Cuando Carlos entró a un centro de detención migratoria en el desierto de California, el uniforme extragrande le quedaba justo. Ocho meses después, le colgaba del cuerpo: había perdido 40 libras (18 kilos). “Mucha gente bajó todavía más de peso”, asegura este centroamericano, que relata el suplicio que vivió por una alimentación que califica de deplorable. Su queja se repite en otras instalaciones similares. Para calmar el hambre ante las comidas “horribles” que reciben, los migrantes se ven obligados a gastar miles de dólares en sopas, sardinas, tortillas, frituras, galletas y gaseosas que compran en la tienda interna a precios exorbitantes. Aun así, no cubren sus necesidades nutricionales: adelgazan y, en algunos casos, se enferman. “Es un negocio redondo”, dice Carlos.
El negocio del hambre en los centros del ICE: migrantes gastan miles de dólares para no ingerir “comida para perros”








