El idioma nacional | Iberoamérica democracia

El idioma nacional | Iberoamérica democracia

Todo lo que iba a sucedernos ya nos ocurrió: la desigualdad social, la derrota de la salud pública, el individualismo más feroz, los monopolios privados, el capitalismo. Todo lo que íbamos a dejar atrás sigue ahí: miles de presos políticos, la censura del pensamiento y la opinión libre, el partido único, la propaganda oficial, el comunismo. Resulta que el cambio era esto: la suma de toda la inmovilidad.

Hace unos días, Miguel Díaz-Canel convocó a un Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista. En el discurso del cierre dijo cosas de las que cualquiera puede enterarse en un periódico de 1970, 1986 o 2009, años todos de “transformaciones” y “rectificaciones”. El presidente de Cuba es un hombre que no da más. Envejece con cada aparición pública y hay que decir que todas las semanas sale a apagar fuegos en un campo ya deforestado. A este paso, para cuando termine el verano, Díaz-Canel habrá alcanzado la edad de sus jefes y habrá él también bajado de la Sierra Maestra.

A las malas, ha descubierto la verdad más dura para un cubano cualquiera con poder. Que él, en definitiva, no es un Castro, y que el tiempo y los Castro funcionan para él igual que para el resto, como algo que te mastica vivo. Si lo miramos bien, más allá de lo que sus sobrevivientes hayan querido o no hacer en estos últimos diez años, aún nadie tiene más peso en Cuba que el fantasma de Fidel. Su testaferro es el hermano Raúl, pero cuando Raúl se dio cuenta de que ya no había por dónde escapar, puso a Díaz-Canel al frente del gobierno como quien ofrece un cuerpo en sacrificio. Y le salió bien. Raúl tiene ahora 95 años y en breve Díaz-Canel será su contemporáneo.

Este hombre, que viene de las filas del pueblo raso, ha sido el escudo de la famiglia y ha tenido que encargarse de la penosa tarea de anunciar a cada tanto nuevas estrategias económicas, ya abiertas completamente a la economía de mercado, que buscan contentar al auditor de Washington. “No es suficiente”, dicen en la Casa Blanca con aparente mal humor, y entonces los altos mandos organizan otra reunión de urgencia, como esos subordinados de empresa que tienen que agradar al jefe y vuelven cada semana con una enmienda nueva para un proyecto que en realidad hay que arrancar de cero.

En cualquier caso, cabe preguntarse si a estas alturas los políticos de Washington y La Habana no han empezado ya a entenderse, si estos rodeos no son, al fin y al cabo, “la conversación”. Todo indica que sí, pero los cubanos no tienen palabras para nombrar una realidad de este tipo. La razón por la que en Cuba aún nada tiene más peso que el fantasma de Fidel Castro es porque ese fantasma, desde luego, no opera como una entidad abstracta, sino como lenguaje, como hechizo de la expresión, lo que explica por qué los herederos han preferido callar, negociar paulatinamente en los términos del enemigo y dejar a Díaz-Canel hablando solo. Y a nosotros con él, balbuceando como locos este dialecto enfermo.

Los cubanos observamos el presente como si estuviéramos del otro lado de una vidriera en la que transcurre nuestra propia vida, o dentro de un mal sueño en el que intentamos hablar y lo que sale son los ecos de la voz del Comandante. Uno puede decir que algo así le sucede incluso a cierta parte del poder político, a aquella que ha visto las barbas del vecino arder y que realmente quisiera hacer algo, saltar de una vez, sin medias tintas, a la retórica capitalista más directa y salvar el pellejo, pero eso es, en suma, incomprobable. Y, en última instancia, tampoco importa ya.

Me refiero más bien al modo en que la lengua oficial torció y configuró el pensamiento colectivo y las emociones del individuo. Quizá cuando las formalidades bilaterales concluyan, y Cuba se convierta finalmente en el satélite autoritario bajo la órbita estadounidense que se le pide que sea, los cubanos puedan entender con más claridad que el castrismo no es solo lo que nos pasó, sino la manera en la que hablamos sobre lo que nos pasó. Impotentes ante la necesidad de hacer algo y no formar parte del juego real, la gente ha terminado reproduciendo y aplicando entre sí todos aquellos métodos que le fueron infligidos.

Vivimos en un debate nacional (por decirlo de algún modo) repleto de chillidos. Abunda la histeria de la vigilancia, el impulso de llamarse chivatos unos a otros indiscriminadamente o el afán hipócrita de exigirse, en la diáspora, linajes puros de anticastrismo, cuando eso significa que toda manifestación de vida en Cuba que no haya sido única y exclusivamente un calvario califica como complicidad con el tirano. Las víctimas pelean por el premio moral de quién padeció más. El salvoconducto de decir el lema contra la dictadura te permite cualquier actitud dictatorial o te libra de cualquier pasado ominoso.

Otros fundan partidos sin base ni propósitos y ninguna voz crítica puede cuestionar abiertamente esos dislates porque establecimos un contrato en el que cualquier simulacro de oposición debe leerse como un paso beneficioso en aras de una libertad que muchas veces, por la propia irresponsabilidad de sus adalides, por la chifladura de sus reparticiones de poder, hunde aún más en las mazmorras, o en el hambre sorda, a los cubanos que dice representar.

Parece que nos hubieran dado, desde arriba, una réplica en miniatura del país, y debemos vernos desde esas instancias como niños amnésicos que pelean entre sí por puestos y cargos que no tienen ni van a tener o como una secta disidente que se emborracha con cerveza sin alcohol. Sin embargo, ¿quién tiene fuerzas en este punto para seguir culpando a terceros? La violencia fratricida nos ha sumido en una danza en la que difícilmente puedan encontrarse sentimientos o expresiones públicas que no se rebajen al escarnio, al cinismo o a un tipo de burla triste que no devuelve nada de lo que se perdió.

Nadie pide tregua y, aunque todos nos estemos cayendo a pedazos, nadie parece necesitarla, porque la lengua que hablamos ha reducido a lo privado, incluso a lo reprimido, aquellas nociones secretas mediante las cuales todo pueblo, o todo grupo, supo acceder a la audacia, a la rebeldía o al consuelo, independientemente del grado de opresión soportado.

Desde el 11 de julio de 2021, la protesta popular trató de inventar una expresión común. Hubo consignas, sustantivos nuevos dichos en voz alta, símbolos provenientes de los escalafones más bajos. Pero esos atrevimientos, con la irrupción del orden global real, de la política concreta, fueron fácilmente barridos y trastocados por pedidos más o menos velados de bombardeos, por admiración gratuita de políticos estadounidenses o por una suerte de pensamiento mágico que, contra toda evidencia de la historia y del presente, cree o finge creer que -de acuerdo con esa frase que históricamente ha simbolizado en Cuba la independencia añorada- ahora sí vamos a “entrar en Santiago”.

Para la llegada de este momento, puramente geopolítico, los tanteos de un nuevo idioma ya se habían burocratizado. Los cubanos no hablan ni piensan su país como si fueran Osvaldo Payá, Martí o, incluso, ellos mismos, sino como Trump o el nieto de Rául Castro, conocido como “el Cangrejo”. A través de esta jerga, el corazón de la gente no encuentra salida. El idioma tosco que busca liberarnos está hecho con los discursos de nuestra prisión.