el impacto del uso de las pantallas en chicos de hasta cinco años

el impacto del uso de las pantallas en chicos de hasta cinco años


El teléfono celular se convirtió en la herramienta común a la que recurren las familias cuando los niños hacen un berrinche, durante una salida, viaje o cuando quien está a cargo de cuidado necesita unos minutos. A veces quedan al margen los posibles efectos de la exposición a las pantallas, aunque en determinados contextos también necesitan ese recurso para poder sostener la rutina.

El informe “Prácticas de cuidado y crianza en la primera infancia”, realizado por el Ministerio de Desarrollo Humano de la Ciudad y la Universidad Austral, sobre cuidados y crianza en la primera infancia, analizó cómo las familias de distintos niveles socioeconómicos viven esa contradicción. El trabajo encontró el crecimiento del uso de dispositivos en todos los grupos estudiados, pero observó que las condiciones materiales y las redes disponibles para cuidar modifican la manera en que las pantallas entran en la vida de los chicos.

Sueño, lenguaje y atención

Una de las principales preocupaciones que aparecen en el estudio está relacionada con las consecuencias del uso temprano y prolongado de pantallas. Los participantes hicieron referencia a dificultades en el sueño, el aprendizaje y el desarrollo del lenguaje.

El informe, a partir de estudios que incorpora en su análisis, señala que la exposición durante los primeros dos años puede afectar negativamente el desarrollo del lenguaje y las habilidades de comunicación, tanto en la comprensión como en la amplitud del vocabulario. También menciona posibles efectos sobre el desarrollo cognitivo general, particularmente en la atención a los estímulos del entorno, las experiencias sociales, la resolución de problemas y la comunicación con otras personas.

A esto se suma una consecuencia que aparece directamente en los relatos de quienes cuidan: cambios en el comportamiento de los chicos, dificultades para esperar, menor tolerancia a la frustración y una disminución de la preferencia por los juegos reales cuando el acceso a las pantallas es “a demanda”.

La preocupación no queda limitada a cuánto tiempo pasan frente a una pantalla. También aparece la dificultad de establecer cuándo, cómo y para qué se utiliza.

Las personas cuidadoras que participaron del estudio contaron situaciones en las que el celular, la televisión o una tablet sirven para pasar momentos concretos de la rutina. Que un chico coma, se deje peinar, permanezca tranquilo o permita que el adulto pueda realizar otra actividad son algunas de las situaciones mencionadas.

Ahí aparece una de las diferencias más importantes según el nivel socioeconómico.

La conciencia sobre la temática

En los sectores medios y medios altos, el conflicto aparece principalmente entre los ideales de crianza y las prácticas concretas: existe conciencia sobre los riesgos y deseos de limitar la exposición, pero las familias también reconocen que recurren a los dispositivos como pueden ser celulares, tablets o computadoras.

En los sectores más vulnerables, el uso está más fuertemente relacionado con la falta de redes de apoyo, la sobrecarga concentrada en una única persona cuidadora —frecuentemente una mujer— y la necesidad de sostener tareas básicas en contextos de mayores restricciones materiales.

La situación económica, según se aclara, no determina por sí misma cuánto utiliza pantallas un chico, pero sí puede modificar las condiciones en las que los adultos intentan regular ese uso.

El informe muestra que las familias de los sectores más vulnerables tienen, en promedio, menos redes disponibles para distribuir las tareas de cuidado. También aparecen mayores dificultades para compatibilizar el trabajo, las responsabilidades domésticas y la crianza.

Los propios límites también pueden generar conflictos. En el estudio aparecen relatos de chicos que reaccionan con enojo y berrinches cuando se intenta retirarles el dispositivo. En algunos casos del estrato socioeconómico bajo, incluso se mencionan crisis asociadas a la falta de Wi-Fi o electricidad.

La regulación tampoco siempre es compartida por todos los adultos que participan de la crianza. El informe detectó diferencias de criterio que van desde la prohibición total hasta la permisividad, y señala que la falta de acuerdos puede generar conflictos tanto entre cuidadores como con los propios chicos.

El rol de quienes cuidan

El problema de las pantallas también aparece vinculado con las condiciones en las que se desarrolla la crianza.

El informe muestra que los cuidadores expresan su preocupación, culpa y desconocimiento sobre cómo regular el uso de dispositivos. También señalan que existe poca información oficial y que faltan herramientas concretas para establecer límites y ofrecer alternativas.

En los sectores medios plenos, por ejemplo, aparece una demanda fuerte de capacitación sobre regulación de pantallas y controles digitales parentales. En otros grupos, las necesidades están más vinculadas con el acceso a servicios de salud, desarrollo infantil, salud mental y dispositivos de cuidado.

Las redes de apoyo son destacadas en el informe. Tanto los abuelos, familiares, instituciones y espacios comunitarios pueden ayudar a distribuir las tareas y reducir la sobrecarga de una persona que está a cargo de los chicos.

Cómo se hizo el estudio

La investigación se realizó a partir de grupos focales con personas responsables del cuidado de chicos de entre 0 y 5 años. Participaron 78 personas: 70 mujeres y 8 varones. La mayoría fueron madres, aunque también participaron abuelas y abuelos, padres, niñeras o cuidadoras remuneradas y una tía.

Para organizar los grupos se tuvieron en cuenta distintos factores: el nivel socioeconómico del hogar, la edad de los chicos —de 0 a 2 años y de 3 a 5— y la situación laboral de la persona cuidadora, diferenciando entre quienes trabajaban jornada completa y quienes tenían media jornada o no tenían trabajo.

El nivel socioeconómico fue establecido mediante la Escala Graffar, que permitió dividir a los participantes en tres grupos: medio pleno, medio bajo y bajo. Además, el cuestionario consideró el tipo de hogar, el nivel educativo de las madres, la condición laboral, las redes de apoyo y el grado de participación del otro progenitor en los gastos.

Esa división permitió observar algo clave para entender el uso de las pantallas, porque las condiciones en las que se desarrolla la crianza no son iguales para todas las familias.

El estudio muestra entonces que la solución no se reduce a decirle a una familia que evite la exposición del niño a las pantallas. Las consecuencias de la exposición preocupan y requieren límites, pero las posibilidades concretas de establecerlos también están atravesadas por el trabajo, el cansancio, el acceso a redes de apoyo y las condiciones materiales de cada hogar.

En ese punto, el informe concreta una demanda que atraviesa a padres o tutores: contar con espacios de orientación, escucha y herramientas para afrontar la crianza cotidiana, incluidos los desafíos que plantea la tecnología.