Cada vez que el escritor español Fernando Aramburu publica una nueva novela cuya trama está localizada en el País Vasco y refiere, de una manera u otra, al conflicto armado protagonizado por el grupo terrorista ETA, pasan dos cosas: la primera, todos los lectores recuerdan el impacto de Patria, el libro que publicó hace justo diez años, vendió más de un millón de ejemplares y reformuló de manera sustancial el imaginario que la literatura venía construyendo. Fue un verdadero antes y después. La segunda, el fresco de aquellos años, que el autor va pintando a fuerza de vidas anónimas, suma una nueva escena. Eso justo sucede ahora con la publicación de Maite (Tusquets), que el narrador está presentando hoy en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Aramburu llegó el jueves a la Argentina. Dice que tiene jet lag, pero no se le nota en absoluto. Está impecable, esta mañana de otoño en la que le esperan varias entrevistas con medios de prensa. Sabe escribir, pero además sabe contar cómo escribe, cómo nace, por caso, una mujer como Maite, la protagonista de este libro.
Maite es traductora, tiene una vida apacible con su marido, que es médico, viven en San Sebastián, a metros de la casa de su madre, y la trama comienza cuando recibe durante cuatro días la visita de su hermana Helene, residente en los Estados Unidos desde hace 13 años. No son cuatro días cualesquiera, sino los que van desde el secuestro del concejal de Ermua (Vizcaya) Miguel Ángel Blanco a manos de ETA, su cautiverio y asesinato. Un caso más. Un caso bisagra. Las dos líneas circulan en paralelo: la vigilia angustiante por la vida del joven político y la reunión de esas mujeres, a las que parece no pasarles nada. Parece, pero no es cierto.
–¿Tu primera visita a la Argentina fue hace diez años para presentar Patria?
–Fue hace nueve años, algo después de que se publicara. Acá tuvo mucha repercusión. Recuerdo que hablé del libro en la Biblioteca Nacional y aquello estaba todo lleno. Pensé: será que los argentinos no tendrán nada que hacer este día… Pero luego me enteré de que el número de personas que no pudo entrar a la biblioteca sobrepasaba a los que habían asistido. Y es que yo no venía precedido por una fama ni mucho menos, pero había corrido la voz de que este libro estaba suscitando no solo interés, sino también diálogo. Desde entonces, he venido con cierta regularidad, salvo la época de la pandemia, que cortó todos los viajes. Pero, además, tengo la sensación, de nuevo confirmada, de que Buenos Aires es territorio favorable para mí, donde todo funciona, me tratan con hospitalidad, me ocurren cosas positivas. Por ejemplo, ayer mi vuelo llegó puntual, que no es algo que ocurra todos los días. En el viaje se me perdió el cargador del portátil, pero apareció uno aquí. Y por eso asocio Buenos Aires con estar bien.
–Llegás para presentar Maite, que vuelve a la época del terrorismo en el País Vasco con una perspectiva distinta y con una singularidad: cada vez que volvés a ese tema, las historias se vuelven más actuales, en lugar de parecer cada vez más históricas. ¿Cómo sucede eso?
–No decido esto de una manera calculada, organizada, pero yo también soy hijo de mi tiempo y es seguro que estoy influido también por el presente, aunque escriba historias ubicadas en el pasado. Pero es verdad que Maite no es una novela suelta, que se me ocurrió yendo por la calle con mi perra, sino que forma parte de un mosaico de historias centradas en gente común y corriente, en mi tierra natal y durante épocas de las que yo también fui contemporáneo. Tengo en mente la idea del mosaico o del rompecabezas, es decir, que cada novela me ocupa un sitio en un posible dibujo general que no completaré, porque necesitaría tres vidas por lo menos, pero que es un proyecto estimulante que atiendo de vez en cuando, o sea, no continuamente, porque también quiero escribir otras cosas.
–¿Es ese un mosaico que tenés totalmente definido en la cabeza?
–Se va armando poco a poco, sin un plan previo. Todas esas novelas de la serie Gentes vascas son independientes, no hace falta leer una para entender la siguiente. Pero es que han ocurrido tantas cosas que realmente ahí hay material para muchas novelas. Y también confieso que inspiraciones que me vienen en relación con otras partes del planeta, yo las sitúo en el País Vasco porque es un paisaje humano que conozco mejor que otros.
–Eso es interesante porque hace mucho tiempo que residís en Alemania, incluso tal vez más del que viviste en el País Vasco, pero hay poca huella de ese lugar en tu obra. ¿A qué se debe?
