Con la publicación de ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo XXI), el doctor en Historia Pablo Stefanoni se colocó en el centro de la escena como un especialista en el estudio de las denominadas nuevas derechas o derechas radicales y como uno de los primeros en haberlas analizado con la debida atención y preocupación dentro del campo progresista. Sus preguntas eran incómodas y, para muchos, logró vislumbrar lo que luego estallaría delante de los ojos de cientos de miles de argentinos que “no la vieron”: el 19 de noviembre de 2023 Javier Milei triunfaba en el ballotage frente al peronista Sergio Massa convirtiéndose en el primer presidente libertario de la Argentina.
Cinco años después de aquel libro, las derechas radicales ya no son una novedad. En su nuevo libro, Un fantasma recorre el mundo (Siglo XXI), Stefanoni pone el foco en nuevas preguntas que interpelan la época y se pregunta, por ejemplo, si estas nuevas expresiones ideológicas que siguen acumulando seguidores se tratan de un nuevo tipo de fascismo.
También analiza otros aspectos relacionados como el denominado wokismo. Sobre el Presidente, escribe: “Milei constituyó la traducción local de un clima de época más global, al menos en Occidente, en el que una multiplicidad de motivos de insatisfacción e incluso de ira se expresan como motines electorales”.
En este diálogo con Clarín, el autor profundiza sobre algunos puntos clave y se pregunta, además, qué podría pasar en el futuro.
–¿Dirías que Un fantasma recorre el mundo es, en cierto modo, una continuación de La rebeldía se volvió de derecha?
–Es y no lo es. En ese primer libro había muy poco escrito en español sobre las nuevas derechas. En la Argentina parecía un fenómeno lejano y ajeno. El libro partió de dos intuiciones: que la dimensión transgresora de las nuevas derechas nos obligaba a actualizar la mirada sobre ellas y que ningún país podía presumir de estar al margen de este fenómeno. En Un fantasma recorre el mundo el enfoque es diferente. Parto del hecho de que estas derechas hoy ya nos resultan familiares y forman parte de los campos políticos establecidos, y trato de abordar algunas discusiones –el wokismo, el fascismo, el papel de Israel en las nuevas derechas radicales– con el objetivo de reflexionar sobre las actuales “batallas culturales” reaccionarias en curso.
–En el libro mencionás cómo el definirse como de derecha dejó de ser algo vergonzante para convertirse en una identidad reivindicada e incluso motivo de orgullo. ¿Cómo explicás esa transformación?
–Hasta hace poco, las derechas latinoamericanas se definían como centro (desde Álvaro Alsogaray hasta Álvaro Uribe). Parte de las dimensiones transgresoras de las nuevas derechas es usar ese rótulo de manera desacomplejada. Es una especie de salida del clóset ideológico. Si el término derecha era usado de manera descalificatoria ahora lo exponemos con orgullo. Derecha sin complejos se volvió además un término para combatir a lo que gente como Agustín Laje, muy cercano a Milei y muy invitado en toda América Latina, llama “derechitas cobardes”. Estamos en un momento de radicalización, pero esa radicalización es asimétrica: ocurre más en la derecha que en la izquierda.
–¿Qué hay de construcción política y qué hay de problemas reales que el progresismo no logró procesar?
–Hay diversas razones para cuestionar al progresismo, buenas y malas; es decir, por lo que hizo bien y por lo que hizo mal. Hay reacciones a ciertos excesos performativos a veces algo vacuos, elitización, formas de sermoneo político, pero también –y creo que eso es muy importante– hay reacciones a avances progresistas de estas décadas: conquistas del feminismo, poblaciones LGBTI, críticas al racismo estructural… La derecha se aprovecha de estos cambios para tratar de introducir pánicos morales: la decadencia de Occidente, la “propaganda trans” vía educación sexual, el gran reemplazo de la población europea por inmigrantes, el “genocidio blanco” que difunde Elon Musk. Pese a todo, el progresismo sigue siendo un porcentaje enorme de las sociedades occidentales, pero se encuentra desmovilizado, con su seguridad ontológica por el piso, con tendencias a la autoflagelación. Pero aun así la resistencia a las extremas derechas es muy real, por eso cuando estas llegan al poder no pueden desarmar tan fácilmente los derechos conquistados. Dicho esto, en mi opinión el progresismo debe dar con más seriedad la batalla por cuestiones materiales, en medio de una precariedad creciente incluso en el Norte global.
–¿Te parece el término “woke” una categoría útil para pensar los conflictos actuales o se ha convertido en una etiqueta demasiado difusa?
–El término woke se transformó en uno de los términos de la maquinaria de guerra ideológica reaccionaria, a veces hasta el ridículo. Incluso accidentes aéreos en Estados Unidos fueron atribuidos al wokismo. En mi libro trazo una genealogía del término, proveniente del movimiento afroamericano, y abordo diversos debates alrededor de él, tanto en la derecha como en la izquierda. Es un término, muy difícil de definir, que a veces se asocia a un tipo de progresismo moralizante y elitista.
