En 1950, Abdel Kerim Assalian fue perseguido por las calles de El Cairo. Un grupo terrorista árabe creyó que era judío y quiso matarlo. Abdel empezó a correr sin parar hasta que llegó a una esquina. Allí un verdulero que lo conocía lo escondió detrás del mostrador de su negocio. Lo cubrió entre cajones de frutas y verduras, mientras los fanáticos siguieron de largo. Cuando todo se calmó, Abdel salió del local y volvió a su casa. Esa noche entendió que tenía que irse de Egipto junto a su mujer, Anrietta, y su bebé, Artín.
“Somos de sangre armenia, pero por esas cosas de la vida nacimos en Egipto”, cuenta hoy a Clarín Artín Assalian, que nació un domingo a las nueve de la mañana en el Hospital Italiano de El Cairo. Este martes, Argentina enfrenta a Egipto por un lugar en los cuartos de final del Mundial y en esa previa, Artín no duda ni un segundo: “Argentina me dio todo. Mi patria es la Argentina. Egipto nunca me hubiera podido ofrecer todo lo que encontré acá”, aclara. Aunque su DNI marque otra cosa, él ya eligió la camiseta de la Scaloneta.
Si de orígenes se trata, sus abuelos llegaron a Egipto en 1915, tras escapar de Armenia tras la persecución de los turcos. Fue un éxodo masivo: miles de familias dejaron su tierra para sobrevivir.
Sin embargo, El Cairo tampoco era seguro. La familia vivía con miedo. Artín tenía apenas dos años cuando escapó de Egipto con sus papás. Para salir del país tuvieron que recurrir a personas que organizaban viajes clandestinos. Vendieron todo lo que tenían y compraron tres pasajes de un barco con destino a Sudamérica.
El viaje arrancó en el puerto de Alejandría. Desde allí llegaron a Nápoles y después a Marsella, donde permanecieron diecisiete días esperando el barco para cruzar el Atlántico. La travesía continuó con escalas en Dakar (Senegal), Brasil y Montevideo hasta llegar finalmente a Buenos Aires.
La familia viajaba en cuarta clase, donde apenas le daban comida y encima era de muy mala calidad. Su padre, que era sastre y hablaba francés, tuvo que arreglar la ropa de otros pasajeros de mejor categoría para que pudieran sobrevivir. Hasta le confeccionó dos trajes al Capitán.
Cuando el comandante le preguntó cómo quería que le pagara, Abdel Kerim respondió que con comida. Gracias a esos trabajos, la familia pudo alimentarse mejor durante el resto del viaje y hasta ganó algunos dólares para empezar la nueva vida en Buenos Aires.
“Me acuerdo cuando mi mamá me bajó del barco y me puso en los brazos de mi abuelo materno, que ya estaba acá. Ese es mi primer recuerdo”, dice el hombre que hoy tiene 77 años.
Hasta su nombre guarda una parte de ese recorrido. Artín viene de raíces armenias y significa “resurrección”. Cuando llegaron al país intentaron traducirlo, pero acá resurrección se asociaba a Pascuas y le ofrecieron ponerle Pascual. Pero a su padre no le gustó y decidió mantenerlo intacto: “Déjale Artín”, le dijo al del registro.
Artín Assalian luce una corbata de Egipto durante una fiesta. Una vez instalados en Buenos Aires, vivieron en la casa de sus abuelos maternos, en Floresta. Después, nacieron sus tres hermanas y su papá alquiló una vivienda en José Ingenieros, donde Artín vivió hasta que se casó. Incluso, cuando lograron estabilizarse pudieron traer otros familiares que todavía seguían en Egipto.
“La gente se asombra cuando digo que nací en Egipto porque el argentino no conoce nada de la cultura. Argentina es un país extraordinario porque tiene buena gente. Trabajé en la calle y es muy solidaria”. El hombre de 70 años habla del fútbol con la misma pasión con la que cuenta su historia. Sufre cada partido de la Selección y analiza cada detalle.
“Con Cabo Verde sufrí como loco. Los últimos minutos fueron interminables. Creo que tienen que aparecer otros jugadores. Messi no puede hacer todo solo. Barco me encanta, tiene una fuerza terrible y Argentina lo necesita”, dice.
Además, aclara que hay que tener cuidado contra el rival de este martes. “Egipto es un país de mucho calor y están acostumbrados a correr. Vi el partido contra Australia, corrieron un montón, son muy físicos”.
Entre Armenia, Egipto y Argentina
Apenas terminó la secundaria, empezó a trabajar en una distribuidora. Después pasó por distintos rubros: trabajó en publicidad, estuvo en el Banco Cooperativo de Caseros y durante 25 años fue cobrador de Benvenuti Hermanos. Allí recorrió en profundidad las calles y los barrios de Buenos Aires.
En 1983 se casó con Mabel Franco, su compañera desde hace más de 40 años, y tuvieron dos hijos, Matías y Antonella. Hoy, Artín está jubilado y encontró una nueva forma de mantener vivas sus raíces. Hace doce años se metió de lleno en la cocina, un lugar donde se mezclan los recuerdos de su familia armenia, Egipto y los sabores de la Argentina que lo recibió.
Hoy cocina por encargo y prepara platos para grupos reducidos. Entre sus especialidades aparecen clásicos como el fatay, el hummus, la ensalada Belén, el pasticho, el mamul y el baklava. Pero también se anima a recetas argentinas que forman parte de su historia como el matambre, peceto, canelones y lentejas.
“Los árabes y los armenios tienen una cocina muy parecida. Compartimos muchísimas comidas”, explica Artín desde su casa de Morón. Aunque aclara que rara vez vuelve un plato con algún resto de comida. “Nunca dejan nada. Eso para mí es la mayor satisfacción”, cierra.