–Llevo más de media vida en Alemania. Tengo un círculo de amigos, el alemán es mi idioma cotidiano, tengo parientes alemanes y yo he escrito muy poco sobre los alemanes. Me obligué a escribir un libro porque me parecía ingrato no hacerlo. Y a menudo me he preguntado por qué escribo tan poco sobre Alemania y quizás la razón a la que llego es que no vivo la realidad social alemana como problema y, por otro lado, tengo cierto temor a ser desagradecido. Es decir, no hay novelas sin conflicto y sin problemas, algo tiene que mover a la acción. Entonces, sacar los defectos de la sociedad alemana que me acogió tan bien y tan hospitalariamente me parece un gesto muy desagradecido. Creo que tengo ese escrúpulo y quizá, por eso, no abordo a Alemania como tema narrativo, pero sí que en mis libros de tema vasco hay episodios que me han ocurrido personalmente en Alemania y que los he trasladado al otro lugar.
Entrevista al escritor español Fernando Aramburu, en la ciudad de Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.–Ahora, tenemos a Maite, que es una mujer muy singular y que, apenas iniciada la novela, se nos revela un secreto: ella necesita autoentrevistarse permanentemente, conversar con ella misma. En la Argentina, ese ejercicio conecta directamente con el psicoanálisis, que está muy extendido. ¿Cómo se ve ese recurso en Europa, por ejemplo?
–Yo para nada quería definir o explicar al personaje. Entonces, decidí asignarle una serie de constantes que permitirán a las personas que lean mi libro saber cómo es esta mujer. Y además, unas constantes que permiten ver a esta mujer por dentro, en su riqueza personal, en sus hábitos, que son particulares. Otra cuestión es que yo quería hacer esto sin parar la línea narrativa. Me parecía valioso mostrar que es una mujer inteligente y culta, que reflexiona sobre lo que ocurre a su alrededor, sobre cuestiones sociales, por ejemplo, y la idea de la autoentrevista me permitía narrativizar esto, es decir, ofrecerlo como parte de la narración. Lo singular en ella es que se entrevista tratándose de usted. Aquí es donde sale el Aramburu gamberro y provocador. Y es que, sin necesidad de psicoanalizarse, yo creo que todos hablamos con nosotros mismos. Hablar sin voz es pensar. Es triste no tener nada que decirse. Ahora, sobre los pensamientos de Maite y sobre lo que piensa, yo coincido con algunas convicciones que tiene, pero no con todas. Proust decía: “Yo soy Madame Bovary”, pero yo no soy mis personajes, aunque a veces les hago la puñeta y les pongo algo mío.
–Helene, la hermana que llega casi de sorpresa, es la antítesis de Maite. Parece algo, pero luego se van revelando secretos muy graves. ¿Cómo construiste esa diferencia entre ellas?
–Hace tiempo que pienso que cada uno de nosotros, en cierto modo, interpreta una novela a lo largo de su vida. Una novela que sería la historia de su vida, en la cual ocurren una serie de hechos que no tienen por qué ser relevantes para los demás con los que convivimos en el ámbito familiar, en el trabajo o entre amigos, y, de alguna manera, nuestra particular novela se roza con la de otros, que a veces compartimos, incluso continuamos, y estas novelas que a veces se entrecruzan también difieren y se van por caminos distintos. Yo pensaba en esto cuando reuní a las tres mujeres de la novela y las puse a convivir estrechamente durante cuatro días, mientras esas novelas personales van confluyendo cada vez más. De tal manera que se van revelando la de una para las otras, pero también para los lectores, y se van descubriendo multitud de facetas que unas y otras no conocían. Pero todo esto no da lugar a conflictos o a rupturas, sino que estas tres mujeres van descubriendo que tienen muchos puntos en común, más de lo que creían, y que en el fondo se quieren más de lo que pensaban. Sin omitir que en el pasado surgieron diferencias, rencores propios de muchas familias, que se arrastran a lo largo de la vida. Y, en cierto modo, esa es la sustancia de esta novela. Esta no es una novela a la que se le impone una trama, sino que pone a convivir a tres mujeres y, de lo que se dicen y de lo que hacen y de lo que les pasa, surge toda la novela. Esto se me ocurrió viendo cine italiano del siglo XX, de Federico Fellini a Michelangelo Antonioni.
