El nombramiento de Tilman Fertitta como embajador de Estados Unidos en Italia parece haber redefinido los límites de la diplomacia moderna al transformar las relaciones bilaterales en un auténtico desfile de ostentación.
Multimillonario, dueño del equipo de básquet Houston Rockets y de una lujosa cadena de hoteles, Fertitta convirtió su fastuoso megayate Boardwalk, valorado en unos 450 millones de dólares, en su residencia flotante y base de operaciones diplomáticas.
Lejos de instalarse en la tradicional sede diplomática de Roma –bajo el argumento de que está en obras–, el diplomático emprendió una travesía costera de meses que él mismo califica de “gira patriótica” por el 250 aniversario de la independencia estadounidense.
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Con un costo estimado en un millón de dólares diarios, pagados de su propio bolsillo, la embarcación de 117 metros de eslora se pasea por Nápoles, Bari y los canales venecianos, desatando tanto la fascinación de las altas esferas como la indignación popular.
La ostentación del crucero incluye recepciones privadas de alto nivel donde desfilan políticos locales, jefes militares y celebridades en un ambiente de exclusividad.
Semejante despliegue chocó con la sensibilidad de algunos sectores italianos. Hubo protestas contra su presencia en Venecia, donde los manifestantes tildaron la visita de “arrogante”.
Lejos de aplacar las críticas, Fertitta se mantiene impasible ante la controversia, defendiendo que su presencia dinamiza los puertos y sirve de ejercicio a las fuerzas de seguridad locales, consolidando el mandato más extravagante que recuerda la diplomacia transatlántica.
El periplo marítimo del embajador no responde únicamente a un capricho vacacional, sino a una estrategia muy calculada de relaciones públicas que mezcla los intereses comerciales de su vasto imperio hostelero con la agenda geopolítica de la administración estadounidense.
A bordo del Boardwalk, Fertitta gestiona reuniones con los más altos ejecutivos de multinacionales, gobernadores y líderes locales, desdibujando la línea tradicional entre los negocios privados y la representación oficial del Estado.
Esta particular concepción de la diplomacia encontró un terreno fértil pero espinoso en su relación con el gobierno de Giorgia Meloni. Mientras que los sectores más afines a la centroderecha italiano ven con buenos ojos la sintonía entre un magnate y el pragmatismo económico de Roma, los críticos denuncian que la figura del embajador se asemeja más a la de un virrey corporativo que impone las formas del capitalismo estadounidense sin filtros diplomáticos.
La ruta del megayate ha dejado una estela de anécdotas y actos de fuerte carga simbólica, como su parada en Cefalù, Sicilia. En la tierra de sus antepasados, el obispo local le hizo entrega a Fertitta de documentos históricos que rastrean las raíces de su familia hasta el siglo XVI, un episodio con el que el empresario buscó legitimar su desembarco en el país mediterráneo apelando a un fuerte sentido de pertenencia.
Pese a los abismos culturales y las críticas que tildan su estilo de “odioso” o profundamente ajeno al recato europeo, Fertitta se defiende argumentando que su fortuna y su acceso directo a la Casa Blanca le otorgan una capacidad de influencia que ningún diplomático de carrera podría igualar.
Lejos de replegarse ante la polémica y las críticas, el embajador continúa fondeando en las costas más exclusivas, consolidando el experimento más insólito de la diplomacia global contemporánea.
Meloni festeja su récord en el poder
Con una fiesta a orillas del Adriático, Giorgia Meloni, primera mujer en dirigir un gobierno italiano y titular del partido de extrema derecha Hermanos de Italia, celebró este ayer su récord de permanencia en el cargo desde el final de la II Guerra Mundial.
La mandataria, de 49 años, sumó ayer 1.413 días (poco menos de cuatro años) al frente de la misma administración. Italia conoció 68 gobiernos en ochenta años: los Ejecutivos fueron cayendo por crisis y deserciones, un fenómeno crónico que Meloni consiguió evitar desde su llegada al poder. El más extenso fue el de Silvio Berlusconi, que si bien estuvo cerca de diez años, lo hizo al mando de cuatro gobiernos diferentes.
“Es un hito que recibo con gratitud y con un fuerte sentido de responsabilidad. Los resultados están ahí, pero sabemos bien todo lo que queda por hacer”, matizó la mandataria, que asumió en octubre de 2022.








