Durante años, el “gusto” fue un término evitado en muchos espacios por sospechoso y elitista: hablar de “buen gusto” sonaba snob y superficial. Sin embargo, en un mundo dominado por métricas, datos y algoritmos ahora el concepto regresó para reclamar no sólo el centro de atención sino para postularse como una suerte de resistencia de lo subjetivo, lo difícil de medir y lo humano.
En tiempos de imágenes, videos y sonidos sintéticos, desarrollar el gusto propio parece ser una urgente necesidad.
Se trata de una consecuencia inesperada del auge de la inteligencia artificial generativa, que hoy es capaz de crear contenido casi sin descanso y que nos obliga a pensar en nuestra muy humana capacidad de elegir.
Lo que antes parecía mero capricho estético, se terminó revelando como una forma de orientación en un entorno saturado.
Una lectura posible para este fenómeno es como reacción frente a una degradación perceptible de nuestro entorno digital, en donde la proliferación de contenido generado por ChatGPT, Gemini o Claude generó espacios de productos correctos y muy pulidos pero que carecen de sustancia.
En un mundo dominado por métricas y algoritmos, el concepto de gusto regresó para postularse como una suerte de resistencia de lo subjetivo
Basta asomarse a LinkedIn, a las redes sociales de aspirantes a influencers o a ciertos portales para encontrar textos que enuncian sin decir nada, imágenes que ilustran sin transmitir e ideas que suenan bien pero que rápidamente muestran ser simples cáscaras.
No son exactamente ruido blanco sino más bien una especie de simulación de sentido.
La crisis del gusto no es solo estética, sino también cognitiva y política. Cuando perdemos la capacidad de distinguir entre lo valioso y lo trivial, se debilita nuestra relación con la experiencia compartida en la que las cosas tienen un sentido reconocible para otros. Sin ese mundo común, la experiencia se fragmenta.
De acuerdo con un artículo del crítico estadounidense Kyle Chayka en la revista The New Yorker, el gusto se volvió el nuevo cliché de Silicon Valley, reemplazando a términos como “disrupción” o “storytelling”. Se trata de la nueva estrategia de moda para destacar y crear productos exitosos en la meca de la tecnología.
Se trata de una consecuencia inesperada del auge de la IA generativa, que nos obliga a pensar en nuestra humana capacidad de elegir.
Inversores como Marc Andrees-sen están comenzando a rescatar el gusto no como apreciación estética abstracta sino como la capacidad de discernir qué conceptos generarán más dinero o convencerán a los usuarios de que un producto es necesario.
El gusto, sin embargo, es más que la capacidad de anticipar lo que va a funcionar. Pensarlo como una brújula para lo que tendrá valor es empobrecedor, porque lo reduce a herramienta de mercado, cuando es algo más profundo.
No se trata solo de “elegir bien” sino dejarse afectar por lo que elegimos y establecer vínculos con el mundo transformando nuestra experiencia.
En un mundo en el que crear dejó de ser el problema, el verdadero desafío es cómo evitar perder la capacidad de distinguir, de elegir y de compartir un lugar que siga teniendo sentido. Y en ese reto, el gusto deja de ser un lujo cultural para convertirse en una suerte de nueva soberanía.