–De todos modos, esos cuatro días están atravesados por el secuestro por parte de ETA del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco, un muchacho al que mantienen cautivo y terminan por asesinar. Un caso más, que se transformó en otra cosa. ¿Por qué elegiste ese caso?
–Efectivamente, el caso de Miguel Ángel Blanco se convirtió en algo especial, hasta el punto de que la historiografía lo ha resaltado como la víctima por antonomasia. Su cara ilustra numerosas cubiertas de libros, de hecho. ¿Por qué es así? Algo singular ocurrió. Yo creo que hubo dos fenómenos que hacen que pensemos en este caso más que en otros muchos similares. El primero es que supuso la escenificación ralentizada de un hecho muy cruel. Y lo segundo es que suscitó un movimiento de protesta multitudinario también dentro del País Vasco. Esto dejó a la banda terrorista sin uno de sus principales argumentos: el de estar actuando en nombre o a favor de un pueblo. Ese pueblo estaba en las calles diciéndole claramente que parase. Entonces, es a partir de ese hecho que la banda terrorista se debilitó mucho, cada vez cometía menos atentados y tenía una oposición popular cada vez mayor. De ahí que la historiografía haya querido resaltar el caso de Miguel Blanco como algo paradigmático o que marca un antes y un después.
Entrevista al escritor español Fernando Aramburu, en la ciudad de Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.–En Maite nada de eso se intuye. Las protagonistas, siendo contemporáneas a los hechos, no están leyendo ese cisma que va a generar el caso. Lo viven, de hecho, como uno más, salvo tal vez Maite, que tiene una participación en las protestas y que le cuesta cara.
–Mi intención buscaba representar en forma narrativa cómo se vivían estos asuntos entonces. Ocurrían continuamente hechos sangrientos. La gente tenía incluso cierta costumbre de asistir a la noticia luctuosa, pero, al mismo tiempo, esa gente tenía su propio horizonte vital, tenía que ir a trabajar, tenía sus problemas, su vida íntima y, en medio de todo eso, ¡zas!, llega la noticia de un atentado. De este, en concreto, de Miguel Ángel Blanco, se sabe muy poco; todavía no se conoce dónde estuvo retenido durante tres días y medio ese chico. Entonces, considerando que forma parte de una serie de novelas centradas en hechos del País Vasco y en gente común, habría sido muy raro que yo, tarde o temprano, no me ocupase de un hecho tan relevante como este. Pero el encaje del caso de Miguel Ángel Blanco con la vida particular de Maite no es tan automático ni tan artificial. La novela empieza antes de esto y continúa después. Y, entretanto, ocurre este hecho que no es ornamental: está presente en las conversaciones de los personajes, está presente en las reflexiones de la protagonista e incluso suscita unos hechos, como por ejemplo que ella se incorpore a una manifestación. Además, ella sigue permanentemente las noticias. Esto me permitía transmitirles a los lectores cómo se cubrió la información y darles datos, pero tal como llegaban entonces, con declaraciones de políticos, unas primeras imágenes, y así.
–Maite nunca manifiesta ningún compromiso o convicción ideológica, ni a favor de la lucha de ETA ni en contra, pero sí que decide en un momento manifestarse contra la violencia llevando una cinta azul en la solapa. Y es atacada por eso. ¿Cuán peligroso era mostrar un poco de humanismo?
–Lo que mueve al personaje no es exactamente una ideología ni una convicción política, sino la pura humanidad, la pena que le da ver que en su tierra hay personas que están sufriendo la violencia de otros. Entonces, a esto ella le reclama, vamos a decir, una tarea ética, la de incorporarse a aquellos que también dicen no a la violencia. Pero, por otro lado, vive una sociedad donde impera el miedo y el miedo genera comportamientos de supervivencia. Entonces, ella tiene ese dilema: quiero manifestarme, pero tengo miedo a que me pase algo, y el marido, claro, le recuerda que tiene una cicatriz en la frente porque, en el fondo, la quiere proteger. Es un cobarde, naturalmente. Eso es evidente, pero ese dilema lo vivió mucha gente. Gente que en casa se indignaba por los atentados, pero luego en la calle cerraba el pico, no decía nada, y eso no es privativo de mi tierra natal, eso se da en cualquier parte donde perdura la violencia.
–Al mismo tiempo, ese mecanismo desnuda la condición necesaria para que la violencia continúe: todas son personas muy amorosas, pero nadie dice nada.
