“El agua dulce se va a convertir en un recurso caro y difícil de conseguir”

“El agua dulce se va a convertir en un recurso caro y difícil de conseguir”


En Geografía de la sed (La parte maldita) Nora Rabinowicz autora de Todas las cosas (2017) y Madre robot (2021), publicadas por la misma editorial– sitúa la acción en un pueblo minero al que no llega más el agua, y la escasa cantidad a la que sus habitantes pueden acceder debe ser racionalizada y distribuida de forma programada.

“Los caminos del agua son impredecibles”, repiten algunos de los personajes de esta singular novela, escrita en un formato fragmentado, como si fuese un guión de cine. Los dos libros anteriores de la autora fueron seleccionados por la Secretaría de Cultura para formar parte de las ferias de Frankfurt y Guadalajara en 2018 y 2022. Madre robot, además, resultó finalista del Premio Medifé-FILBA 2022.

Hace unos diez años, Rabinowicz pasó por la provincia de San Juan y visitó a una amiga de su madre que vive allá. “Como cada lugar, San Juan también tiene su sino, su fatalidad. En este caso es la falta de agua”, describe, y agrega que, desde hace varias décadas, otro de los temas que “está en el tapete” es la minería.

Durante una conversación, la amiga de su madre hizo una broma: “explotan tanto la montaña, explotan tanto, que van a terminar moviendo las placas tectónicas”, dijo. Para la escritora, esa “imagen disparatada” (aunque no tanto, según agrega) resultó “fenomenal”, y se convirtió en el disparador para escribir un cuento que le llevó unos cinco o seis años poder concretar.

Ese cuento no trataba el tema minero, sino que hablaba de un pueblo cordillerano y muy caluroso en el que, de la noche a la mañana, sucedía un hecho extraordinario de la naturaleza. “Una vez que lo terminé, me autoplagié y resolví convertirlo en novela. Así es como el personaje de Viviana, una de las hermanas, un personaje que no tenía mayor injerencia, termina finalmente convertido en protagonista”, explica la narradora.

Así fue como “un poco por azar y otro poco por necesidad”, según cuenta, las dos hermanas pasaron a ser los personajes principales del relato. “Al expandir el cuento, Viviana fue cobrando una importancia que yo ni sabía que tenía”, dice, y agrega que a medida que la historia crecía y avanzaba descubrió que esas dos hermanas concentraban la tensión de la novela.

–¿Estabas interiorizada en la actividad de la minería y su contexto antes de decidir escribir sobre el tema?

–No, no sabía casi nada. Leí manuales de la actividad minera –de acá y de otros países– para manejar vocabulario y entender ciertas cuestiones de cada puesto de trabajo. También consulté con algunos especialistas, a quienes les pregunté acerca de las diferencias que tiene la actividad en este país con respecto a otros; por ejemplo, Chile. Me costaba hasta entender lo básico: ¿La montaña se rompe de una vez y hacen un gran pozo, o la rompen de a partes y el pozo se va gestando poco a poco? Miré fotos y videos para entender la logística y también las dimensiones. Hoy por hoy, no puedo decir que sea MI tema, pero al menos entiendo bastante más.

–¿Encontrás vínculos entre los personajes de tus novelas anteriores y los de Geografía de la sed?

–Sí y no. Explícitos, diría que no. Pero sí podría afirmar que los personajes de las tres novelas están ligados a través de la fuerza que ejercen sus sentimientos, que los desnuda. Y que, a su vez, generan sentimientos en el lector. En definitiva, creo que leer y escribir son las dos caras de una misma moneda: al leer, transformo palabras en sentimientos, y al escribir transformo sentimientos en palabras. Por supuesto que esto no significa que no me importen los sucesos que acontecen: intento pensar historias que tengan atractivo. Y que no solo sean historias atractivas para el lector sino -y fundamentalmente- para mí, porque soy la que va a tener que trabajar en ese texto durante un tiempo largo. Aun así, tengo claro desde el principio que, si la idea es tocar fondo, y alguna fibra íntima de quien lee, tengo que profundizar en lo emocional. En las tres novelas que llevo escritas, los sucesos son tan extraños, tan “exóticos” por decirlo así, que parecen abarcar todo el sentido del texto, pero, sin embargo, gran parte de este sentido se encuentra en ese otro lugar más abstracto: el que tiene que ver con las emociones, los vínculos y los deseos de cada uno de los personajes y la posibilidad, o no, de cumplirlos. De cualquier forma, podría decir que lo que más anhelo en el mundo es que mis novelas sean lo bastante abiertas y ambiguas como para que al lector no le resulte tan sencillo explicar lo que lee.

Un caos elaborado

“Hubo una instancia de escritura que comenzó a forjarse en Madre robot, mi novela anterior”, explica Rabinowicz. “Tiene que ver con el despliegue de cierto caos: variedad de planos temporales y espaciales, situaciones que parecen desmembradas del tronco y son aparentemente anárquicas”, dice, y agrega que, sin embargo, se trata de un caos muy trabajado, con un grado de “obsesión importante”, según reconoce.

