Entre las 40.500 personas que durante estos tres días han pasado por las naves del Matadero de Legazpi en Madrid para asistir al festival del 50 aniversario de El PAÍS se encontraban una secretaria histórica, Rosi Rodríguez Loranca, quien, junto a un chófer y a otros empleados, trasladaron máquinas de escribir y papeleras al edificio vacío en la calle Miguel Yuste 40 para que los periodistas pudieran empezar a trabajar. Algunas calles estaban aún sin asfaltar en San Blas, el distrito periférico donde se asentó la sede del periódico. El barrio era por entonces una colección de descampados mal cosidos poblados de talleres pequeños, fábricas familiares y chabolas. Si a cualquiera de los que trabajaban en ese edificio ese 4 de mayo de 1976 les hubieran dicho esa mañana que 50 años después la información viajaría por el aire a todas las partes del planeta —y aún más lejos—, y que uno desde un teléfono portátil sería capaz de redactar, escribir, editar, enviar y publicar un artículo con foto incluida casi instantáneamente, habría puesto una cara digna de un selfi. La misma que podría cualquiera si un reportero de EL PAÍS del futuro llegara para explicarle cómo se hace el periódico de mayo de 2076.