–Siento que no cargo las tintas, porque realmente he sido testigo de este tipo de comportamientos. También he leído mucho sobre la Alemania en los tiempos del nazismo y se daban comportamientos parecidos, que son comportamientos de supervivencia, de personas que piensan: “Bueno, aquí se está matando a gente, ¿qué hago yo para sobrevivir? Pues me callo o también me incorporo a los agresores”.
–Frente a Maite, aparece Helene, que ha estado lejos muchos años y que empatiza más con la causa de ETA, corrige la grafía del apellido en un cartel para recuperar el registro vasco y se desinteresa por Blanco. ¿Quién es ella?
–Lo primero que yo tengo que hacer es singularizar al personaje y adjudicarle unos rasgos propios. Eso es lo primero. Lo segundo, ella viene después de 13 años de ausencia a su tierra natal, que tiene muy idealizada, que es un riesgo que corremos los que nos hemos ido a vivir a otro país. Nos aborda la nostalgia, pensamos en los amigos, nos hacemos un relato idílico de nuestra infancia, de nuestro paisaje, de los afectos, de nuestras comidas, del equipo tipo de fútbol, o sea, yo no soy de hielo y también incurro en este sentimentalismo, que en el caso de Helene es evidente. Ella llega a la novela mostrando una fachada de felicidad. Vive muy bien allí en Providence, Rhode Island, con su casa propia, su maridito, sus hijos, jardín. Entonces, ella entra en la novela como un ser bastante superficial, del que sabemos poco, pero que no parece muy atractivo, pero una de las cosas que hace la novela es revelar a este personaje, que pronto muestra grietas en la versión dichosa de su vida privada, y esas grietas van aumentando hasta que se cae toda la fachada y los lectores accederán a la verdad cruda de este personaje. Pero, volviendo, ella viene con una idea muy positiva de su tierra natal y todo aquello que desmiente esa imagen idílica, ella lo ignora, lo omite. Ni siquiera se da cuenta de eso. Y el secuestro de Miguel Blanco no armoniza con la idea que ella tiene de su tierra natal. Y es por eso que ella actúa en consecuencia, el hecho de que cambie la grafía del apellido familiar por otra forma es un ajuste también para que eso corresponda con la idea que ella tiene del País Vasco.
Entrevista al escritor español Fernando Aramburu, en la ciudad de Buenos Aires. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.–Ambas mujeres viven matrimonios que no son perfectos. Matrimonios de los que lo saludable sería salir. ¿Siempre es posible pensar vos, para tus personajes, tomar la decisión de salir de las situaciones complejas como las que vamos a ir descubriendo en la novela?
–La paleta de conductas humanas es enorme y, para el tipo de novela que yo escribo, es muy productiva, naturalmente. Porque, ¿por qué escribo novelas? ¿Por qué leo novelas? Tengo la sensación de que nuestro horizonte vital es limitado. ¿Qué hacemos al leer una novela? Pues calzarnos vidas ajenas, probar a ser un asesino, un asesinado, un amante, un abandonado o a tener otro tipo de personalidad, a vivir en otro lugar, a llegar a la luna. De alguna manera, tomamos prestadas vidas ajenas mientras leemos. Creo que esto es muy placentero para el ser humano y de ahí aprendemos mucho, y pues tenemos la sensación de que nos ponemos en circunstancias vitales distintas, de que nos ponemos en el pellejo de otros. A mí me gusta mucho, si es posible, que las personas que lean mis libros no tomen distancia con respecto a lo que les estoy contando, sino que el libro también esté leyendo a esas personas. Ese es el tipo de literatura que yo escribo, esto de poner un espejo delante de quien lee. Entonces, por ejemplo, Maite adopta con respecto a su marido una actitud que particularmente las lectoras pueden o no compartir, pero ya están confrontadas con una posibilidad. ¿Qué hago yo si a mí me pasara lo mismo? ¿Cuáles son las consecuencias de la decisión de Maite? ¿Son positivas para ella o no? Esta mujer no es tonta. Ella sabe más de lo que aparenta ante los demás. Y, sin embargo, evita la confrontación, evita la ruptura. Esto le proporciona un drama personal, o sea, como en el ajedrez, me comieron un peón, pero quizás gané la partida. Estas posibilidades humanas, efectivamente, son las que yo barajo en mi literatura.
Fernando Aramburu presenta Maite a las 16 en la sala Julio Cortázar del Pabellón Amarillo.








