuerza”, se suma Juanma Gárate, del EF. “Nunca había estado de líder, pero ha demostrado estar en un momento de forma superlativo”, le elogia Patxi Vila, del Bora.
Un momento que le ha llevado a ganar la Vuelta, el primer grande de un español desde 2015. Entonces fue Contador con el Giro, que aliñó un palmarés sin precedentes con otra ronda italiana, tres Vueltas y dos Tours. Desde entonces, sin embargo, se produjo la sequía. “A mí me exige el equipo, Eusebio (Unzué, manager general del Movistar) y, sobre todo, yo. No hay nadie que me exija más y el segundo que más me presiona está muy lejos de lo que lo hago yo”, respondía Mas antes de esta Vuelta, por entonces todavía muy precavido, al punto de que aseguró que llegaba para aportar su granito de arena antes que para mirar a la general. “Antes se ganaba mucho con Valverde y dejó un gran vacío. Eso ahora no pasa en el equipo. Yo soy otro tipo de corredor, muy diferente. No gano tanto”, ampliaba. Hasta ahora.
“Es el triunfo de la perseverancia. Si algo ha mostrado él, es regularidad”, explica Zandio. “Me alegro mucho porque es un corredor que no lo ha tenido fácil y que ha tenido momentos peores, pero su compromiso y trabajo nunca ha bajado, siempre ha peleado. Es la victoria de la persistencia”, apostilla Juanjo Oroz, del Kern Pharma. “Sabemos que es un ciclista que recibe muchas críticas, pero hay que ser honestos y decir que se merece esta Vuelta”, interviene Jesús Ezquerra, del Burgos. “Es el triunfo de no rendirse”, remata Matxin. Es, también, la explosión de Mas y, al fin, la continuidad del legado español.








