El arte que desafiaba las buenas costumbres

El arte que desafiaba las buenas costumbres

Hubo un momento, en la Tucumán de los años 90, en que el arte decidió salir de los lugares donde se suponía que debía estar. Galpones, teatros, museos y hasta el Jockey Club se convirtieron en escenarios de performances y objetos que desafiaban una escena todavía aferrada a las categorías tradicionales. En ese territorio de precariedad, imaginación y provocación aparecieron Rodo Bulacio y Rolo Juárez, dos artistas jóvenes que encontraron en la amistad y en la experimentación una manera de correrse de los códigos dominantes.

Esa experiencia vuelve ahora a Buenos Aires con Preludio para la vida de un fauno, la exposición que Biga Art Gallery presenta con curaduría de Carlota Beltrame. La muestra reúne cerca de 30 obras y recupera una de las experiencias más singulares de la renovación artística tucumana de los años 90. Se inaugura el miércoles 9 de septiembre a las 18, en Arenales 1181 (CABA), y podrá visitarse hasta el 6 de noviembre de 2026.

El contexto no era menor. La década estaba atravesada por las políticas neoliberales, la desigualdad y la precarización, pero también por una generación que comenzaba a cuestionar las jerarquías heredadas entre arte culto y cultura popular. Frente a los modelos académicos, aquellos artistas exploraron materiales cotidianos, procedimientos híbridos y formas de belleza que podían resultar deliberadamente menores, domésticas o kitsch.

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En ese clima, Rodo Bulacio —nacido en 1970 y asesinado en 1997— construyó una obra difícil de encerrar en una categoría. Pintura, grabado, objetos, indumentaria, instalaciones y teatralidad se mezclaron con referencias al mundo popular, el barroco, el camp y las identidades disidentes. Sus imaginarios podían encontrarse tanto en las paletas de Pedro Almodóvar y Andy Warhol como en los objetos y personajes de su entorno inmediato.

Bulacio trabajaba con lo que tenía a mano y convertía esa limitación en una posibilidad estética. Retratos de figuras del espectáculo, objetos cotidianos y escenas atravesadas por el humor, la ironía y el afecto componían una obra que, detrás de su apariencia lúdica, abría una dimensión política. Allí aparecían también identidades de género que una sociedad marcada por los prejuicios prefería mantener fuera de escena.

“La dimensión histórica de esta exposición resulta central: la obra de Bulacio no sólo documenta una época, sino que permite comprender cómo, desde Monteros, una ciudad del interior de una provincia periférica, fue posible producir una ruptura estética de enorme potencia”, señala Beltrame.

Bulacio y Juárez fueron, además, compañeros entrañables. Durante algunos años formaron Flora y Fauna, un binomio creativo que se mantuvo deliberadamente al margen de los circuitos de premios, salones y exposiciones. Junto con artistas como Roly Bon-Bon y Ely Cárdenas compartieron una sensibilidad que encontraba en los objetos, las acciones y las performances una forma de poner en crisis la solemnidad del arte.

En 1995, Bulacio integró junto con Claudia Martínez, Jorge Lobato Coronel y la propia Beltrame Tenor Grasso, un grupo de performance que convirtió sus “desfiles” en una nueva manera de entender la exposición. Un año después, en el marco de su muestra individual Mucha karakatanga en la coctelera, realizó una recordada performance de casamiento con el arte. Poco después, cuando acababa de obtener una beca de producción para artistas emergentes de la Fundación Antorchas, fue asesinado, el 10 de marzo de 1997, en un crimen de odio que buscó borrar una existencia y que también destruyó buena parte de su obra.

La exposición permite volver sobre esa historia sin reducirla a la tragedia. Entre las piezas de Bulacio aparecen Retrato inconcluso de Rolo Juárez (1995), One Rodo, One Money (1995) y una serie de xilografías realizadas mediante la técnica de taco perdido, entre ellas Adoremos al señor, Mirtha, de regreso II, Mujer argentina y Happy Birthday, todas de 1995.

“Rodo retrató figuras del espectáculo en el pequeño formato que le era accesible. Todo pequeño, como aquellos padres de la pequeña burguesía, en una pequeña ciudad, de la pequeña provincia que lo vio nacer”, apunta Beltrame.

Junto a esas obras aparece la producción de Rolo Juárez, nacido en 1971 y formado como Licenciado y Profesor en Artes Plásticas por la Universidad Nacional de Tucumán. Su trayectoria se extendió a lo largo de las décadas siguientes, con exposiciones, residencias, becas y proyectos de investigación en Argentina y en el exterior, pero su obra conserva el vínculo con aquella escena en la que comenzó a experimentar junto a Bulacio.

La exposición reúne, entre otras piezas, Baco (1999), realizado con perlas acrílicas sobre MDF pintado, y Apolo (2024), compuesto por perlas, gemas y mostacillones de bisutería sobre MDF y esmalte sintético en aerosol. Son obras que permiten observar, también en el presente, una relación con el artificio, la ornamentación y los materiales considerados menores.

Curadora de la exposición, artista, docente e investigadora, Beltrame lleva buena parte de su trayectoria dedicada a reconstruir y pensar críticamente la historia del arte contemporáneo tucumano. Autora del Manual Tucumán de arte contemporáneo, fue también responsable de Los noventa en los 90 (2003), una exposición fundamental para volver sobre aquella década.

Para Biga Art Gallery, la recuperación de Bulacio y Juárez forma parte de una mirada sobre el arte capaz de interrogar el presente desde sus márgenes. “El arte que interroga su tiempo, cuestiona lo conocido y abre hacia aquello que todavía no hemos pensado. Desde esa convicción se construye Biga”, sostiene su directora, Gabriela Campo.

Más que una reconstrucción nostálgica, Preludio para la vida de un fauno propone volver a una escena que entendió el arte como un espacio de libertad, exceso y transformación. Desde una ciudad periférica y con recursos mínimos, Bulacio, Juárez y sus compañeros inventaron otros modos de exhibir, de mirar y de ocupar el espacio público. Tres décadas después, aquellas obras todavía conservan algo de su antigua capacidad de incomodar.