“En el caso de Geografía de la sed, ese caos es lo más personal que tiene la novela”, sostiene. “Es mío y está en mi mente. Usé por ejemplo unos encabezados semejantes a los de un guión de cine, como resultado de un capricho. Desde un comienzo, con esta historia me pasó algo muy poco original: la veía como una película. Y cuando tuve que ‘resolver’ eso, cuando quise trasladar esa sensación al papel, descubrí que había una forma escritural muy práctica: los encabezados de escenas, como si efectivamente se tratase del guión de una película. Por supuesto que el lector ni se entera de esto y por eso hablo de ‘capricho’: lo hice solo para mí, para satisfacer una inquietud que no sé si el texto necesitaba”.

–¿Qué es para vos una playa?

–Nunca me lo pregunté… ¡Escribí una novela que transcurre en gran parte en una playa, y no tengo mucha idea de qué significa ese paisaje para mí! Me arriesgaría a decir que, de los paisajes que conozco, es de los que más me gustan. El olor, sobre todo el del mar y la arena, me llena de emociones. Ojalá pudiera transmitir con palabras esta catarata de sentimientos que me produce la evocación repentina de una playa.

–¿Cambió tu mirada acerca de la minería, el entorno en el que se desarrolla, el agua como recurso escaso, después de escribir la novela?

–No es que la minería y los temas ambientales ahora sean MI tema, pero sí me interesan. (Además, desde hace muchos años viajo regularmente al sur de Chile y allá los temas ambientales están a la orden del día: las salmoneras, el agua, la basura, los bosques nativos y el calentamiento, entre otros). Digamos que a medida que la novela se fue conformando, mi opinión respecto del tema, también. Es muy difícil quedarse al margen y no tomar partido. En lo que refiere al agua, hoy por hoy ya no hay dudas de que el agua dulce es un recurso natural importantísimo y escaso, y si continuamos consumiéndolo a gran velocidad y contaminándolo, se va a volver un recurso no renovable (y se convertirá en una especie de petróleo: un recurso caro y difícil de conseguir). Así que respecto a eso digo lo mismo que cualquier persona con dos dedos de frente: hay que cuidarla. Y la actividad minera, en el proceso de separar el mineral de la roca, requiere de muchísima agua… muchísima. Además, es una actividad que, para trabajar, utiliza diferentes contaminantes.

Geografía de la sed, de Nora Rabinowicz (La parte maldita). Foto: gentileza.

–¿Lograste formar una opinión acerca de otros temas relacionados con esta actividad?

–Me tomó más tiempo, pero por ejemplo llegué a la conclusión de que es una mentira que la minería a cielo abierto propicia en nuestras provincias y comunidades un crecimiento y bienestar general a largo plazo. La minería a cielo abierto se desarrolla hace muchísimos años en provincias del NOA y de Cuyo y, sin embargo, siguen siendo provincias pobres, con ineficiente infraestructura sanitaria, educativa, y de caminos y rutas, entre otras cosas. El futuro llegó hace rato. Por lo tanto, nada indica que de ahora en más vaya a suceder algo distinto, de hecho, todo indicaría que no: si no sucedió hasta ahora, por qué creer que a partir de ahora sí. Las empresas extranjeras que vienen a desarrollar su actividad acá, a quitarle los minerales a las montañas que están en nuestro territorio y llevárselos (pareciera ser que, desde la conquista a esta parte, no tenemos otra identidad que la de ser territorio extractivista), desde hace un montón de años que no tienen que pagar retenciones –un impuesto que va al Estado-, y pagan regalías –un impuesto que va a la provincia- pero nada ha mejorado en esas comunidades. Con respecto a los puestos laborales que la minería genera, que es cierto que son muy necesarios -sobre todo porque en este país está el enorme problema de la desocupación y la desesperación por trabajo digno y estable- no es menos cierto que cada vez se trata de más puestos tercerizados y menos contratados directos, con todo lo que eso significa: sueldos más bajos, menos beneficios sociales y menor estabilidad en el largo plazo. Por último y no menor, está la pregunta acerca de cómo estas empresas dejan esos terrenos, en qué estado los dejan una vez que llenan sus alforjas y se marchan.

Nora Rabinowicz básico

  • Nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1977. Es novelista y cuentista. Estudió Artes Combinadas en la Universidad de Buenos Aires y se formó en el taller literario de Liliana Heker.
Nora Rabinowicz es autora de Geografía de la sed (La parte maldita). Foto: redes sociales.
  • Autora de las novelas Todas las cosas (La parte maldita, 2017) y Madre robot (La parte maldita, 2021), ambas seleccionadas por la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina para formar parte de las Ferias de Frankfurt y de Guadalajara 2018 y 2022, respectivamente. Madre robot quedó finalista del Premio Medifé-FILBA 2022.
  • Escribió una variedad de cuentos, incluidos en suplementos y revistas literarias, y recopilados en República Dominicana bajo el título Raíces en tierra seca (Luna insomne editores, 2023). Coordina grupos de taller literario y realiza acompañamientos individuales de obra.

Geografía de la sed, de Nora Rabinowicz (La parte maldita).