Teotihuacán recibió el domingo con música electrónica. Black Coffee, el dj sudafricano, reunió a cientos de personas al amanecer en el sitio arqueológico. La gente bailaba en comunidad, tocada por los primeros rayos del sol, al ritmo de afro house mientras coloridos globos aerostáticos volaban alrededor. Era una postal turística envidiable que quedó hecha trizas apenas unas horas más tarde, cuando Julio César Jasso, un hombre de 27 años, sometió a un grupo de turistas de la zona arqueológica a media hora de horror en un nuevo episodio de violencia armada en México. El tirador, quien tenía como referencia la matanza estudiantil de Columbine, abrió fuego contra los visitantes entre insultos racistas y xenófobos. En el ataque murió una canadiense de 32 años.
Las autoridades han ofrecido este martes la primera narración de los hechos. Han hablado de copycat (imitador) y de lobo solitario, dos términos populares en la jerga pericial que solemos escuchar quienes hemos cubierto los tiroteos masivos en Estados Unidos e incidentes planeados con alevosía para causar terror. Jasso organizó un ataque directo motivado por los torrentes de odio que corren en las cloacas de internet y que suelen alimentar este tipo de atentados.
La presidenta Claudia Sheinbaum calificó de excepcional un ataque que ha alcanzado las primeras planas globales, cargando nuevamente de negatividad la imagen del país. “Todos sabemos que no habíamos presenciado algo así en México”, indicó la mandataria en su rueda de prensa diaria. “Esta persona tenía problemas psicológicos y había sido influenciada por problemas en el exterior”, añadió.
Con su explicación, Sheinbaum ha querido transmitir calma a las miles de personas que visitarán el país en los próximos meses durante el Mundial de fútbol de la FIFA. La presidenta también pretendía desmarcar este episodio de otros protagonizados por la delincuencia organizada, la ominosa fuerza que provoca la mayor parte de la violencia cotidiana combatida por su Administración.
A pesar de sus palabras, la realidad ha dejado recientemente un reguero de incidentes que indican que estos capítulos violentos y arbitrarios ya no son inéditos en México. Desde la muerte de Jesús Israel, un estudiante de 16 años del CCH Sur que falleció apuñalado por un compañero en septiembre pasado, hasta el homicidio de María del Rosario y Tatiana, dos maestras de preparatoria de Michoacán a manos de un alumno adolescente. En ambos casos, los asesinos habían estado expuestos a foros extremistas en línea donde se enaltecía la violencia en las escuelas.
Si algo ha dejado claro la epidemia de tiroteos masivos que sufre Estados Unidos desde hace décadas, es que este tipo de ataques florecen en el ecosistema de polarización y radicalización que las redes sociales han alimentado y propiciado en los últimos años. A esto se aúna también la laxa regulación de las armas de fuego. Aunque en México no hay tal mercado legal, estas no son difíciles de conseguir, tal y como reveló la tragedia del mes pasado en Lázaro Cárdenas, perpetrada con un rifle de alto poder.
El tiroteo de este lunes no ocurrió en una escuela, pero el relato de las autoridades revela que Jasso había estado expuesto a la nociva influencia del radicalismo online, que confunde las expresiones de odio como libertad de expresión, y careció de mecanismos de salud mental que lo descarrilaran de su proceso de glorificación de la violencia.
El Gobierno mexicano debe incrementar ahora las acciones para evitar que los imitadores se multipliquen dentro de un ecosistema en el que la violencia ha erosionado nuestra vida cotidiana. Algunos especialistas apuntan a que incidentes como este abren una oportunidad de regular nuestra convivencia en la red y acotar el impacto que tiene en todos la mediatización de la violencia. Esto, además de procurar campañas de salud mental entre los jóvenes. Es una forma de frenar la multiplicación de lobos solitarios entre nosotros.