Pablo Stefanoni es doctor en Historia. Foto: gentileza.–Si aceptamos que la crítica a lo “woke” logró interpelar a sectores amplios de la sociedad, ¿ves posible la construcción de una izquierda que no quede identificada con esa agenda?
–Creo, y espero haber mostrado en el libro, que la transposición entre woke e izquierda es muy complicada. Lo “woke” atraviesa –o mejor dicho, atravesó, porque hoy está en retirada– a instituciones, empresas, universidades que sería difícil subsumir en la izquierda. ¿Disney se volvió de izquierda? Para las extremas derechas sí, directamente comunista, pero eso es una tontería. Al mismo tiempo, figuras verdaderamente de izquierda como Bernie Sanders no tienen nada de woke n su sentido peyorativo –un hombre blanco mayor y heterosexual que habla de salud pública y salario mínimo– y es súper popular entre los jóvenes estadounidenses. Atribuir los problemas de la izquierda al wokismo, sin más, puede ser atractivo pero es fútil. En efecto, creo que es necesario que la izquierda reconstruya formas de sociabilidad y de comunidad, pero eso no va a ocurrir con histeria antiwoke, que rápidamente se puede volver bastante reaccionaria.
–¿Cómo analizás la creciente gravitación de magnates como Peter Thiel o Elon Musk en la política contemporánea y en la producción de imaginarios sociales?
–Como los definió Evgeny Morozov, son oligarcas-intelectuales. Tienen visiones del mundo, a menudo antidemocráticas, y sostienen sus ideas con sus propias fortunas. Como pedía Marx, no solo quieren entender el mundo sino trasformarlo, incluso cambiar la naturaleza humana, y ponen mucho dinero en diversos proyectos en ese sentido. Son además activistas e influencers. Hay ahí una suerte de privatización de la utopía -o de la distopía- y muchos peligros que no son fáciles de enfrentar. Van más rápido que la política y que los Estados.
–Mirando la escena local, ¿qué tendencias observás hoy en la Argentina y qué elementos te parecen decisivos para pensar el ciclo político que desembocará en las elecciones de 2027?
–Lo primero es que, como señalé en mi libro, creo que Milei expresa un libertarismo hidropónico. Existe esa dimensión en sus ideas, pero al mismo tiempo compró en el supermercado de la extrema derecha una serie de ideas conspiranoicas sobre la decadencia de Occidente, la toma islámica de Europa, un antiwokismo absurdo, y muchas otras cosas que no tienen nada de libertarias, además de aprovecharse del Estado que odia para fortalecer su poder. Gracias a eso, logró comerse al Pro y representar a la derecha y al antiperonismo. Cómo le va a ir, nadie lo sabe. El problema, y no estoy inventando nada, es con qué ideas la oposición va a combatir a Milei. No es menor que en toda Sudamérica la derecha venga ganando elecciones.
–¿Dónde creés que podrían surgir las novedades más significativas de los próximos años?
–Creo que el devenir electoral de Trump este año va a ser decisivo, sobre todo en América Latina, donde no solo reactivó la Doctrina Monroe, sino que interviene directamente en los procesos electorales. El resultado en Brasil será, obviamente, clave en la región. Pero también hay que ver a Francia el año que viene, donde el partido de Marine Le Pen siempre parece que va a ganar pero no gana (aunque crece cada vez más en votos), y Alemania, donde Alternativa para Alemania (AfD), que tiene en su interior a sectores filonazis, sigue creciendo en las encuestas. Son los dos países claves de la Unión Europea. La reciente cumbre en favor de la «remigración» –como llaman a la demanda de expulsión de inmigrantes no blancos– convocó a sectores de extrema derecha de diferentes países, y contó incluso con el antiguo comandante de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos Gregory Bovino. Remigración evoca las deportaciones nazis. Incluso las razones –búsqueda de homogeneidad etnocultural– remiten a períodos oscuros de la historia. Emergen elementos de radicalización que hay que seguir.
Pablo Stefanoni básico
- Es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Publicó varios artículos y libros sobre las izquierdas y América Latina y combina el trabajo periodístico con la investigación en ciencias sociales.
Pablo Stefanoni es doctor en Historia. Foto: gentileza.- Es autor de Los inconformistas del Centenario. Intelectuales, socialismo y nación en una Bolivia en crisis (1925-1939) (La Paz, Plural, 2015) y coautor, con Martín Baña, de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa (Buenos Aires, Paidós, 2017).
- Desde 2011 se desempeña como jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad. Colabora con la edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique y con el suplemento “Ideas” del diario La Nación.
- Actualmente forma parte del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI)/Universidad Nacional de San Martín (Unsam).
Un fantasma recorre el mundo, de Pablo Stefanoni (Siglo XXI).







