El gesto del afuera | Perfil

El gesto del afuera | Perfil

Hay una vieja película de los Hermanos Marx en la que viajan de polizonte en un barco. Es un trasatlántico de lujo, inmenso, maravilloso. De repente, el capitán se da cuenta de que hay tres pasajeros de más y ordena encontrarlos. Comienza una persecución llena de accidentes y peripecias, hasta que Groucho, por azar, termina escondido en la habitación donde se cambian los camareros. Decide entonces vestirse de camarero hasta que, obviamente, el capitán se vuelve a dar cuenta de la situación. Por los altoparlantes llama a todos los camareros a presentarse en el puente, con la esperanza de develar el misterio y atrapar al polizonte. Hay un corte, y la toma siguiente muestra a los camareros formados de frente a la cámara. Es un lento paneo de izquierda a derecha en el que se los va viendo uno a uno: altos, esbeltos, elegantes, distinguidos. Hasta que la cámara llega al último: es Groucho, hecho un desastre, fumando un puro, mal peinado, inclinado con una bandeja en la mano a la que apenas puede sostener, completamente fuera de lugar.

Hay escondido en esa escena un pensamiento poderoso para la literatura, o al menos para el tipo de literatura que me interesa leer. La literatura como una forma de inadecuación frente al mundo, como un desajuste frente al estado de las cosas. La literatura atravesada por una tensión extrema: por un lado, el deseo de ser aceptada, de parecer un camarero como los demás; pero a la vez, la imposibilidad efectiva de ser aceptada, de integrarse el sentido común, el impedimento para ser eficiente, adecuado y pertinente. La escena de Groucho, esa sensación de inadecuación y soledad, puede pensarse también como una forma de neurosis, de malestar. La literatura toca directamente ese nudo, mete el dedo en esa llaga, un poco como en la frase de Barthes: “Loco no puedo, cuerdo no querría, sólo soy siendo neurótico”.

¿Es posible todavía imaginar una literatura en disidencia con el presente? ¿Con los lugares hegemónicos del presente, que incluye en un lugar central al mercado? ¿Una literatura que se instale en la incomodidad, en el malestar, en la paradoja? Los límites de este pensamiento son claros: es un movimiento negativo. No propone, no construye, no edifica. Simplemente (como si fuera simple) señala su distancia irremediable frente al curso de los acontecimientos. Expresa su soledad radical y desde ese lugar se vuelve, ya no testigo moral, sino negatividad crítica. Se vuelve cosa: una piedrita que traba la cadena de montaje.

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¿En dónde se encuentra entonces esta literatura de la negatividad? En una comunidad imaginaria, la comunidad de los que no tienen comunidad. Una comunidad sí, pero inoperante: una comunidad en la que el inacabamiento es su principio, pero tomado como término activo, designando no la insuficiencia o la falta, sino el tránsito ininterrumpido de las rupturas singulares. En esta línea, cada escritor inaugura una comunidad. Pero este gesto inaugural no funda nada, no conlleva ningún establecimiento, no administra ningún intercambio; ninguna historia de la comunidad se engendra allí. Se inaugura como interrupción. Pero al mismo tiempo la interrupción compromete a no anular su gesto, a recomenzarlo otra vez. Ese gesto llama a un afuera. Un afuera del lenguaje. La soledad extrema. La inadecuación del polizonte en un mundo que no es suyo.