El día que Argentina declaró su primera cesación de pagos

El día que Argentina declaró su primera cesación de pagos

El Ministro de Hacienda del presidente Miguel Juárez Celman, Wenceslao Pacheco, decía que había descubierto un “sencillo mecanismo” para zafar de la situación financiera del país: tomar nuevos créditos para pagar viejos. Pero los inversores extranjeros empezaron a desconfiar de la euforia especulativa de la “joven nación del Plata”.

La revista para especuladores londinenses, The Investor’s Review recordaba a sus lectores: “…Desde dos años antes del desastre estuvo claro para todos los observadores que esta clase de negocios sólo podía terminar en bancarrota.

En 1884, la deuda del país era de £ 42.600.000. En 1891 la deuda externa combinada de los gobiernos nacional y provinciales, sumada a la deuda interna flotante y a las obligaciones municipales, alcanzaba la suma de £ 154.500.000. Esto representa un aumento de 112 millones de libras en menos de 7 años”.

El artículo concluía con una frase de enorme actualidad que apuntaba a que la deuda no se había aplicado a ningún fin productivo, ni siquiera para lo que se la había solicitado, o sea para construir obras públicas: “No existen obras públicas de valor equivalente que puedan exhibirse en compensación”.

La Casa Baring Brothers de Londres, le informaba al gobierno a comienzos de 1889 que no había conseguido colocar un nuevo empréstito de 3 millones y medio de libras destinadas, supuestamente, como las de Rivadavia pero 65 años después, a financiar la instalación de aguas corrientes en Buenos Aires.

El año 1889 comenzó con una inflación galopante. El ministro Pacheco llamó a limitar la emisión monetaria y a aumentar las reservas vendiendo 1.000.000 de hectáreas en la Patagonia.

Las tierras no se vendieron y la maquinita no paró de funcionar. Pacheco fue reemplazado por Francisco Uriburu que no dio pie con bola hasta que llegó Juan Agustín García.

La primera tarea de García fue terminar de negociar un nuevo empréstito con la Baring Brothers, esta vez por 10 millones de libras. Ya no se hablaba de las aguas corrientes sino de salvar del colapso al voluntariamente caótico sistema financiero argentino.

La falta de divisas genuinas precipitó la crisis. La moneda nacional emitida por los “bancos garantidos” no valía nada. Los inspectores habían hecho la vista gorda y nadie controlaba a las entidades bancarias.

La escalada inflacionaria afectó duramente a los que vivían trabajando y cobraban un sueldo en pesos que cada vez valían menos; los salarios quedaron destrozados y se multiplicaron las protestas de los trabajadores.

En junio de 1890 el gobierno se declaró en cesación de pagos y anunció oficialmente que no podía pagar la deuda externa. En la Bolsa y en las compañías especuladoras de compra-venta de tierras comenzó el pánico.

Se estaba produciendo lo que había profetizado unos años antes el diputado José Hernández, autor del Martín Fierro:

“Es un principio económico universalmente aceptado y generalmente cierto que todas las naciones deben exportar más de lo que importan. (…)

Hay una sola excepción: Inglaterra que importa más de lo que exporta y es una nación rica. Esto se explica porque su importación no es de mercaderías y productos extranjeros, es importación de dinero. Sólo los estados del continente sudamericano le deben la enorme suma de 180 millones de libras. Así pues Inglaterra recibe el tributo constante del dinero de todas las naciones”.

Sólo a unos pocos como Carlos Pellegrini se les ocurrió una salida creativa de la crisis, pero no fueron escuchados, o cuando les tocó gobernar hicieron, como el propio Pellegrini, lo contrario:

“Me dirán ¿qué hay que hacer entonces? Lo que hace el agricultor que pierde su cosecha: aguantar y economizar todo lo que puede, mientras vuelve a sembrar. Proteger la industria por todos los medios; ¡y dejarse de Bolsa y Tesoros y música celestial!”