Unas lágrimas para hacernos llorar a todos. Él hizo que su llanto en la cancha (casi por igual si fue tras una victoria o una derrota) estimule al más seco de los ojos. Pero esta vez lloró como un chico por un duelo que hace de grande. Messi lloró por su papá. Y se tomó unos días para duelarlo también en las redes sociales. Un posteo para hacernos llorar a todos.
“No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo por mucho tiempo más. Estuviste al lado mío desde el principio, faltaba tan poquito para el final. ¿Por qué no aguantaste ese poquito más y terminábamos juntos?“.
Con ese mensaje para Jorge Messi, su hijo sensibilizó un tema del que no se habla tanto porque se da por hecho. Uno que la psicología siempre tuvo en la mira por el lugar que tiene en la novela que es la vida, pero que por esta necesidad (o exigencia) imperiosa de contarlo todo, todo el tiempo, se está exponiendo más. Duelar a los padres.
¿Cómo es que siendo grandes (o el más grande de todos los tiempos), sabiendo que es algo inevitable, habiendo formado una familia propia, se puede enfrentar el duelo de un padre con dolor caprichoso? ¿Esta es una generación más sensible respecto a la muerte de los padres?
“Cuándo se produce la muerte de uno de los padres de un hijo adulto, ya independiente, que tal vez tenga sus propios hijos, lo primero que uno espera es que ya la dependencia emocional de ese hijo con respecto a sus padres se haya modificado con el tiempo gracias a su creciente autonomía. Pero no por predecible la muerte es menos dolorosa”, explica a Clarín el psiquiatra Pedro Horvat.
“A la pérdida amorosa por la persona que no se volverá a ver se suman los lugares que eventualmente todavía ocupaba ese padre o esa madre. Hay muchos padres que siguen ocupando el lugar de guía, de referente”, agrega. También en el sentido de modelo, como Messi marcó en su posteo, alabando que no sólo de chico lo llevó a todos los entrenamientos, sino que de grande, como su representante, siempre tomó buenas decisiones.
Es que el duelo, sigue Horvat, se transita en muchos planos: “Un lugar queda vacante. Es verdad que ya se es grande, que ya no necesito a mi papá o a mi mamá como en otros momentos. Pero en algún momento surgirá la añoranza, la nostalgia, por ‘papito’, por ‘mamita’, es decir, por el padre de la infancia”. El recuerdo duele y se duela. “Hay un duelo por el padre que perdí siendo adulto, pero también hay un duelo por la pérdida del padre de la infancia”, describe.
El psicoanalista también marca otro plano de esta despedida. Es el que a veces aparece con tono de reflexión, y otras de reproche. “’¿Por qué no llegué a decirle tal cosa?´¿Por qué no tuve tal conversación?’. Lo que ocurre frecuentemente es que el hijo, en su nuevo lugar de padre, ha comprendido muchas cosas de su propio padre o madre. Ahora comprende su perspectiva”, marca Horvat. “Cambió su mirada al duelar. Tendría cosas para decir, y esas cosas no siempre se dicen a tiempo”.
Pero hay algo paradójico en el duelo. Se elaboran mejor las relaciones amorosas que las relaciones ambivalentes. “Cuando la relación con la persona perdida ha sido de cuidado, de respeto, va a doler un montón, se va a llorar un montón, se va a extrañar un montón, pero el amor cierra sus heridas con el tiempo. Tendré internamente un vínculo amoroso ya no con la persona real, sino con el recuerdo. Cuando lo que dominó el vínculo fue el enojo… es mucho más difícil elaborar un duelo con odio que con amor”, distingue.
¿Siempre se dueló igual? ¿Hoy se sufre más o se muestra más el duelo? Horvat no diría que la generación de Messi (que tiene 39 años) ni la de los de veintipico “es más sensible”, sino que por cuestiones culturales, la relación de la dependencia de los hijos con los padres es “mucho más prolongada que en otros momentos”.
“Los hijos necesitan mucho tiempo más el soporte emocional, y también el soporte económico, de sus padres. Y eso retrasa el tiempo de la autonomía emocional del hijo. Eso modifica los duelos”, aclara Horvat.
Darío Radosta es antropólogo, bioeticista y coordinador del Programa de Estudios sobre la Muerte de la Universidad de San Martín (UNSAM). Para él, el duelo de Messi marca una época. Porque aunque parezca que el jugador tiene la compañía del mundo entero, esta vez de verdad no está solo. “No duelamos solos”, dice Radosta.
“Uno puede pensar el duelo como una experiencia personal y subjetiva (que lo es, porque así se lo experimenta), pero las herramientas que uno tiene para procesar simbólicamente la pérdida de un padre o una madre las formamos cultural y socialmente, a partir de las interacciones humanas. La dificultad que tenemos colectivamente para procesar la muerte de un padre o una madre, que se traduce muchas veces en no poder lidiar con esta cuestión, tratar de ignorarla o creer que, independientemente de cuándo suceda, siempre es muy pronto, es un reflejo de nuestra disposición como cultura, como colectivo, a ignorar la inevitabilidad de la muerte”, detalla el experto.
En el medio de este proceso, “nos autogeneramos como sociedad un vacío simbólico que luego, uno con uno mismo, se hace difícil de llenar”. Para Radosta, las generaciones más jóvenes que Messi se encuentran más sensibilizadas en torno a la muerte y al duelo. “Quizá por una conciencia más directa de la finitud, que puede estar asociada a la crisis climática o a una cierta desesperanza frente al futuro, a la extensión sin freno de la esperanza de vida. Quieren hablar más sobre nuestra fragilidad y sobre el carácter temporal de toda vida”, dice.
Que una de las personas vivas más conocidas del planeta publique una carta duelando a su padre, y se haga tan masiva, es duelar en compañía. “Su duelo es ahora duelo de todos. La muerte de su padre vuelve más consciente a las personas del hecho de que es muy probable que tengan que atravesar la muerte de sus propios padres”, describe. En esa identificación, Radosta recomienda abrirse. Hablar.
“Hablar con los padres con naturalidad acerca de su muerte, de cómo quieren que sea, de qué quieren que pase después; y ya en duelo, hablar con otros acerca de sus duelos, hablar con aquellos que no necesariamente estén en duelo para ayudarlos también a tomar conciencia de esta cuestión”, aconseja. Messi no está solo en su duelo (nosotros tampoco deberíamos).








